
La Argentina de pie
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La Argentina se encontró ayer con una de las mejores cosas de sí misma: el compromiso ciudadano con la democracia, que dio muestras de vigor más allá de decepciones y desventuras que puedan justificar cierta apatía. Los niveles de participación estuvieron, finalmente, en niveles más o menos históricos. Y el clima, en general, reflejó una actitud de responsabilidad cívica.
En un contexto de crisis y desasosiego como el que vive el país, la movilización ciudadana para asistir a las urnas adquiere una significación y una relevancia especial. Es todo un alegato en favor de la convivencia. Es un mensaje de madurez.
Había dudas razonables sobre la respuesta de la ciudadanía frente a la convocatoria electoral. Una atmósfera de angustia y desazón atraviesa el tejido social, no solo por el deterioro de las condiciones económicas sino también por un desamparo mucho más profundo. En las horas previas a la elección, la tragedia de la Argentina quedó expuesta de una manera dramática: el crimen de Morena Domínguez nos puso frente a un espejo desolador. No fue un hecho aislado, sino el resultado de un país que ha sufrido retrocesos muy pronunciados en las últimas décadas, al extremo de ver desnaturalizado su propio sistema de convivencia, su sentido de las normas y su noción de futuro. Que en ese contexto haya una sólida mayoría dispuesta a repetir de un modo casi ceremonioso el ritual institucional, y que lo haga en paz, inclusive con paciencia, sin expresiones de intolerancia ni de crispación, es un capital que, más allá de todo, justifica la esperanza. Es de esperar que vencedores y vencidos también estén a la altura de esa conducta ejemplar.
Tal vez hoy empiece a perfilarse una Argentina distinta, aunque cada uno amanecerá con las mismas angustias, incertidumbres y problemas que tenía el viernes pasado. Habrá algunos más esperanzados, otros más escépticos y preocupados. Nos encontraremos con ese mismo país astillado en el que a una chica de apenas 11 años le arrebataron sus sueños hace apenas cinco días. Pero también tendremos algo que nos unirá por encima de las diferencias y los antagonismos: habremos sumado un eslabón en la cadena de una continuidad democrática que está a punto de cumplir 40 años.
No se trata de ser conformistas ni condescendientes con nosotros mismos. Pero reconocer ciertos valores comunes e imaginar un puente que nos una, quizá sea indispensable para tejer alguna esperanza colectiva. En una Argentina desgarrada, y debilitada por una fragmentación social y cultural que se ha exacerbado en estas décadas, el espíritu democrático es una amalgama que, al fin y al cabo, identifica y aglutina a la sociedad aún en tiempos de oscuridad y de zozobra.
Vivimos una época dominada por la polarización. Muchos “no creen lo que ven, sino que ven lo que creen”, como escribe Emmanuel Carrére en su libro Limonov. Hemos caído, además, en lo que Juan Villoro supo definir como “una cínica política de la negación”: han pretendido convencernos de que lo malo no son los problemas, sino que se hable de ellos. El poder se ha empeñado en construir un relato propio, cada vez más alejado de las expectativas y los dolores ciudadanos. Algo de esto chocó ayer contra las urnas.
Harán falta mucha humildad y serenidad para leer los resultados en sus múltiples dimensiones y en toda su complejidad. Se necesitará un verdadero esfuerzo para no caer en la trampa de las simplificaciones ni en el cinismo de la negación. Tal vez nos asomemos a nuevos enigmas e incertidumbres y quizá empiecen, incluso, a perfilarse los contornos de algo desconocido. Hay algo, en ese paisaje todavía difuso, a lo que debemos abrazarnos: el compromiso con la democracia que se respiraba ayer en las ciudades y en los pueblos, en los conurbanos y en el campo, en la capital y en el interior. También ese orgullo ciudadano que muchos padres inculcan en sus hijos adolescentes que votaban por primera vez.
El otro gran capital es el que veremos hoy a la mañana: los hombres y mujeres que, después de un domingo electoral, madrugan para ir a trabajar, los chicos que van a la escuela y los jóvenes que construyen con esfuerzo su futuro. Hay una Argentina que, en medio de la angustia y de la incertidumbre, todavía cree en sí misma y se mantiene de pie. Por encima de cualquier interrogante, ése es un mástil al que podemos aferrarnos.




