
Kubrick, la gran cita en Barcelona
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"Soy una computadora HAL 9000, producción número 3", dice la voz profunda, monocorde, amable. "Mi primer instructor fue el doctor Chandra. Él me enseñó a cantar una canción...", sigue diciendo. La claustrofobia, el habitáculo surcado por sombras y resplandores rojos, la lucecita que titila: el personaje más terrible e inolvidable del cine de ciencia ficción repitiendo, una vez más, sus últimas palabras, las del segundo antes de morir.
La muestra se llama Stanley Kubrick –para qué más–, se extenderá hasta fines de marzo en el CCCB de Barcelona, y se convirtió en una de las grandes citas del invierno boreal. Como toda exposición contemporánea es, en sí misma, un montaje audiovisual, una apuesta a crear sentido a través de recreaciones escenográficas (de eso se trata el espacio que remeda el "hogar" de HAL 9000 en la nave interestelar de 2001, Odisea del espacio); un relato curatorial hecho de fragmentos fílmicos, atmósferas cromáticas, material de archivo, inscripciones gráficas, vestuarios originales, utilería, hallazgos tecnológicos, sugerencia visual. Un meditado despliegue de recursos para traducir una obra fílmica descomunal.
Con curaduría de Hans-Peter Reichmann y Tim Heptner, del Deutsches Filmmuseum de Frankfurt, la exhibición ya ha recorrido Ciudad de México, Los Ángeles, Seúl y París. La adaptación a Barcelona, a cargo del crítico de cine y escritor Jordi Costa, sumó algunos materiales inéditos al vasto trabajo de documentación realizado por el Deutsches Filmmuseum, Christiane Kubrick y el Stanley Kubrick Archive de la University of the Arts London (en colaboración con Warner Bros. Entertainment, Sony-Columbia Pictures, Metro Goldwyn Mayer, Universal Studios, y SK Film Archives).
Primera impresión al ingresar a la exhibición y traspasar los inmensos paneles –rojo sobre negro– que, certeros, apenas enuncian el nombre y apellido del realizador: "Esto va a ser un fiesta".
Última impresión, al final del circuito, donde unos sillones invitan a ovillarse y saborear, como un licor de sobremesa, un compilado de escenas memorables de la filmografía de Kubrick: "Qué fiesta que es el cine. Y qué fiesta rotunda, la del cine del siglo XX".
En el medio, un recorrido cronológico por la obra del cineasta norteamericano radicado en Reino Unido y fallecido en 1999, desde sus primeros trabajos como fotógrafo en la revista Look hasta las imágenes de Ojos bien abiertos, su última película.
"El completo sinsentido de la vida fuerza al hombre a crear su propio sentido". En catalán, español e inglés, la frase de Kubrick que corona las primeras salas es anuncio de lo que vendrá y síntesis del impulso que gobernó la obra del realizador.
Kubrick fue un creador obsesivo, capaz de transitar –y recrear a piacere– los más diversos géneros. Fue también alguien consciente del poso de oscuridad que late en la condición humana. Quizás por eso el policial noir fue uno de los primeros registros que visitó (Casta de malditos), para luego sondear en los modos en que toda guerra es un escenario de miserias (La patrulla infernal, Full Metal Jacket), y el encuentro entre los sexos, una guerra no tan encubierta (de Lolita a Ojos bien abiertos... pasando por toda su filmografía).
La muestra del CCCB ofrece perlas como las entrevistas a asistentes de dirección españoles durante la filmación de Espartaco en las afueras de Madrid y Guadalajara, a fines de los años 50. Ofrece, también, constataciones: es posible viajar al espacio gracias a El danubio azul y la sugestión de un ralenti. El abismo de la locura puede encarnarse en un rostro –el de Jack Nicholson– filmado en contrapicado, o el vértigo desquiciado de la guerra ser un travelling inacabable. Y el dolor terrible de aquellos que, junto a Espartaco, murieron en masa bajo el acero romano, esconder una secreta victoria: fue su elección expirar como personas, y no como esclavos.




