LA ESTRATEGIA HELADA

Después de la política de seducción implementada por el menemismo, el actual Gobierno cambió radicalmente de táctica: aspira a debilitar a los kelpers con golpes diplomáticos sensibles, como el establecimiento de vuelos directos desde la Argentina o la obstaculización de la venta de licencias pesqueras
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29 de febrero de 2004  

En los 90 fue la "seducción a los kelpers" y en la breve etapa de la Alianza se instrumentó "la política de la frialdad a los malvinenses". Con el primer presidente patagónico, Néstor Kirchner, soplan los vientos de la "estrategia helada" hacia el gobierno británico y los habitantes de las islas Malvinas como política oficial para recuperar las islas.

"Vengo desde el Sur de la Patria, desde la tierra de la cultura malvinera y de los Hielos Continentales, y sostendremos inclaudicablemente nuestro reclamo de soberanía sobre las Islas Malvinas", había adelantado como un presagio el santacruceño en su primer discurso como presidente ante una muchedumbre en el Congreso de la Nación.

Pero nueve meses después de aquella promesa, ¿qué propone el gobierno de Kirchner para que el Reino Unido se decida a devolver las islas usurpadas en 1833?

"Por lo pronto vamos a ser más firmes en la defensa de nuestros intereses nacionales", adelantó una alta fuente de la Cancillería a LA NACION, que prefirió no hablar de "endurecimiento de la postura argentina" para que el término no fuera interpretado por los funcionarios ingleses en términos beligerantes.

La firmeza de la que hablan en el Palacio San Martín responde a una orden expresa del Presidente, que monitorea la cuestión de manera personal.

En la Cancillería trabajan sobre tres objetivos de corto plazo para "que se produzcan avances significativos en nuestro reclamo".

El primero, y que ya está siendo negociado con los funcionarios ingleses a pesar de la irritación de los kelpers, es el establecimiento de vuelos de línea regulares que despeguen de Buenos Aires o Río Gallegos y aterricen en Puerto Argentino.

Los otros dos golpes diplomáticos son más espinosos: obstaculizar la venta de licencias pesqueras en el Atlántico Sur, una actividad que convirtió en millonarios a los kelpers gracias a la falta de oposición argentina en la década del 90. Y, más adelante, plantear que se detenga la actividad de exploración petrolera que unilateralmente inició la administración malvinense en 1995. "Es cierto que existe un acuerdo firmado entre la Argentina y el Reino Unido por el que se regula la actividad en la zona en disputa bajo el paraguas de soberanía, pero ese mismo acuerdo establece el lanzamiento de una licitación argentino-británica en una zona especial que nunca ocurrió", adelantan los técnicos kirchneristas.

Pese al ajetreo diplomático en la Cancillería, la evaluación de los entendidos que militan en la oposición es un tanto más escéptica.

"No cambió nada. No hay cambios sustanciales en el reclamo a los ingleses, con saludo o sin saludo a los isleños", dice el senador justicialista Eduardo Menem, integrante de la Comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara Alta.

Lo mismo opina su colega en Diputados, el radical Federico Storani."Hasta ahora, todo lo que hizo el gobierno de Kirchner es gestual. Me parece bien que haya habido algún gesto de endurecimiento, por ejemplo con el hecho de los vuelos desde Punta Arenas, pero no me parece que haya un llamado de atención de la comunidad internacional sobre el tema", reclama el diputado, estudioso de las relaciones exteriores en su partido.

Storani se refiere específicamente a la presentación del caso argentino en la Asamblea General de las Naciones Unidas, una iniciativa diplomática que la Argentina gestó hasta el gobierno del radical Raúl Alfonsín y que el ex presidente Carlos Menem decidió terminar.

Desde entonces, el reclamo por Malvinas se realiza en un ámbito más cerrado y con menor influencia internacional: el Comité de Descolonización de la ONU, que se reúne anualmente en junio y que trata disputas de soberanía como Gibraltar y la autodeterminación de Puerto Rico, además de Malvinas.

Sin regresar a la asamblea

Entre 1982 y 1989, la Argentina consiguió que la Asamblea General aprobara una resolución instando a los gobiernos de Londres y Buenos Aires a sentarse a negociar y resolver el diferendo. Cuando en 1989 Menem encaró el reestablecimiento de las relaciones diplomáticas con el gobierno británico, retiró el reclamo de la Asamblea y lo llevó al Comité de Descolonización, en donde está planteado desde entonces.

"No se está evaluando la vuelta a la Asamblea General de la ONU, sería muy complicado conseguir los votos de los países europeos en medio del default", confió a LA NACIÓN un diplomático que trabaja en la cuestión Malvinas. El funcionario insistió en que la estrategia a mediano plazo es debilitar la posición de los kelpers, "acostumbrados durante el gobierno menemista a obtener beneficios sin nada a cambio, como compensación por la guerra de 1982".

"La política de seducción hacia Gran Bretaña y los isleños es el equivalente a las relaciones carnales con los Estados Unidos", sentenció el vicecanciller Jorge Taiana ante una consulta de este diario.

