La diáspora argentina
Los organismos oficiales estiman que alrededor de 850.000 compatriotas viven fuera del país, de los cuales 132.258 habrían partido en el período 2000-2003. Panorama de un fenómeno emigratorio que , a pesar de su magnitud, no es el primero ni el mayor de la historia argentina
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A las hermanas Erika y Paula Helling, integrantes de la clase media criadas en Bella Vista, les tocó ser veinteañeras en la conmocionada Argentina de comienzos de siglo y decidieron, cada cual a su turno, irse del país: son parte de las 132.258 personas que emigraron entre los años 2000 y 2003. Erika vive en Madrid. Trabaja en una agencia de publicidad y, los fines de semana, brinca como vendedora en un shopping y despachante de bebidas en una disco. Los tres trabajos le permiten ahorrar unos mil euros por mes, además de arreglarse en un piso compartido. Recién llegada a Buenos Aires para unas breves vacaciones, Erika dice que su sueño es, algún día, con lo que ahorre, comprarse una casa... en Bella Vista. Si alguien le pregunta cómo le está yendo en España (donde nunca escuchó llamar "sudacas" a los argentinos), responde "fantástico", aunque usa palabras menos académicas para ufanarse de su esfuerzo cotidiano.
Pero Paula, no menos esmerada, volvió definitivamente. Nada consiguió en Madrid con su profesión de azafata y su meta de volar. Después de dos años se resignó, hace poco, a engordar la estadística más esquiva de todas, la de los argentinos que, desencantados, frustrados, desgarrados por la distancia o lo que fuere, vuelven a casa tras probar suerte afuera.
Los organismos oficiales suponen que hay alrededor de 850 mil argentinos desparramados por el mundo. Pero sobre los que van y vienen con proyectos de vida no hay precisión ni detalle, mucho menos censo. Al ojo grueso del Estado los expatriados se le entremezclan a menudo con turistas, becarios semestrales, mochileros anuales, hombres de negocios y, en fin, viajeros de intenciones desconocidas. Nadie sabe a ciencia cierta cuántas son las Erikas, cuántas las Paulas y --entre ambas-- cuántos, exactamente, los argentinos de los que ahora tanto se habla, aquellos que pelean en España, Italia, Estados Unidos u otros destinos menos nombrados por salir de su condición de inmigrantes irregulares para consolidar allá un futuro. Por eso, cuando se aborda el tema de la migración, abundan las historias individuales, se citan casos más o menos representativos de indocumentados, circulan curiosidades del tipo del salteño que empezó a ganarse la vida fabricando empanadas en Osaka, pero pocas o ninguna observación de base científica miden el fenómeno en términos sociológicos, algo indispensable para fijar políticas oficiales.
El jefe de Gabinete del Ministerio de Relaciones Exteriores, Eduardo Valdés, admite que los datos disponibles no son los mejores, pero asegura que "la política fijada consiste en asistir a los que están afuera y generar las condiciones en el país para que en algún momento vuelvan". Valdés, ladero del canciller Rafael Bielsa que se ocupa operativamente de las actuales negociaciones sobre argentinos en España, conoce de cerca el problema de la asistencia. Pocas horas después de la asunción de Kirchner, al gobierno le tocó involucrarse en el caso del asesinato de dos argentinos en Miami ("entre otras gestiones --recuerda--, logramos que el Estado de Florida indemnizara a cada una de las viudas con 25 mil dólares, sin perjuicio de la acción civil").
