La gran asignatura pendiente de la democracia argentina
En El desarrollo político (Sudamericana), Mariano Grondona recorre la evolución de las instituciones y la economía del país desdesus inicios y postula que sólo la madurez democrática puede dar paso a un desarrollo económico pleno. Aquí, un fragmento
1 minuto de lectura'
Corría 2002, un año traumático para los argentinos. En octubre, Nelly Arrieta de Blaquier me había invitado a disertar ante los participantes del XI Congreso de la Federación Mundial de Amigos de los Museos (FADAM), nada menos que desde el escenario del Teatro Colón [...]. En el momento de empezar, dos circunstancias me atenaceaban. Una, la majestad de un recinto al que sólo los artistas tienen acceso. La otra, el alto nivel de un público integrado en su mayoría por expertos internacionales. Franceses, ingleses, norteamericanos, latinoamericanos, australianos, aguardaban mis palabras. ¿Qué les diría desde una Argentina que parecía a punto de sucumbir bajo el enorme peso de una crisis institucional, política y económica?
Entonces recordé que cuando Jorge Luis Borges estaba a punto de iniciar una conferencia, alguien le preguntó de qué hablaría, recibiendo del padre de nuestras letras esta respuesta: "Siento una gran curiosidad por saber lo que voy a decir". Huérfano de la sabiduría y la ironía borgeanas, en el Teatro Colón sentí una curiosidad no exenta de ansiedad por saber qué les diría a mis calificados oyentes, quienes tal vez esperaban que les ofreciera una clave para comprender el enigma de la convulsa Argentina que ellos percibían hasta en las calles de Buenos Aires y que los argentinos padecíamos en el fondo de nuestras conciencias.
Apremiado como estaba en ese difícil momento, surgió una idea, concebida en principio para salir del paso, que fue afianzándose lentamente. Hoy ha madurado lo suficiente y me atrevo a ofrecerla en el epílogo de este libro, a modo de posible respuesta al enigma de un país como el nuestro: tras lanzarse a la conquista del desarrollo político y económico con impulso sin igual durante los ochenta años transcurridos desde la Constitución de 1853 hasta el golpe militar de 1930, entra en una fatídica declinación que aún persiste.
La historia contemporánea argentina se divide en dos períodos simétricos de ochenta años cada uno, el primero de impetuoso desarrollo y el segundo de desconcertante desdesarrollo , al que le pongo este nombre y no el de "subdesarrollo" porque a la inversa del resto de los países latinoamericanos, que nunca conocieron las primicias del desarrollo (aunque algunos de ellos como Brasil, Chile, Uruguay, México y Colombia ya lo tienen a la vista, según lo acabamos de ver en el capítulo XXXIII), la Argentina las acarició en sus "primeros" ochenta años.
Nuestro país no proviene por lo tanto del subdesarrollo sino del desarrollo, y por eso su problema no es "conquistar" el desarrollo como una meta todavía intacta sino "recuperar" el desarrollo que tuvo y que perdió. Otras naciones crucero como Corea del Sur y Taiwán, que reciben este nombre porque han "cruzado" del subdesarrollo al desarrollo, una vez que emprendieron su empinada senda nunca la abandonaron. De las naciones que aspiran al desarrollo, la Argentina es la única que no viene del subdesarrollo ni, una vez lanzada por la vía del desarrollo, la continuó. Partió a la cabeza de las naciones que buscaban el desarrollo en la segunda mitad del siglo XIX, pero fue perdiendo posiciones desde la mitad del siglo XX en adelante. Este comportamiento singular, este ir hacia una meta por ochenta años para retroceder desde ella por otros ochenta, constituye el enigma argentino .
Volviendo ahora a la idea esbozada en el Teatro Colón, ella parte de la premisa de que, al juzgar el comportamiento de una persona o de una sociedad, lo primero que hay que preguntarse es su edad. Si un niño tiene apenas seis meses de vida, ¿lo criticaríamos acaso por gatear? Nos alarmaríamos, en cambio, si tuviera seis años.
