La conspiración de las palomas
Buenos aires, 8 de octubre de 2012. Le propongo un juego: mire usted la paloma del centro (la que ofrece su perfil) mientras tapa con sus manos todas las otras. Admire las alas extendidas, el pecho inflado, la cabeza erguida. Un cuerpo sin peso, en equilibrio, suspendido en el tiempo y el espacio. La imagen de la ligereza y la libertad. Estará de acuerdo conmigo en que es una belleza. Y lo es porque estamos mirando la idea de la paloma. Ahora levante las manos y descubra el resto de la foto. Bienvenido al mundo real, donde la distancia que media entre las ideas y las cosas es culpable de buena parte de nuestros sufrimientos.
Somos exiliados de la caverna de Platón. Y en la intemperie en la que vivimos, las palomas no son como aquella que dibujó Picasso. Ya lo habrá adivinado: la paloma real es muy poco platónica porque nunca viene sola. Una simple cuestión de número puede convertir algo sublime en una pesadilla. Pregúntele si no a Diego Santilli, ministro de Ambiente y Espacio Público de la Ciudad, que decidió invertir 400.000 pesos en jaulas y redes para atraparlas y llevarlas lejos. O para dispersarlas. Porque juntas, así como andan, se ganaron la antipatía de los porteños y de símbolo de la libertad han sido rebajadas a la categoría de plaga urbana, junto a las ratas y los murciélagos. Así de lejos quedó Platón.
Las palomas se reproducen rápido y mientras nadie las ve. ¿O acaso las ha visto copular? Es difícil luchar contra una fuerza que responde a cada baja con decenas o cientos de nuevos soldados que se suman a un ejército cuyos planes nadie conoce. Hay algo inquietante en la foto. ¿Y si esa confusión de alas, picos y plumas está bajando del cielo a la tierra para reclamarla suya? Este miedo metafísico se lo debemos a Alfred Hitchcock, que en una de sus películas sometió a la pobre Tippi Hedren a un brutal ataque perpetrado por una multitud de pájaros feroces que tenían en jaque a un pueblo entero. Sin embargo, mejor no exagerar. Las palomas son sucias y son muchas, sí, pero hay bichos más dañinos. Y caminan en dos patas.



