La capacidad de crear
Por Martín Alberto Noel Para La Nación
1 minuto de lectura'
EN cualquier tipo de tarea, quien la cumple se siente halagado por la calificación de creativo, trátese de un abogado, un profesor o un gerente de marketing. El adjetivo sirve para distinguir un trabajo excelente de otro vulgar, dicho a grosso modo.
La creatividad suele estar incorporada en los currículum de los candidatos a ingresar en compañías de comercio, como argumento de cabecera. Para muchos está emparentada con una suerte de magia, que permite resolver dificultades, alumbrar ideas u obras de arte de una manera que se encuentra más allá de la lógica.
En un principio remoto la creatividad tuvo un sentido religioso, pues fue inseparable de la naturaleza divina del Creador. Luego se la miró como algo sobrenatural, que provocaba aprensión. Aun en nuestros días, la mayoría -al cabo de un siglo de investigaciones sobre este tema por sociólogos, antropólogos y tecnólogos- la evalúa como algo raro, arcano y desigualmente distribuido.
Innovación, invención y creatividad se manejan por lo común como sinónimos. Pero no lo son. Innovación significa un primer uso distinto del anterior. Invención quiere decir generar una idea, desarrollarla y ponerla en ejecución. La creatividad es el paso inicial de una invención. Según Edison, "invención es 5% de inspiración y 95 de sudor". Sobrentendido queda que, aquí, inspiración sustituye la palabra creatividad.
La creatividad viene a ser el salvavidas contra el desempleo y el estancamiento. Y los empleadores la entienden como un medio para incrementar rendimientos y, por ende, beneficios. Fuera de esto siempre fue juzgada como algo misterioso, espontáneo e intuitivo.
Hoy sigue siendo vista como una facultad humana que escasea, indescifrable y caprichosamente conferida a los menos.
En las diversas acepciones del diccionario la creatividad está vinculada con la originalidad, la productividad y el acto de descubrir. Ahora bien, la faz práctica de la creatividad induce a error si se la asocia indefectiblemente con un estado dramático de trance o exaltación sentimental. El economista John K. Galbraith comentaba que no había diferencia de calidad entre lo que producía cuando se sentía inspirado y cuando, simplemente, se ponía a trabajar y escribir. Agotadas las definiciones propuestas para el término que nos preocupa, comulgamos con la de Mednick; "Sólo cuando una respuesta es "útil" puede llamarse también creativa".
A menudo, los ejecutivos claman por el fomento de la creatividad, sin tener en cuenta que, dentro de una gran cantidad de ideas originales, sólo unas cuantas presentan un valor real. Con referencia al tiempo, la historia está colmada de ejemplos de obras maestras pictóricas y musicales y de hallazgos científicos no reconocidos sino tardíamente después de su aparición.
Repasemos los atributos de la creatividad aceptados por unanimidad: la habilidad para forjar rápidamente muchas ideas diferentes; la originalidad o producción de respuestas insólitas para ciertas situaciones o para la interpretación de hechos; la flexibilidad para saltar de un modo de encarar un asunto a otro; la adaptación a la ambigüedad o predisposición para vivir y sentirse cómodo en circunstancias en que los interrogantes no están bien determinados y los procedimientos son poco familiares. A estos rasgos habría que agregar una dosis de inconformismo frente a las rutinas de la existencia.
La afición al juego y al humor marca a los sujetos creativos, diestros en combinar ideas hasta el extremo de lo inverosímil.
Tanto ellos como los humoristas procuran hacer ver las cosas fuera de su contexto ordinario. De ahí la afinidad entre ambos. Arthur Koestler lo pone de relieve al decir que "el humor requiere la percepción de una situación o acontecimiento en dos relaciones asociativas habitualmente incompatibles".
Algunas comprobaciones
Pensar que la creatividad es un don concedido a grupos de privilegiados es una falsedad. Toda persona provista de una aptitud funcional normal posee capacidad para crear, en grados distintos, por supuesto, y en áreas circunscriptas.
Las investigaciones especializadas sobre este tema se han hecho en general sobre profesionales. Anotemos algunas comprobaciones: los escritores se orientan hacia la psicología, los científicos e ingenieros hacia las nociones abstractas y menos hacia los seres humanos, mientras que los directores se identifican por su apetencia de poder. El alto cociente de inteligencia medido por los tests requerido para el ejercicio de una profesión no tiene, sin embargo, relación con la creatividad.
Apuntemos, como meras curiosidades, los modos propios de afrontar el acto creativo de algunos genios. Schiller hallaba aliciente en el olor a descomposición de las manzanas que guardaba a escondidas en el cajón de su escritorio; Rudyard Kipling, ganador de un Premio Nobel, caía en la esterilidad si no disponía de tintas muy negras para su pluma, y Kant no podía concentrarse en sus especulaciones filosóficas si no estaba acostado en su cama.
El autor es doctor en Filosofía y Letras. Escribió, entre otros libros, El tema de la revolución de la literatura .

