
La fiesta patria que no fue
Por Fernando Sánchez Zinny De la Redacción de LA NACION
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"Vive ahí, por el Once...", o "en el barrio del Once", o "cerca de plaza Once", parecen expresiones que no necesitan explicación para un porteño y hasta ocurre, cada tanto, que uno de éstos, añoso y dado al pálido encanto de la prosopopeya, añada a la plaza un sentencioso "de Septiembre". Aunque, en rigor, no existe barrio con ese nombre y la plaza se llama "Miserere", latinajo bastante absurdo, registrado por quién sabe qué oscuro cronista municipal.
Sin embargo, la otra designación asimismo figura, referida a la terminal ferroviaria allí situada y también a una calle de Belgrano. Es curioso al respecto que una publicación del Instituto Histórico de la Ciudad de Buenos Aires, "sobre el origen y razón" de los nombres urbanos, indique que en el segundo caso, el apelativo data de 1855, para aclarar a renglón seguido que "el 11 de septiembre de 1888, día del fallecimiento de Domingo Faustino Sarmiento fue elegido también para conmemorar el Día del Maestro", impensada incrustación paranormal en los dominios del cerrado racionalismo decimonónico.
Diversas cosas sucedieron en otros tantos 11 de septiembre; sin ir más lejos, en 1852 se produjo un acontecimiento al que Buenos Aires consideró como liberación y cuyo festejo alcanzó, por cierto tiempo, relieves comparables a los del 25 de Mayo y del 9 de Julio. Durante una veintena de años fue la fiesta patria local y debemos a Edgardo J. Rocca la noticia de que en 1854 fue inaugurado un monumento para honrarla, precisamente en esa plaza a la sazón paradero de carretas y de la que habría desaparecido en 1881: tras una reja, un pedestal robusto y cuadrado sostenía una figura femenina. Unos pocos dibujos y fotos es cuanto queda del segundo monumento que tuvo la ciudad, posterior a la Pirámide de Mayo pero anterior a los de Belgrano y San Martín.
Ese 11 de septiembre de hace siglo y medio, Buenos Aires se alzó contra Urquiza y dio comienzo a siete años de autonomía aproximadamente absoluta bajo el impreciso nombre de "Estado". Fue ése el gran año en que cayó Rosas, en que el pobrerío saqueador originó un temor hasta hoy irrepetido, hubo una terrible efusión de sangre para conjurarlo y los soldados extranjeros desfilaron victoriosos y aclamados. El entrerriano, vacilante entre imponer o no el uso del cintillo punzó, era el libertador pero también el verdugo de Martiniano Chilavert y de Santa Coloma, el atroz asesino de Vences y de Pago Largo, la fiera ensañada con los restos de Berón de Astrada, el caudillo cerril que pasaba revista emponchado y con sombrero de copa.
Al margen de la alta política y de la comprensión de algunos hombres avizores y patriotas, Urquiza se llevó pésimamente con Buenos Aires y los porteños lo odiaron quizá como a ningún otro personaje. Fue una desgracia: Rosas había suavizado en época reciente desmanes y salvajadas y sus atropellos tendían ya a olvidarse; en tanto que los de la nueva versión autoritaria eran enrostrados implacablemente. A la vez, la emigración retornada de Montevideo, con Valentín Alsina a la cabeza, según la clásica sentencia "nada había aprendido y nada había olvidado": por mucha buena voluntad que pusiera era inevitable que considerase al vencedor de Caseros un primitivo irredimible.
Había que organizar la nación a partir del hecho notorio de que el poder se hallaba en manos de Urquiza. En San Nicolás de los Arroyos hizo que los gobernadores lo nombraran "director provisorio" y jefe militar de la Confederación; impuso a las provincias la obligación de concurrir a los gastos nacionales en forma proporcional a sus ingresos y convocó a un Congreso constituyente en que cada una de ellas tendría representación similar.