Lo cual nos lleva a una pregunta esencial: ¿qué edad tenía la sociedad argentina en 1930, cuando se desbarrancó, y qué edad tiene hoy, cuando aún no consigue reencontrar la senda perdida? Para responder a esta pregunta habría que disipar previamente un malentendido: que la Argentina acaba de cumplir efectivamente esos doscientos años que celebró con pompa en 2010. Nuestra Revolución de Mayo ocurrió en 1810. Pero la Argentina como "sociedad", ¿nació acaso ese año?
Vuelvo a la frase luminosa de mi amigo Carlos Fuentes: "Nosotros los mexicanos venimos de los aztecas; ustedes los argentinos vienen de los barcos". La aclaración de Fuentes venía a desdoblar la historia argentina en dos etapas. Una, la etapa política, nació en 1810. Pero la otra, la etapa social, tuvo su origen mucho más tarde: recién con la gran inmigración .
Los Estados Unidos y la Argentina son dos naciones de origen migratorio. En tanto que la inmigración norteamericana se ha venido desenvolviendo incesantemente durante cerca de dos siglos, desde 1820 hasta hoy, y ha sido impulsada por viajeros del más diverso origen, europeos primero y asiáticos y latinoamericanos después, la inmigración argentina se concentró en un número mucho menor de años, aproximadamente desde 1880 hasta 1914, con sólo algunos brotes, también europeos pero relativamente breves, después de la Segunda Guerra Mundial, y otros aportes, ya latinoamericanos, hasta hoy. Lo cual indica que la población originaria argentina, indígena, española y criolla, apenas si llegó a poblar un territorio que continuaba desierto hasta que la gran inmigración europea de 1880-1914 formó en los hechos el grueso del pueblo argentino, y esto a punto tal que en el 14, como lo comprueban los clásicos estudios de Gino Germani, cuatro de cada cinco varones que vivían en la ciudad de Buenos Aires habían nacido en Europa.
Si el Estado argentino es relativamente viejo -doscientos años-, la sociedad argentina es relativamente nueva -menos de cien años-. Si la imagináramos no ya como un ente "colectivo" sino como una "persona", ¿cuántos años le daríamos? No por cierto cincuenta años, la edad de la madurez, sino a lo mejor catorce años, la edad de la adolescencia.
No bien se arriesga esta hipótesis, algunas características de la sociedad argentina empiezan a aclararse. Llamamos a los jóvenes de catorce a diez y nueve años "adolescentes", teenagers , porque todavía no han ingresado en la edad adulta, porque todavía "adolecen" de la madurez que les llegará más tarde. Los adolescentes viajan fácilmente de una ilusión a la contraria, un día quieren ser médicos y el otro bomberos, "cuando sean grandes"; se entusiasman pero también se desencantan rápidamente. "Amores de estudiante -dice el tango- flores de un día son". El adolescente altera de continuo sus preferencias porque vive tanteando lo que algún día será. Este, sin embargo, no es un defecto, sino un rasgo natural de esa edad cuando todo es provisorio y tentativo, a la espera de la definición. Por eso el estado de ánimo del adolescente es la ansiedad, hasta que un día las grandes decisiones de su vida -el amor, la vocación, el carácter- se le instalan en forma permanente para trazar la huella de su biografía.
Esta somera descripción de la adolescencia en el plano individual también ayuda a comprender el carácter colectivo de los argentinos. Si la pensáramos como la de un individuo, la historia de la sociedad argentina podría ser comparada entonces con la biografía de un adolescente que se presentó ante al mundo, además, con los rasgos iniciales de un niño prodigio. Todo, desde la inmensa geografía hasta el impetuoso talento, parecía anticipar un éxito inminente. Por un tiempo, al igual que a un niño prodigio, a los argentinos los fascinaron incitantes promesas.