Durante la década de los 90, el menemismo desplegó la estrategia de "seducción a los kelpers". Consistía en complacer los deseos de los habitantes de las islas y establecer una línea directa con Puerto Argentino. E incluyó gestos personales del ex canciller Guido Di Tella, quien durante años envió regalos de Navidad a los isleños (fotos con sus nietos, cartas y el libro "El Principito" como mensaje de amistad, entre otros objetos que los kelpers enviaron en su mayoría de regreso).

El principio básico de la política ideada por Di Tella era conquistar la simpatía de los isleños. En los hechos, funcionó como la variable perfecta para que el ex presidente Menem lograra sólo uno de sus objetivos casi al final de su mandato: en 1998 se convirtió en el primer presidente que visitó oficialmente Londres después de la guerra de 1982. Atrás dejó sus propuestas formales al gobierno británico de "soberanía compartida", el intento de indemnizar a los malvinenses con una suma millonaria para que abandonaran el archipiélago y su sueño de ganar el premio Nobel de la Paz por la eventual resolución del conflicto entre Londres y Buenos Aires.

La administración de Fernando de la Rúa hizo sólo una modificación simbólica al inaugurar la "estrategia de la indiferencia" a los malvinenses. Quedó clara en Nueva York, durante la reunión anual del Comité de Descolonización de las Naciones Unidas a la que concurren representantes de las islas. El entonces canciller Adalberto Rodríguez Giavarini dejó de lado el té con masas que Di Tella solía compartir en ese foro con los kelpers y, directamente, no los saludó al ingresar a la sesión del Comité de la ONU.

Eduardo Duhalde evaluó que su presidencia no sería trascendental para avanzar en el reclamo de soberanía de Malvinas ante el Reino Unido y se concentró en cuestiones más urgentes.

En junio de 2003, Kirchner todavía acomodaba sus cosas en el despacho principal de la Casa Rosada cuando le encargó un primer sondeo de opinión pública al consultor Artemio López. El Presidente quería conocer qué opinaban los argentinos sobre temas clave para su futura gestión, y una de sus incógnitas era saber cuánto importaba la soberanía de las islas Malvinas. El resultado no lo sorprendió: siete de cada diez consultados le dieron una "alta importancia" a la recuperación del archipiélago austral.

Apenas un mes más tarde, en Londres, el Presidente se cruzó con el premier británico Tony Blair en un encuentro de líderes progresistas. El dirigente laborista no pudo más que sonreír cuando el santacruceño le planteó sin rodeos que había que sentarse a conversar sobre la soberanía de Malvinas. Sin embargo, en términos diplomáticos el hecho es meramente anecdótico.

"Cuando el presidente Kirchner estuvo en esa reunión de líderes progresistas, estuvo con Blair y, aunque él diga que le mencionó el tema de la soberanía, nadie tomó nota de que haya mencionado nada. Entonces, no sirve para nada...", asegura sin rodeos el diputado Storani.

Y no es el único. El director del Centro de Estudios Nueva Mayoría Rosendo Fraga se permite dudar de la frontalidad del Presidente: "La política argentina en la cuestión Malvinas asume un sesgo más nacionalista y, como en todo lo que hace Kirchner, la pregunta es cuánto de ello es discurso y cuánto realidad, sobre todo cuando él mismo dijo a los empresarios españoles en su reciente viaje a Madrid ?miren lo que hago y no lo que digo´", reflexiona el politólogo.

Escaso apuro

Pero si hay algo que no tiene Kirchner, como sus antecesores, es apuro por mostrar un golpe de efecto que le reditúe votos. Por lo menos, no por ahora. Será por eso que el canciller Rafael Bielsa adelantó, con la mirada puesta en la intransigencia inglesa, que "frente a cada expresión de que este conflicto tardará 400 años en resolverse, tendremos 400 años de paciencia, pero las islas van a volver a su seno".

Las relaciones argentino-británicas no atraviesan por su mejor momento. La negativa argentina a autorizar vuelos charter desde Chile a Malvinas, la exigencia a cambio de resolver el tema de que se establezcan vuelos regulares desde la Argentina continental a las islas cuanto antes, y los cuestionamientos sobre pesca y petróleo que los diplomáticos argentinos ya le comunicaron a sus colegas ingleses, tuvieron como correlato la falta de apoyo del gobierno británico en el Grupo de los Siete (G7) ante la crisis argentina por la deuda con los organismos internacionales.

"Esto recién empieza", adelantan los diplomáticos argentinos, mientras insisten en que la estrategia helada de Kirchner será "absolutamente pacífica" y consistirá en presionar al gobierno inglés para que los beneficios que la Argentina le regaló a los kelpers a cambio de nada en los 90 tengan como contrapartida algún tipo de reconocimiento que pueda leerse como un avance en el reclamo de soberanía de las islas.