La información fidedigna es un problema, no tanto porque la Argentina --como Canadá, país de inmigración y emigración-- tenga cerca de 600 puntos de entrada y de salida, sino porque en vez de computadoras se usan, en las fronteras, cartoncitos. Sólo el aeropuerto de Ezeiza está, por ahora, digitalizado. Aun si se supone que los cartoncitos de migraciones, llenados con encomiable dedicación por quienes entran y salen del país, son idóneos en cuanto a la información que atrapan, se sabe que su manipulación, contabilidad y procesamiento no lo son. Y Ezeiza resulta un claro ejemplo de que una sola dosis de rigor numérico no arroja suficiente luz: el año pasado salieron por el gran aeropuerto 1.589.040 argentinos y entraron 1.265.848, lo cual no implica --advierten con énfasis las fuentes-- que la diferencia (323.192) se haya quedado a vivir afuera. Además de que algunos pudieron volver por otras puertas al país, la cifra incluye a quienes salieron de vacaciones en Navidad y acaso retornaron para Reyes, es decir, en el 2004, aún sin medición.
Tendencias verosímiles
Con todo, muchos especialistas aceptan que las estimaciones extraoficiales totales de la Dirección Nacional de Migraciones revelan tendencias verosímiles. Y quizá sorprendentes. Por caso, los 132.258 argentinos que, se cree, emigraron en el período 2000-2003, entre ellos Erika y Paula, no representan la ola más fuerte de la historia. En el quinquenio 1975-1979, contemporáneo del despeño del gobierno de Isabel Perón y de los años más duros del último gobierno militar, el saldo migratorio alcanzó la cifra de 168.710 personas. Casi se repitió el récord en el quinquenio siguiente, durante la segunda parte del "Proceso" (1980-84), con 165.416.
Desde 1950 se calcula en Migraciones que, años tras año, se acumularon 883.685 argentinos fuera del país, cifra que no es muy diferente de la que hoy estima la Cancillería para la "diáspora" argentina: 853.318.
El registro de la Cancillería combina certeza y lápiz: matriculados y estimados. Los 121 consulados argentinos (ver cuadro, donde figuran algunos de los consulados más representativos) llevan una matrícula de residentes. Estar matriculado le permite obtener en el día un pasaporte consular a alguien que extravía o al que le roban el pasaporte otorgado por la Policía Federal (el consular permite viajar por el mundo y caduca al reingresar en la Argentina). También sirve registrarse, aunque es mejor no comprobarlo, si se presenta una emergencia general. En la Dirección de Argentinos en el Exterior, que funciona en el octavo piso de la Cancillería, recuerdan las febriles gestiones consulares realizadas en Bolivia durante la reciente convulsión social para organizar la evacuación de argentinos, o la localización y asistencia de connacionales en países como Turquía en ocasión de terremotos. Sin embargo, no todos los argentinos residentes se inscriben en el consulado, algunas veces inhibidos porque se hallan en situación legal irregular ante el país adoptado, otras por desidia y otras porque median cientos de kilómetros entre el consulado argentino más cercano y el lugar de residencia.
Una cosa es el registro de matriculados y otra el registro electoral. Para votar (que es afuera un derecho, no una obligación), hace falta una inscripción diferente, que también se realiza en el consulado. Pero, según fuentes de la Cámara Nacional Electoral, hasta el día de hoy sólo 31.635 argentinos están en el Registro de Electores Residentes en el Exterior, es decir, apenas el 3,72 por ciento de los que viven fuera del país y, ciertamente, una cantidad insignificante en el padrón nacional de 25 millones y medio. El de los residentes en el exterior --dicho sea de paso-- debe ser el voto más caro de cuantos afronta el Estado, porque exige, entre otras cosas, enviar y recoger urnas, boletas electorales y documentación a decenas de sitios repartidos por todo el planeta.
En lo demográfico, los cónsules llevan entonces dos registros, uno de matriculados y otro de residentes estimados. La suma de ambos en todo el mundo es lo que da 853.318 personas, de las cuales 236.075 están matriculadas. Los datos discriminados, que corresponden al año 2002 (los del 2003 sólo se reunirán hacia junio próximo), se conocen públicamente, por primera vez, ahora.
