La derecha y la izquierda, contra Macri

Joaquín Morales Solá
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25 de febrero de 2018  

Si alguien creyera en los discursos del miércoles pasado en el acto camionero, podría pensar que Mauricio Macri es un ajustador serial, un político capaz de quemar hasta su carrera política en el altar de la ortodoxia económica. Las cosas cambian cuando se lee a José Luis Espert, el más frontal de los economistas ortodoxos, que dice que la política económica de Macri es ”kirchnerismo con buenos modales”. ¿Quién es Macri, entonces? ¿Dónde está parado para que haya argumentos para impugnarlo en los dos extremos del arcoíris ideológico? A Macri le importan poco las razones de las ideologías. El mundo de las discusiones entre derecha e izquierda le es demasiado ajeno. Tal vez haya sido esa una de las razones de sus triunfos electorales en un país que viene de más de una década de desmesuras ideológicas.

Su política gradualista da motivos para la crítica de unos y otros. Existen también los rencores políticos del progresismo, porque llegó al Gobierno un cabal exponente de la aristocracia económica, y la intransigencia de los ortodoxos que creen que lo que dice es fácil de hacer. ¿Hay pocas o escasas acciones para bajar el déficit fiscal? Las hay. ¿Hay decisiones, como los ajustes de tarifas de servicios públicos, que muestran a un gobierno con vocación de sincerar los números de la economía? También las hay. Macri es un pragmático para quien las ideologías pesan muy poco. Sirve lo que sirve. Una de las razones por las que el déficit fiscal no baja es la creciente inversión en obras públicas. Un economista ortodoxo diría que esas son cosas que hay que dejárselas al mercado, que sabrá valorar mejor que el Estado las necesidades de la demanda. Macri cree, por el contrario, que una infraestructura mejor les servirá al crecimiento de la economía y al ciudadano común.

El Presidente se pelea con los empresarios, pero no por motivos ideológicos. Él mismo fue uno de ellos. Está en una dura negociación con la poderosa industria farmacéutica porque quiere que bajen un 5 por ciento los precios de los medicamentos que le venden al Estado. Los empresarios se resisten. El Estado es el principal cliente de los laboratorios medicinales. Compra los remedios más caros (contra el cáncer y el sida, por ejemplo, y millones de dosis de toda clase de vacunas) a una industria en la que los jugadores son muy pocos. Descree también de la alarma generalizada por el déficit de la balanza comercial. El 80 por ciento de las importaciones fueron bienes de capital o insumos para la industria argentina. Solo el 20 por ciento de las importaciones correspondió a bienes de consumo. Lo alegró, en cambio, que cerca de un 30 por ciento de las exportaciones fueran de origen industrial. Ese incremento de las exportaciones industriales puede justificarse en el restablecimiento de la economía brasileña, pero el Presidente cree que hay algo más. Quizá la incipiente convicción de los industriales argentinos de que su destino será la competencia en el exterior si aspiran a crecer.

El problema que su pragmatismo no puede resolver es la grave distorsión de los precios argentinos. El Indec acaba de difundir que se necesitan ingresos por 17.000 pesos para que una familia no sea pobre en la Argentina. Si el trabajador está en blanco, como se supone que mide el Indec, entonces necesita un sueldo de más de 22.000 pesos (por las cargas salariales) para no caer bajo la línea de la pobreza. Son más de 1000 dólares mensuales. ¿En qué otro país se necesita un salario superior a los 1000 dólares para no ser pobre? En ningún otro que se conozca al menos. Esa distorsión de precios locales es lo que espolea, a su vez, los viajes al exterior, que son más de compras que de turismo. Los zapatos y la ropa, que son las industrias que más se quejan por ese turismo de shopping, representan solo un cuarto de las compras en el exterior. El mayoritario resto corresponde a la compra de electrodomésticos, televisores, computadoras y teléfonos celulares. Pero ¿cómo obligar a los argentinos a comprar esas cosas en su país, donde cuestan el doble o el triple? Ni Cristina pudo hacer eso. Mucho menos lo hará Macri. En la composición de los precios locales hay mucho de presión impositiva, de carga salarial más allá de los salarios y de una economía que no está históricamente acostumbrada a la competencia.

Mientras Espert dice que Macri se siente cómodo con los desequilibrios del kirchnerismo, los oradores del miércoles (salvo Moyano, que se ocupó solo de Moyano) describieron a un gobierno que destruye empleo. Lo cierto es que en el último diciembre se constató el mayor número de empleo privado registrado desde 2012. Hay 55.000 empleados en blanco más que en diciembre de 2015, cuando se fue Cristina. La medición es, además, coherente con la marcha de la economía. En 2017, la economía creció cerca del 3 por ciento por primera vez desde 2012. En todos los otros años, la economía estuvo estancada o en recesión. Podrá criticarse el ritmo del crecimiento de la economía y de la creación de empleos, pero es difícil con esos números señalar que están destruyendo puestos de trabajo. O que carece de sensibilidad. Ningún plan social preexistente fue derogado por Macri. Juan Grabois, un duro crítico del Presidente, acaba de hacer un llamativo reconocimiento: dijo que Carolina Stanley es mejor ministra de Desarrollo Social que Alicia Kirchner. Después se juntó con los kirchneristas para marchar contra Macri. ¿Prejuicio ideológico? ¿Necesidad de diferenciarse para seguir siendo un protagonista del espacio público? Imposible saberlo entre tantas contradicciones.

El gradualismo es, si bien se mira, la razón de querellas tan dispares. Para unos es demasiado lento; para otros es muy rápido. Macri tuvo palabras de comprensión del conocido economista brasileño Armínio Fraga, quien fue presidente del Banco Central de Brasil durante la presidencia de Fernando Henrique Cardoso. En una franca conversación con el vicejefe de Gabinete, Mario Quintana, Fraga ponderó el gradualismo como la única vía políticamente posible en países con un débil equilibrio social. “Es lo único que pueden hacer y lo están haciendo bien”, le dijo Fraga, que apeló a una metáfora del arte del pescador para aflojar y ajustar la tanza. “Un mal movimiento puede romperla”, le advirtió. Fraga le alegró parte de un día a Macri.

En esa eterna disputa entre la derecha y la izquierda, Macri sorprendió cuando habilitó el debate por el aborto en el Congreso. Él repitió en las últimas horas que “cree en la vida desde la concepción hasta la muerte”. Pero se cansó de la hipocresía de los que bloquearon el tema cuando estuvieron en el gobierno y ahora se alzan como abanderados de la causa del aborto legal. Algunos de sus propios aliados y partidarios lo presionaron para abordar ese polémico asunto. Pero hay un sector de su electorado antiabortista. No se trata solo de un debate político. También es un debate de sensibilidades humanas que se refiere en cualquier caso a personas heridas o inocentes. “Quiero que haya un debate serio”, dijo Macri en las últimas horas. Tendrá la oposición de la Iglesia, sin duda. La doctrina contra el aborto no es negociable para el Papa ni para su Iglesia. Un senador peronista con vasta experiencia política deslizó una frase tal vez premonitoria: “Es improbable que se apruebe aquí el aborto mientras haya un papa argentino”. Macri confía en que el debate se agotará en el Congreso sin llegar a cambiar nada sustancialmente. Macri es así: no le importa decepcionar a la derecha y le gusta desconcertar a la izquierda.

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