La austeridad como valor
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A medida que se agudizan las tensiones sociales inherentes al momento histórico que vive la humanidad, signado por la desaparición del ya anacrónico modelo del Estado de Bienestar y por exigencias de competitividad que no todas las personas están en condiciones de afrontar, crece la necesidad -en todo el mundo- de que las mujeres y los hombres que ejercen funciones de conducción en las estructuras públicas o institucionales adopten pautas de comportamiento austeras y responsables.
Ante padecimientos tan hondos como los que generan ciertos males sociales -el desempleo, la pobreza, el aumento de la violencia en sus múltiples formas-, nada resulta más irritante que una dirigencia política o social adherida a estilos de vida ostentosos, frívolos o extravagantes.
Lamentablemente, es común que las personas situadas en los estratos políticos y económicos más altos hagan alarde, en sus formas de vida cotidiana, de lujo o riqueza, sin advertir que esos comportamientos resultan chocantes, moralmente agresivos, sobre todo en tiempos de crisis o en el contexto de ajustes económicos que castigan duramente el bolsillo de los sectores más desprotegidos.
Los gobernantes -y muchos empresarios- deben comprender que entre los deberes propios de su responsabilidad institucional figura el de exhibir conductas que se proyecten sobre el conjunto social con rasgos de ejemplaridad moral. No ha sido ésa la norma, por cierto, en la Argentina de los últimos años. El mensaje que ha bajado desde las estribaciones más altas del poder hacia las capas medias y bajas de la sociedad ha sido -con pocas excepciones- el de la desaprensión y la falta de compromiso ético, cuando no el de una vocación acentuada por el exitismo, la soberbia y el enriquecimiento fácil.
La marcada predilección presidencial por las expansiones costosas y los despliegues suntuarios (construcción de una pista en Anillaco, adquisición de aviones o helicópteros para uso personal, viajes con enormes comitivas, entre tantas otras señales de dispendio) ejemplifica con alguna nitidez la clase de actitudes que la dirigencia política debería tratar de evitar. Ostentaciones de ese tipo ayudan a instalar en el imaginario colectivo el perfil de una dirigencia permeable a las tentaciones de la frivolidad.
Es cierto que con la conducción del mismo jefe de Estado al que estamos aludiendo, la Argentina pegó un gran salto hacia adelante, se modernizó, estabilizó su moneda y abrió su economía al mundo. Pero esos aciertos han hecho aún más visibles, por contraste, los aspectos desalentadores del mensaje que fue llegando desde las esferas del poder y de muchos sectores de la dirigencia social. El ejemplo -bueno o malo- llega siempre desde lo alto. Quienes conducen los destinos de una comunidad deben evitar cualquier gesto o actitud que los muestre insensibles ante la situación de los que más sufren o desatentos a los esfuerzos por consolidar el tejido de una sociedad cohesionada y solidaria.
Es imprescindible que los argentinos rescatemos los valores morales -especialmente la humildad- y recuperemos la convicción de que "lo esencial es invisible a los ojos", como decía Saint-Exupéry en su pequeño gran libro. Si se desdeña lo que está más allá de lo superficial o aparente, se corre el peligro de que la vida social se agote en la competencia por la acumulación de bienes materiales y que el tener sea más importante que el ser, en un contexto marcado por la indiferencia, el egoísmo y la fractura social.
En la Argentina de los últimos tiempos, muchos valores esenciales fueron desvirtuados. Es hora de que los signos de frivolidad desaparezcan del escenario político e institucional. Y de que los argentinos exploremos la esencia profunda de las cosas, no su ilusoria superficie.

