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OPINIÓN

La Argentina y la Sociedad de las Naciones

Cobran cada vez mayor importancia la diplomacia y el multilateralismo

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Por Guillermo Stamponi
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Finalizada la Primera Guerra Mundial y en virtud del Tratado de Versalles, se creó la Sociedad de las Naciones “a fin de desarrollar la cooperación entre las naciones y garantizarles la paz y la seguridad”. Nuestro país, que mantuvo la neutralidad en la conflagración, fue invitado a acceder al Pacto de la Liga, al que adhirió sin reservas en julio de 1919.

Al año siguiente una delegación, presidida por el canciller Honorio Pueyrredón e integrada por los doctores Marcelo Torcuato de Alvear (enviado extraordinario y ministro plenipotenciario en Francia) y Fernando Pérez (ministro plenipotenciario en Austria), el consejero de embajada Roberto Levillier, el doctor Daniel Antokoletz y Alberto Vignes, participó de la Asamblea inaugurada en Ginebra el 15 de noviembre. En Esquema de la política exterior argentina (1981), Gustavo Ferrari recordó que las instrucciones aprobadas por el presidente Hipólito Yrigoyen incluyeron “principios potencialmente explosivos”: supresión de la distinción entre “beligerantes” y “neutrales” así como del concepto de potencias “aliadas y asociadas”, sostenimiento en calidad de “cuestión fundamental” de la igualdad de admisión de la totalidad de Estados soberanos, fundar en la igualdad también la constitución del Consejo de la Sociedad y la Corte Permanente de Justicia Internacional. Al ordenársele desde Buenos Aires exigir el tratamiento de las iniciativas argentinas “con carácter de previo y especial pronunciamiento” y al resolver la organización no modificar su Pacto al menos durante el primer año de existencia, la representación se marchó en diciembre de 1920, pero “nunca quedó en claro si nuestro país se retiraba de la Liga o sólo de la Asamblea”. Al acceder al sillón de Rivadavia, Alvear compartía los ideales de su antecesor respecto de la democratización de la Sociedad, aunque procuró imponerlos desde adentro de ésta. A tal fin requirió al Congreso, en varias ocasiones y sin éxito, la ratificación del Pacto, lo que se concretaría recién a través de la ley 11.722 dada el 25 de septiembre de 1933.

El 26 de abril de 1926, por decreto 64, el doctor Tomás Le Breton (1868-1959) fue designado delegado ante “la Comisión que estudiará las modificaciones que convenga introducir en la constitución del Consejo de la Liga”.

Según la Memoria presentada al Honorable Congreso Nacional correspondiente al año 1926, del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, en un telegrama al canciller Ángel Gallardo fechado en Ginebra el 15 de marzo, Le Breton había afirmado: “Nuestro principio doctrinario de tender a la democratización de la Liga nos hace esperar que un día todo privilegio desaparezca, alcanzándose la igualdad política y jurídica que anhelamos. Llamados a dar nuestra sincera apreciación sobre las soluciones justas y equitativas, debemos mantener el compromiso contraído espontáneamente ante la Asamblea con anterioridad a estas incidencias al iniciarse la vida de la Liga en un propósito de la más elevada imparcialidad”. Y más adelante: “Nuestras relaciones en la vida internacional han sido siempre de la más amplia liberalidad; hemos sometido al arbitraje todos nuestros conflictos y acatado lealmente las decisiones; en materia de limitaciones de armamentos, hemos suscrito hace ya muchos años tratados regionales reduciendo nuestras fuerzas navales y hemos estado siempre dispuestos a cuanto acuerdo sobre estas materias se propusiese a base del principio democrático de la absoluta igualdad que rige todas nuestras relaciones, tanto en el orden interno como en el externo”.

El 10 de mayo de 1926 Tomás Le Breton, quien se desempeñaría como embajador en Francia y Gran Bretaña e integraría la Corte Permanente de Arbitraje de La Haya, resultó electo vicepresidente de la citada Comisión, elección efectuada a raíz de una moción presentada por Brasil y secundada por España. Tres días más tarde, Honorio Roigt manifestó en La Nación que la representación argentina tuvo en el debate “una nueva y afortunada intervención”. El presidente Motta ponderó la ejemplar conducta conciliatoria de la delegación de nuestro país.

