La doctrina “Donroe” aplicada a Venezuela
Varios analistas se han referido al uso de la Doctrina Monroe por parte de la Administración Trump (AT) para justificar su política hacia América Latina. Pero el presidente Donald Trump ha ido más allá, aplicando también el Corolario Roosevelt, enunciado por el presidente “Teddy” Roosevelt (1901-1909).” La doctrina y el corolario se unen en la Doctrina “Donroe.”
El presidente Monroe anunció su doctrina en 1823 para mantener el continente libre de las potencias imperiales europeas (Austria, España, Francia, Inglaterra, Prusia/Alemania, Rusia). Esta postura protectora, defensiva, sin embargo, no contaba con los recursos bélicos para disuadir o contrarrestar las intervenciones neo-colonialistas de España en la República Dominicana, Ecuador, Perú y Chile, ni la de Francia en México, o la de Francia e Inglaterra en la Argentina, durante gran parte del siglo XIX, ni la de Alemania, Italia e Inglaterra en Venezuela en 1902-3.
El Corolario Roosevelt amplía la Doctrina Monroe. Para principios de siglo, Estados Unidos iba ya en camino a convertirse en una potencia industrial y militar de alcance global, con intereses financieros, comerciales y de seguridad vitales en la zona del circum-Caribe, incluyendo el Canal de Panamá en construcción. Al gobierno de Roosevelt le preocupaba la inestabilidad de los países de la subregión, cuyos gobiernos débiles, incompetentes, corruptos y morosos, eran vulnerables a la extorsión y dominación de las potencias europeas, que buscaban el pago de sus préstamos y el control neocolonial de sus recursos. Esa inestabilidad ponía en peligro los intereses y la seguridad norteamericana. De allí que el corolario proclama en 1904 que Estados Unidos tenía la obligación de intervenir en aquellos países.
Con ese justificativo EEUU se convirtió en el hegemón y policía de la región. Cuba, Haití, México, Nicaragua, Panamá y República Dominicana soportaron intervención armada, ocupación, sindicatura financiera y protectorados de presidencias subsiguientes, incluyendo la de Woodrow Wilson (1913-1921), cuyo lema era, paradójicamente, “construir un mundo seguro para la democracia”. Esa época intervencionista se conoció alternativamente como la del “Gran Garrote,” de la “Diplomacia del Dólar” y de la “Diplomacia de las Cañoneras”.
La doctrina y el corolario se han desempolvado y se combinan en la versión Donald Trump de ambas: la Doctrina “Donroe.” Con ésta se percibe a China, Irán (Hezbollah) y Rusia como amenazas extrarregionales presentes en el hemisferio.
Con ella se pretende mantener el hemisferio como zona de exclusiva hegemonía norteamericana. Especialmente preocupa a la AT la extensa presencia e influencia económica y comercial de China en la región, su principal rival estratégico, y percibido como un creciente desafío a su hegemonía y sus intereses económicos y de seguridad en el continente. La doctrina es parte de una visión estratégica prevalente en la AT, que percibe al sistema internacional como multipolar, de rivalidad y competencia geopolítica entre superpotencias con esferas exclusivas de influencia hegemónica. Por eso su intento de imponer su hegemonía en el hemisferio, via bullying, demandas agresivas en materia comercial, migratoria y territorial, interferencias electorales, amenazas y sanciones arancelarias a gobiernos que se han opuesto a sus pretensiones y exigencias. Los gobiernos de Canadá, Colombia, Brasil, Honduras, México y Panamá han sufrido algunos de estos embates, aunque con destreza diplomática y concesiones los han contenido o aplacado hasta ahora.
El régimen chavista, sin embargo, ha recibido la embestida más agresiva: la propia extracción militar quirúrgica de su dictador Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores. Ostensiblemente, su propósito era descabezar el régimen catalogado como narcoterrorista. Pero su verdadero motivo fue neutralizar la presencia e influencia de China, Irán y Rusia, que han sostenido al régimen con préstamos, lavado de dinero, comercio ilegal de petróleo y minerales, provisión de inteligencia, armamentos y tecnología militar, bases de “observación espacial y seguimiento satelital”.
Neutralizar esas potencias, sin embargo, requería cambio de régimen, no sólo la remoción de Maduro, y una apertura político/económica con transición hacia la restauración de la democracia (buscada o no). Y esto incluye de facto una suerte de tutelaje estadounidense “acordado” con las autoridades chavistas remanentes, la presidenta interina Delcy Rodríguez y su hermano Jorge, presidente del poder legislativo (so pena de acciones militares adicionales y/o bloqueo aéreo y marítimo). Esa transición ya se observa con la excarcelación de presos políticos, con la ley de amnistía política y con el cierre del centro de tortura, el Helicoide. Al interinato chavista se lo presenta como necesario para evitar un vacío de poder y la violencia política, así como para manejar el proceso de apertura que incluiría la libertad de prensa, el retorno de exilados, el desmantelamiento del aparato represivo, y hasta un posible gobierno de coalición que avanzaría paulatinamente hacia la realización de elecciones democráticas.
El tutelaje envuelve un control de la producción y venta del petróleo (cuarentena), cuyos fondos se transfieren a Qatar y luego al tesoro de EEUU para transmitirse a Venezuela, donde, bajo supervisión, se emplean para la importación de insumos esenciales como medicinas, alimentos, equipos y servicios básicos (sindicatura financiera). Su objetivo es evitar el caos socio-económico.
El hecho es que la apertura política que hoy se ve en Venezuela, un efecto colateral supuestamente no buscado, no hubiese comenzado sin la intervención norteamericana y la extracción del dictador Maduro; y la Doctrina “Donroe” parece encaminada a aplicarse contra el régimen castrista en Cuba, que, por bloqueo de EEUU, ya no recibe el petróleo que le proveía el régimen chavista.