Métodos de medición
El último estudio profundo sobre los argentinos en el exterior fue realizado en 1983 por Enrique Oteiza y Alfredo Lattes, junto con otros colaboradores, para las Naciones Unidas. Profesor investigador del Instituto Gino Germani, Oteiza dijo al ser consultado que se trata de un trabajo difícil y costoso. En aquel momento (los argentinos en el exterior eran algo más de medio millón) se usaron tres métodos de medición: los censos de los principales receptores de la emigración (Europa Occidental, Israel, Canadá, Estados Unidos, México, Brasil y más adelante también Australia), las estimaciones de saldos migratorios argentinos y la proyección de los censos, que consiste en aplicar tasas demográficas, calcular cuál debería haber sido la población nacional, restar y determinar cuánta gente hay afuera, haciendo estimaciones sobre la inmigración del período.
Un estudio de Adela Pellegrino de hace dos años corroboró que las corrientes emigratorias argentinas tienen el promedio de escolaridad más alto de la región. Oteiza subraya que la calificación es muy alta porque "el país se especializó en expulsar gente calificada, fenómeno originado no sólo en cuestiones económicas sino en el maltrato". Deben tenerse en cuenta también, dice el investigador, las ondas políticas, con picos en las dos últimas dictaduras y en la crisis de 2001.
La crisis, reflexiona Rosendo Fraga, "dio muestras muy concretas de una tendencia creciente del fenómeno emigratorio con el notable incremento de las solicitudes de doble ciudadanía en los consulados de España e Italia". En 2001, un sondeo de opinión del Centro de Estudios Nueva Mayoría sostenía que la mitad de los argentinos se iría a vivir a otro país si pudiera. "Desde 2003 --agrega Fraga-- comienza a producirse cierto retorno, aunque las cifras son imprecisas. Esto se debe por un lado a la normalización de la situación en nuestro país y, por otro, a que 2003 fue un año de estancamiento en la economía mundial, con lo cual la expectativa de muchos emigrantes argentinos no se vio satisfecha".
Comparada con el vecino Uruguay, que llegó a tener el 11 por ciento de su población afuera, la Argentina, cuyo nivel de expatriados sería de algo más del 2 por ciento, no debería sentirse perturbada, al menos cuantitativamente, por el fenómeno.
El caso Los Angeles
De la información oficial surge que Los Angeles era en 2002 la ciudad con mayor cantidad de argentinos del mundo (111.115). En realidad se trata del área consular californiana, que comprende once estados de la Costa Oeste. Al ser consultado telefónicamente desde Los Angeles, Luis María Kreckler, cónsul general argentino, dijo a LA NACION que actualmente se estimaba que el número había llegado a 160 mil, de los cuales alrededor de cien mil viven en las 89 ciudades que forman el condado de Los Angeles y entre 15 y 25 mil están en San Francisco. Hubo tres migraciones argentinas importantes, explicó el cónsul, una en los sesenta (con numerosos inmigrantes ocupados en la industria de la aviación, especialmente torneros), otra en los setenta (comercio, restaurantes, supermercados), ambas muy asentadas, y en tercer lugar la ola posterior al colapso, que hizo crecer fuertemente la colonia instalada en el estado del mítico Hollywood. Alrededor de la cuarta parte de las personas nacidas en la Argentina que viven allí son hoy ciudadanos estadounidenses. Y por otra parte, en lo que atañe a las últimas capas inmigratorias, en California la Argentina es el segundo país, después de México, que ha logrado implementar, hace muy poco, una Matrícula Consular de Alta Seguridad, documento que "saca de la sombra", dice el cónsul, a miles de argentinos que se hallaban en condición irregular: permite acceder a todo lo público --sean hospitales, escuelas, bibliotecas, servicios de gas, de agua--, es aceptado por la oficina del sheriff --a diferencia del pasaporte-- y habilita para el uso del sistema bancario. En el gobierno suele verse este progreso diplomático alcanzado únicamente en California como un ejemplo enmarcado en la política de protección a los argentinos que pregona el presidente Kirchner. De todos modos, el Consulado de Los Angeles es notificado de aproximadamente cinco arrestos semanales de argentinos en los once estados de su incumbencia. La mayor parte de los arrestados terminan deportados.