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El 16 de mayo, este mismo periódico informó que el doctor Le Breton había asegurado que le resultaría fácil apoyar, sin reservas, el aumento de miembros electivos, que elevaría a catorce el total de los integrantes del Consejo, como también el limitado sistema de rotación en la reelección, que contenía el proyecto de lord Cecil y que coincidía con el formulado por el entonces presidente Alvear cuando formó parte de la delegación ante la Asamblea de 1920. En su alocución, Le Breton abordó el tema de la representación continental que, en el Consejo, podría ejercer un país iberoamericano determinado, como se procuraba: “Nuestro país no pretende revestirse de una importancia especial en nuestra América, pero consecuente con su fe democrática y consciente de su individualidad como Estado, no concibe, y no lo concibe en forma alguna, que pueda ceder su rango a otro país. Consecuentes con esa manera de pensar, no nos sería posible asumir la representación ni aceptar la defensa de quien no nos hubiera expresamente encargado de ellas y, como consecuencia natural, tampoco consentiríamos que otros se arrogasen la representación, directa ni indirecta, de los intereses argentinos”.

En septiembre de 1926 y como gesto de buena voluntad hacia la potencia vencida, el Consejo aprobó el informe que presentó la Comisión asignando a Alemania una banca permanente tan pronto como resultara admitida en el seno de la organización.

Durante la presidencia de Agustín Pedro Justo y a través del decreto 64.521 del 30 de julio de 1935 se creó, con asiento en Ginebra, la Delegación Permanente de la República Argentina ante la Sociedad de las Naciones, al frente de la cual actuó el doctor Enrique Ruiz Guiñazú y que existiría hasta 1939.

Carlos Saavedra Lamas (1878-1959), “ligado a uno de los momentos más satisfactorios de la política internacional argentina” y cuya evocación constituye un “deber permanente” al decir del embajador José María Ruda, asumió el 21 de septiembre de 1936 la presidencia de la XVII Asamblea y La Nación reprodujo, entre otras, sus siguientes palabras: “Una feliz coincidencia me permite presidir las deliberaciones de esta asamblea y dentro de breve tiempo me hará participar en los debates de otra conferencia, convocada a iniciativa del presidente Roosevelt para consolidar la paz. Recordaré este hecho como un privilegio insigne. Tengo la esperanza de ser transmisor de ideales comunes y anhelos compartidos, que en esta hora incierta reclaman más que nunca una acción universal. Ambas conferencias estarán unidas en los mismos propósitos y tendrán ante sí análogos, aunque no idénticos, problemas: encontrar el medio de atemperar entre los pueblos el choque de sus intereses recíprocos; convencerlos de que el progreso de las nacionalidades puede armonizarse en colaboraciones fecundas, sustituyendo la violencia por altas comprensiones colectivas; que la obra de nuestra civilización sólo puede coordinarse sobre la base de la justicia y del derecho, pagando su tributo a la libertad y la dignidad humanas”.

En su libro Aquel apogeo. Política internacional argentina 1910-1939 (2001), el embajador Juan Archibaldo Lanús señaló que dicha Asamblea se desarrolló en un clima de intranquilidad y tensiones debido al conflicto ítalo-etíope y a los impactos de la Guerra Civil Española. El 10 de octubre de 1936 el canciller Saavedra Lamas la clausuró con un compromiso de continuar la lucha “por universalizar una doctrina genuinamente argentina”, propendiendo “por la vía convencional a que en todos los lugares de la tierra predomine el derecho sobre la fuerza”.

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La Sociedad de las Naciones quedaría disuelta el 18 de abril de 1946. En el año del centenario de aquella destacada participación de la delegación que encabezó el doctor Tomás Le Breton y del nonagésimo aniversario de la presidencia que ejerció el primer Premio Nobel argentino, cobran cada vez mayor importancia la diplomacia y el multilateralismo.

Doctor en Relaciones Internacionales

Por Guillermo Stamponi
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