"La recuperación de Malvinas es un objetivo permanente, no sé si es primordial, pero es permanente. Es una causa nacional", coincide Storani. "Si se consigue que salgan vuelos de alguna aerolínea argentina a las islas sería positivo", añade el senador Menem en un reconocimiento a la movida diplomática del presidente patagónico.

"La estrategia de Kirchner se encuentra en un punto intermedio entre la de Menem y la de Alfonsín", reflexiona el analista Rosendo Fraga. Pero también cree que "la política ha cambiado y en ello ha influido la obsesión por diferenciarse de Menem, hasta en lo que puede haber hecho bien, pero siempre en Kirchner se hace necesario diferenciar el discurso de los hechos y, en este caso, la síntesis puede ser que se ha retrocedido de la política de Menem, sin por eso llegar hasta la de Alfonsín", mucho más contundente pero sin diálogo ni avance alguno. Como será el monumento a los soldados argentinos caídos durante la guerra de 1982, que ya navega por el Atlántico Sur para ser emplazado en el desolado cementerio de Darwin, 22 años después de la batalla.

Negociaciones con negativas pertinaces

En 1999, la Argentina y el Reino Unido firmaron un acuerdo por el que el gobierno argentino autorizó a Lan Chile a volar semanalmente a Malvinas, con la condición de que se realizaran dos paradas (de ida y de vuelta) en Río Gallegos. Ese es, desde entonces, el único contacto aéreo entre la Argentina continental y el archipiélago.

En los últimos años, los kelpers se dedicaron a promover el turismo de aventura en el archipiélago y la demanda de pasajes, sobre todo desde los Estados Unidos, se incrementó notablemente.

Hasta la presidencia de Néstor Kirchner, aseguran en la Cancillería, el gobierno chileno recibió automáticamente permisos para enviar charters turísticos a Puerto Argentino, una instancia que no estaba contemplada en el acuerdo de 1999.

"El gobierno no autorizará más esos vuelos charter si no parten de la Argentina continental", explicó un diplomático argentino.

Las negociaciones están en su punto más álgido. Los kelpers se niegan a aceptar que los vuelos despeguen desde el continente argentino, como un acto reflejo que adquirieron desde la guerra, y por el que se oponen a todo lo que signifique estrechar vínculos con Buenos Aires.

Esa negativa pertinaz sólo traerá pérdidas a las arcas malvinenses y a las líneas aéreas interesadas en la ruta austral.

Las quejas kelpers generaron incluso la reciente visita del vicecanciller británico, quien pasó por Buenos Aires para escuchar personalmente las exigencias de la Cancillería argentina y comprobar que la postura argentina era casi tan intransigente como la de los malvinenses.

El gobierno británico también sufrirá perjuicios por la nueva posición argentina. Y es que --cuentan en la Cancillería--, a pesar de que existe un acuerdo tácito entre los países del Mercosur para no dejar aterrizar aviones militares británicos que se dirijan a las Malvinas, el gobierno chileno pidió al menos una decena de veces permiso a la Argentina para abastecer a aviones ingleses.

"En junio de 2003, cuando nos llegó el primer pedido desde Santiago, dijimos simplemente no", revela un alto funcionario del Palacio San Martín. Y el gobierno de Ricardo Lagos entendió el mensaje de inmediato.

Cuando se resuelva, para bien o para mal, el caso de los charters, la Cancillería planea avanzar con los cuestionamientos sobre pesca.

Desde 1991 --cuando la estrategia era de seducción-- los kelpers venden más de doscientas licencias pesqueras, unilateralmente, para explotar los recursos de las aguas en disputa.

La nueva actividad los convirtió en millonarios. El Producto Bruto Nacional alcanzó los 75 millones de dólares, repartidos en una población de apenas 2100 habitantes.

El gobierno planea plantear un reclamo diplomático frente a lo que considera la explotación de un recurso argentino.

"Además, desde la Secretaría de Pesca ya se comenzó a alentar a los pesqueros que compran licencias a la Argentina a que vayan a pescar a la milla 201, que es por donde bajan los calamares antes de ingresar a la zona de exclusión que trazó el gobierno británico de manera unilateral en la milla 200 alrededor del archipiélago", adelantó a LA NACION una alta fuente del Palacio San Martín, entusiasmada de antemano.

La embestida incluiría un movimiento de presión legislativa, nada menos que de la mano del senador justicialista Eduardo Menem, que históricamente se opuso a la estrategia de seducción de Guido Di Tella.

"Hay un proyecto que he suscripto para que se sancione a las empresas pesqueras que pesquen en las aguas de Malvinas sin autorización argentina", reveló Menem. Y añadió que "hay que endurecer la postura y, si nosotros tenemos que dar más licencias de pesca, tenemos que hacerlo siempre y cuando no se produzca la depredación del recurso".

La idea es sentar a los funcionarios británicos para revisar los beneficios que los isleños obtuvieron en la década menemista y consensuar un nuevo esquema que tenga en cuenta los intereses argentinos. "Esto recién empieza: hay que barajar y dar de nuevo", dicen los diplomáticos del Palacio San Martín y se frotan las manos.

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