La democracia y los eslavos
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LONDRES (The Economist)DESDE las estepas del norte hasta los ensangrentados Balcanes, desde el Mar Negro hasta las costas siberianas del Pacífico, los eslavos sólo han tenido experiencias débiles y efímeras de un gobierno benévolo o justo, y ni hablar de una democracia. Hace una década, con la caída del comunismo, brotaron esperanzas de libertad para luego marchitarse. Las dos regiones que más han decepcionado al mundo son el núcleo eslavo de Rusia, Ucrania y Bielorrusia, por un lado, y los eslavos meridionales, cuyo centro es Serbia.
Sin embargo, sería errado presumir que nunca podrán ser demócratas. Por corruptos, incompetentes y brutales que hayan sido muchos de los gobiernos europeos poscomunistas, la libertad política y la económica hicieron explosión (aunque, a menudo, en sus formas más crudas) en no pocos lugares que, hasta entonces, no habían conocido ninguna.
Una Rusia expandida Las elecciones rusas, en varios niveles, han sido una novedad notable y alentadora. La juventud recia, inteligente y pujante ha desatado sus energías creadoras. Y aquellos eslavos que han mantenido vínculos históricos más fuertes y duraderos con Occidente (por ejemplo, los polacos y los checos) están creando, por cierto, sociedades más justas y más ricas.
Por otra parte, mientras los serbios cometían atrocidades en los Balcanes, otros eslavos del Sur (los macedonios, búlgaros y eslovenos, entre otros) se esforzaban valientemente por nutrir sus nuevas democracias.
Es comprensible que en Bielorrusia, Ucrania y Rusia muchos añoren el orden de antaño, para nada democrático pero reconfortante. El cambio ha sido traumático y ha empeorado la situación de millones de pobres y débiles. Rusia continúa sumida en la confusión.
Bielorrusia, un país pequeño de dudosa identidad, ha sido avasallada por el demagogo Alexander Lukashenka. Ucrania, con 51 millones de habitantes y un enorme potencial económico, es un caos.
Si estos tres pueblos, resentidos por la aparente arrogancia de Occidente, quieren reunificarse y dar la espalda al mundo, están en su derecho. El restablecimiento de los vínculos con Rusia es un viejo anhelo de Lukashenka, aunque es posible que haya cambiado de idea. En Ucrania, donde habrá elecciones presidenciales en octubre, varios candidatos destacados también desean la unión con Rusia. Occidente no puede objetar esta reunificación, si la hubiere.
Sería un mal viraje, tanto para los eslavos como para Occidente. Una Rusia agrandada, pero aún por reformar, caería en la tentación de ser más amenazadora y maligna para sus vecinos pequeños de lo que ya es. Lukashenka maltratará a su propio pueblo, pero Bielorrusia, por sí sola, difícilmente asustaría a polacos o lituanos como lo haría inevitablemente una Rusia expandida, con Bielorrusia transformado en su flanco occidental.
Occidente debe mantener sus puertas abiertas a todos los eslavos que aspiren a ingresar en sus clubes económicos y políticos, en especial la Unión Europea, en la medida en que satisfagan los requisitos de ingreso.
El deber de Occidente Desde el punto de vista estratégico, la clave es Ucrania. Pese a su fracaso económico y su acrimonia política, hizo bien en persuadir a Rusia de que debía aceptar su independencia conforme a lo pactado. Y Rusia, es preciso decirlo, hizo bien en reconocer la soberanía territorial ucraniana sobre la disputada península de Crimea, una vez aplacado su orgullo por los derechos especiales otorgados a su flota del Mar Negro.
Pese a tener menor importancia geopolítica que Ucrania, Bielorrusia debería tener las mismas posibilidades de acercamiento a Occidente, especialmente si el discutido cambio de actitud de Lukashenka es sincero. Occidente debe hacer cuanto pueda por ayudar y estimular a sus amordazados opositores. Asimismo, siempre dentro de lo posible, debe facilitar el acceso de Ucrania y Bielorrusia al libre comercio.
Tampoco ha de tratar con frialdad a Rusia. Arrojarle dinero a puñados no es la respuesta, pero la idea de que los rusos, o cualquier otro pueblo eslavo, son alérgicos a la democracia es tan absurda como el mito de su sentimentalismo. Europa nunca será verdaderamente libre mientras la democracia, una democracia arraigada, no se extienda hasta los Urales. Occidente debe acicatear, persuadir y perseverar.