Hacia 1929, después de visitar a ese pueblo al que aún admiraba el mundo, José Ortega y Gasset escribió que "el pueblo argentino no se contenta con ser una nación entre otras; quiere un destino peraltado, exige de sí mismo un futuro soberbio, no le sabría una historia sin triunfo y está resuelto a mandar. Lo logrará o no, pero es sobremanera interesante asistir al disparo sobre el tiempo histórico de un pueblo con vocación imperial" ( La Pampa promesas y El hombre a la defensiva , tomo II de las Obras Completas ).
El año 1929 fue, en rigor, la culminación de la "Argentina prodigio". [...] De 1930 en adelante, nos afectó el golpismo. Pero no habría que reducir el golpismo a los movimientos militares que interrumpieron con tanta frecuencia nuestros procesos institucionales. El golpismo argentino ha sido más que una sucesión de marchas militares, porque respondió a la ilusión de todo un pueblo de recuperar "de golpe", de la noche a la mañana, el ritmo vertiginoso perdido. De 1930 hasta hoy, en efecto, no sólo hubo entre nosotros golpes militares, sino también "golpes electorales" que, si bien de una manera civilizada, reprodujeron la creencia de que en una milagrosa jornada, ya no por el imperio de las armas sino de las urnas, la Argentina declinante podría resurgir de golpe, mágicamente. En 1946 Perón, en 1958 Frondizi, en 1983 Alfonsín, en 1989 Menem, en 2003 Kirchner, todos ellos encarnaron, cada cual con su estilo, la esperanza de que nos sería posible alcanzar una redención política instantánea, tan vertiginosa como el café soluble. Pero ninguno de los movimientos civiles o militares que llegaron al poder desde 1930 hasta hoy recurrió a la fórmula que precedió a la Constitución de 1853: la celebración de un pacto entre todos los sectores como lo hizo el Acuerdo de San Nicolás, que pudo reunir en un solo haz, en un solo proyecto, a federales y a unitarios, al interior y a Buenos Aires.
[...] Pertenezco a una generación que, de una u otra manera, creyó en la curación instantánea del mal argentino. Ya instalados en 2011, cuando las ilusiones golpistas se han disipado, la nueva generación que sucederá a la mía está a punto de tomar el timón de nuestra historia. Partirá pertrechada con una inestimable lección: que, puestos ante la inmensa tarea de recuperar la senda del desarrollo perdido hace ochenta años, nada nos resultará fácil, nada nos será regalado. Ese adolescente que soñaba con la solución instantánea de sus problemas, ahora inicia un largo viaje hacia la madurez porque, al igual que los argentinos de 1852, empieza a ejercitar la crucial virtud de la paciencia .
Es que ese joven de catorce años que hemos sido, recién ahora se encuentra ante las puertas del desarrollo, porque acaba de cumplir veinte años. La ansiedad de mi generación provenía de la conciencia aguda y dolorosa de tener un talento sobresaliente, un destino peraltado. Pero ella está aprendiendo, al final de su ciclo, que ese destino al que había imaginado fulgurante, llegará sólo después de una larga gestación que, tal vez, ya ha comenzado. A la inversa de las autocracias, que prometen atajos, las democracias son lentas. Pero en la ansiosa conquista o reconquista del desarrollo no hay atajos. La democracia consiste, al contrario, en el gradual aprendizaje de los dirigentes y los ciudadanos; un aprendizaje que ningún iluminado podría apurar.
TEXTUALES
- "Por largo tiempo se pensó que el desarrollo económico de las naciones todavía subdesarrolladas debería preceder a su desarrollo político [...]. Esta presunción provenía del ejemplo de algunas naciones subdesarrolladas que, desde los años setenta, impusieron la disciplina que requiere el desarrollo económico inicial, sin requerir el consenso de sus ciudadanos..."
- "Al fracaso latinoamericano del desarrollismo en los años cincuenta y sesenta le sucedió el éxito que está obteniendo en nuestra región, a partir de los años ochenta, una fórmula inversa a los modelos coreano y taiwanés. Según esta nueva fórmula, primero no viene el desarrollo económico sino el desarrollo político"