Miami, con una distribución más concentrada, compite con Los Angeles como ciudad preferida por la migración argentina, si bien en Florida es menor que en el Oeste la laxitud de las autoridades respecto de las rigideces inmigratorias. Para el área consular de Miami, la Cancillería contabilizaba 102.424 argentinos, una cifra hoy seguramente mayor.
Los seis consulados que hay en Estados Unidos, esto es cierto, suman, entre matriculados y estimados, 266.008 residentes, lo cual significa que en 2002, en la mayor potencia mundial, los argentinos eran más del doble que en España, donde a su vez había el doble que en Brasil (aun sin contar Florianópolis, de donde no se tienen datos).
Datos curiosos
Hecha la prevención de que los consulados cubren áreas y no necesariamente ciudades, no deja de resultar curioso que se registre aproximadamente la misma cantidad de argentinos radicados en Bonn (2834), la anterior capital alemana, que en Punta del Este (2761), destino favorecido por el colapso nacional. O que Francia, donde la inmigración latinoamericana nunca fue fácil --ni de tentaciones masivas--, tenga, según la Cancillería, una comunidad argentina de 10.502 almas. En el destino extranjero más próximo a Buenos Aires, la pequeña Colonia, se cuentan 2231 argentinos, cuyo desarraigo, si lo hubiere, es incomparable al de los 2207 que conviven en Tokio con doce millones de japoneses. El registro más bajo corresponde a la hoy conmocionada Haití: cuatro (según informó LA NACION la semana pasada, entre los residentes en Puerto Príncipe figura un ex futbolista, ocupación recurrente tal vez no en número, pero sí en diseminación, entre argentinos radicados afuera).
Es poco conocida en el país la tarea a veces socorrista que realiza el área Argentinos en el Exterior de la Cancillería, desde localización de parientes desencontrados por años hasta repatriaciones de hijos abandonados (recientemente, cuenta un diplomático, hubo que traer de España a un bebé de menos de dos años cuya madre cayó presa en España por narcotráfico). Pero el tema de las repatriaciones tiene sus complejidades. Se trata de un beneficio, advierten en la diplomacia, aplicado cuando median situaciones de riesgo, y no de un derecho. Otra historia era cuando existían barcos y aviones de bandera y se podía cargar al interesado sin que nadie preguntara quién pagaría el viaje. "Ahora tenemos muchos problemas --contó un funcionario-- en países donde se presentan argentinos que, ya sea por decepción de raíz económica respecto de las ilusiones originales o incluso ante la obligación de enviar a los hijos al frente piden ser repatriados, algo que el Estado sólo puede consentir en casos extremos". La alusión a Israel --hacia donde se frenó la migración-- parece nítida.
En las antípodas están los argentinos que tienen claro su desinterés por volver. Y no siempre son exitosos comerciantes afincados hace muchos años en países centrales. Es ilustrativa la agridulce historia, en cuanto a nostalgias, de Mireya Viacaba, contada desde Lagos, Nigeria, donde vive hace tres años. "En este país, que no es especialmente el paraíso, me reencontré con mi idioma, las empanadas, el dulce de leche, el polo y las malas palabras porteñas, gracias a la docena de compatriotas que encontré". Sucede que Mireya, casada con un ejecutivo francés de una petrolera, se fue de Buenos Aires hace 14 años a los Emiratos Arabes. "Después viví en Birmania, donde durante seis años fui la única residente argentina". Nacionalizada francesa, este año la espera París; allí se radicará con sus cuatro hijos. ¿Volver a la patria? "No sé si volvería definitivamente, pero el que se siente más argentino en la familia es mi marido, francés."



