¿La extinción del heavy metal?

Franco Varise
Franco Varise LA NACION
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31 de enero de 2016  

Heavy metal, ¿música en extinción? Suena chocante plantearlo así, pero la falta de renovación y de grandes bandas comenzó a interpretarse como un signo de decadencia irreversible de esta música fuerte y dura. La mayoría de sus referentes tienen 60 años -y algunos ya tocan los 70- como los miembros de Judas Priest y Black Sabbath. Además leyendas inoxidables como Ronnie James Dio, Aj Pero (Twisted Sister), Jeff Hanneman (Slayer), Lemmy Kilmister y Phil "Animal" Taylor (Mötorhead) murieron en los últimos tiempos. De hecho, Jimmy Bain, bajista de Rainbow y Dio falleció el martes pasado, a los 68 años, de un infarto.

El panorama es desértico. Los chicos que abrazan el heavy suelen escuchar sólo a los viejos grupos y, cuando entran en una sala para hacer música, emulan el mismo sonido sin agregarle notas de época. No pasa nada refrescante como en algún momento fue Guns N' Roses, Metallica o Pantera, que explotaron en los noventa como reposición de los ochenta, la edad de oro. Ghost, Korn y Mastodon merecen un párrafo aparte, porque, según me dice un especialista en el tema, no serían bandas metaleras en un sentido clásico.

En la Argentina, un país con una extensa cultura de heavy metal o rock duro, tampoco el panorama resulta alentador. Salvo por Ricardo Iorio con Almafuerte y Horcas, las bandas del género parecen estancadas. El sustrato social donde creció el heavy se caracterizó por una conciencia obrera y suburbana. Hoy ese sector joven parece atraído por otros ritmos más bailables. Igual, siempre emergen nombres (Metralla, Serpentor), pero lo cierto es que el público siempre añora a Hermética, V8 (creadores del trash), Riff, Pappo y algún que otro nombre más que ya no existe. Los heavys podrían definirse como los últimos incondicionales con una actitud 24x7 para toda la vida. No son part time como las nuevas tribus urbanas al estilo cosplay. Pero seamos honestos, a la larga hasta los metaleros terminan aburriéndose, aunque les cuesta asumirlo más que a otros.

La decadencia del heavy metal parece un tema menor dentro del vasto universo de prolegómenos mundiales, como el cambio climático o el conflicto de Medio Oriente. Pero el periódico neoyorquino Observer publicó un artículo titulado: The Slow Death of Heavy Metal (La lenta muerte del heavy metal). El autor de la nota, Bryan Reesman, plantea que si bien la venta de entradas a los conciertos todavía son altas (en la Argentina también) los grandes festivales están desapareciendo. "El OzzFest es cosa del pasado, y el último clavo en el ataúd de la Mayhem Fest probablemente lo terminaron de poner el verano pasado", dice Reesman. Sostiene también que el comercio de la música en general disminuyó, y que en la última década, los charts, la radio y los premios estuvieron dominados por un pop anémico para un público hipster. El heavy o el rock pesado no apareció ni por asomo.

"Por si fuera poco, Brent Hinds, guitarrista de Mastodon, dijo a la revista Guitar Player a principios del año pasado que odia tocar heavy metal, mientras que el bajista de Kiss, Gene Simmons, proclamó que el rock había muerto hace dos años", dice Reesman. Entonces, esgrime estas preguntas: ¿veremos bandas pesadas del nivel de superestrellas como Metallica y Iron Maiden otra vez? ¿Ese sonido clásico quedó convertido en una reliquia nostálgica relegada para viejos? ¿O va a mutar en algo más?

La relación del heavy como música marginal tiene su correlato social. Los híbridos que aparecieron en los últimos años de rock pesado con el epítome "stoner rock" abrevan en ciertos clichés del heavy (campera de cuero, tatuajes, barba, pantalones chupines, actitud ruda), pero le falta tal vez lo más importante: identidad y tradición territorial. Ni para bien ni para mal, el sonido stoner parece heavy metal, pero no lo és. Le falta esa pátina de marginalidad noctámbula y callejera del metal clásico, y termina quedándose sólo con el alto volumen, las buenas interpretaciones de solos de guitarra y los bajos distorsionados. "Es el heavy de los chetos", me regaña Pol, un metalero poscuarenta ligeramente resentido. "En el oeste del conurbano todavía hay algo del metal argentino verdadero", agrega Pol, a quien acabo de nombrar como mi asesor personal en la materia.

No todas son malas noticias para los metaleros. Hace unos meses un estudio de la Universidad Humboldt State encontró que los metaleros de los 80 "fueron significativamente más felices en su juventud, y hoy están más acomodados" que el resto de su generación. Alguien podría sostener maliciosamente que esos estudios son una gran farsa. Pero quién quiere negarles a los heavies un poco de esa felicidad en estos tiempos que corren.

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