Mucho se le había disculpado hasta entonces, sea por voluntad de mansedumbre o por cálculo, pero esos dos últimos puntos del acuerdo fueron la gota que rebasó el vaso. El 21 y el 22 de junio transcurrieron las dos grandes jornadas del parlamentarismo argentino, que nunca antes y nunca después alcanzaría la tensión y la trascendencia institucional que llenaron de sentido las sesiones realizadas esos días en el recinto de la hoy Manzana de las Luces. Irineo Portela, Miguel Estévez Saguí, Pedro Ortiz Vélez, Marcelo Gamboa, constituían el coro de un Mitre exaltado que clamaba porque se iba a entregar al tirano "la plata y las bayonetas". Dalmacio Vélez Sarsfield, en tanto, descalificaba a los gobernadores, agentes simultáneos del despotismo antiguo y del que pretendía establecerse; el gran cordobés puso en cuestión la legitimidad de los "pactos preexistentes" y la propia entidad de las provincias.
Escándalos, tumultos, una barra incontrolable y enfurecida, y agresiones callejeras eran asuntos a cargo del joven Adolfo Alsina, gallardo émulo de su intransigente padre y futuro caudillo popular. Vicente Fidel López y Juan María Gutiérrez se hallaban entre los porteños traidores, rebajados a la innoble condición de ministros: el primero de ellos pasó las de Caín la noche del 22, zamarreado al punto de temer la muerte.
Triunfo con altibajos
El acuerdo fue rechazado y al día siguiente Urquiza se convirtió en dictador. La Sala de Representantes fue disuelta y los principales opositores expatriados a la Banda Oriental. La suerte estaba echada y ya no había avenencia posible. Desesperado, el libertador buscó el apoyo de los antiguos rosistas: Anchorena, Pacheco, Arana, Guido, Lorenzo Torres, Baldomero García; muy pronto se dio cuenta de que eran todos porteños y que carecía de amigos en la ciudad-puerto, dueña del único banco, de la Aduana y de la Casa de Moneda. El 8 de septiembre, Urquiza dejó Buenos Aires y en la madrugada del 11 las campanas a rebato anunciaron el nuevo amanecer de la insurgencia. En unas horas, sin que sonase ni un tiro, los federales desaparecieron de escena. Buenos Aires volvió a ser dueña de sí y de sus armas y, con alteraciones diversas, así permanecería por 27 años, hasta "su muerte", cuando entraron en la sombra los rifleros de Tejedor. Pero sería un triunfo con altibajos: el 1° de diciembre la campaña se sublevó convocada por Hilario Lagos, y desde Balvanera hasta Chivilcoy y desde Barracas hasta Dolores, todos fueron gritos a favor de la Federación. El reducto porteño quedó encerrado entre trincheras que iban del Retiro a plaza Lorea y de ahí a la Concepción. El gauchaje recorría impunemente los arrabales y a veces entraba a saco en casas apartadas.
El sitio duró hasta julio del año siguiente y al igual que el de Montevideo en la década anterior -"Nueva Troya", le dijeron y no en broma-, resultó por demás extraño, como que los señorones de la ciudad iban a sus estancias y volvían libremente y los jefes rebeldes vendían alimentos a los sitiados. Pero algunas afecciones de entonces estaban destinadas a ser simbólicamente duraderas.
Etapa de transición entre la prehistoria heroica concluida en Caseros y los tiempos modernos que inauguraría Roca, sobrevive en la arquetípica desconfianza porteña al Senado y el desprecio al feudalismo provinciano; la cabezuda certeza de que aquí está la inteligencia, la honestidad y también la riqueza y que el resto es farsa, y también la peculiaridad política urbana frente a la campaña, que reitera entre nosotros el consabido fenómeno oriental por el que Montevideo es para los colorados y a las afueras y al campo para los blancos. El pensamiento y la construcción política se movían entretanto hacia Santa Fe y a Paraná, pero el puerto poseía dinero y consiguió comprar a los soldados y a los marinos que lo hostigaban. Sin embargo, el saber que "el pueblo" -por muy ardoroso que fuese- se limitaba a los habitantes de quince cuadras en semicírculo desde la Plaza de la Victoria mantuvo bajos los ánimos. Y en efecto, durante los años de la secesión, cien planes se hicieron para volverla definitiva pero ni uno solo de ellos fue expuesto de manera abierta, aunque con seguridad algunos eran consistentes, acaso porque todo estaba bien menos los augurios. Hijo de una unión aborrecida y novio de una autonomía inviable, el 11 de septiembre terminó siendo la fiesta patria que no fue.





