
La guerra contra el terrorismo plantea dudas inquietantes
Por Patrick E. Tyler The New York Times
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WASHINGTON.- Las ocho semanas de campaña contra Afganistán han dado al mundo la visión cabal de una nueva doctrina norteamericana: combatir el terrorismo mundial en sus fuentes. Pero ahora, ante la derrota quizás inminente de los talibanes y la búsqueda, cada vez más intensa, de Osama ben Laden, la fuerza con que los Estados Unidos destruyeron los objetivos afganos ha enviado una advertencia nada ambigua, mucho más allá del teatro de la guerra, a las naciones que siguen proveyendo de bases y adiestramiento a grupos terroristas. La advertencia es: esto podría sucederles a ustedes.
Sin embargo, aún persiste un interrogante que inquieta a ciertos sectores: cómo encauzará Bush la campaña de su primera fase, en Afganistán, a la segunda, contra Al-Qaeda y otros grupos terroristas de alcance global dispersos en varias decenas de países.
Entre los aliados de Europa y Medio Oriente, incluida Rusia, hay profundas reservas respecto de la estrategia postulada por algunos funcionarios de Washington, deseosos de expandir las operaciones militares a otros países, en especial, trasladando la próxima fase de la guerra a Irak para derrocar, de una vez por todas, a Saddam Hussein.
Si bien Bush aún tiene que hablarles a los norteamericanos de esa segunda fase, sus riesgos y sus cargas (todo esto continúa debatiéndose acaloradamente en Washington), el efecto pulverizador de la primera fase afgana envía un mensaje claro: el gobierno de Bush ha desechado las viejas doctrinas militares, aplicadas con tanto rigor durante la presidencia de su padre.
En aquel tiempo, el entonces presidente de la Junta de Jefes de Estado Mayor y actual secretario de Estado, Colin L. Powell, impuso la doctrina que lleva su nombre: para derrotar al enemigo iraquí atrincherado en Kuwait había que concentrar una "fuerza abrumadora". La doctrina Powell insistía en exigir claridad en los objetivos y en la estrategia de salida. Hubiera sido posible aplicar esa estrategia en Afganistán, concentrando fuerzas masivas dentro de una coalición para quebrantar a las fuerzas convencionales y atrincheradas de los talibanes.
Sin embargo, el gobierno de Bush Jr. modificó esa ecuación en favor de tácticas innovadoras que explotaron rápidamente las debilidades del enemigo, sometiéndolo a un implacable bombardeo aéreo basado en la doctrina del uso desenfrenado de la fuerza, por encima de las fronteras o los aliados.
"No terminará..."
Si bien queda abierto el interrogante acerca de adónde llevará ahora esta doctrina, Bush ha hablado de su misión en términos globales.
En su discurso del 20 de septiembre, ante el Congreso, expresó: "De hoy en más, toda nación que siga amparando o sosteniendo al terrorismo será vista por los Estados Unidos como un régimen hostil". Añadió que la guerra antiterrorista había comenzado contra Al-Qaeda, pero no terminaba allí: "No terminará hasta que todo grupo terrorista de alcance mundial haya sido localizado, frenado y vencido".
Según Eliot A. Cohen, profesor de estudios estratégicos de la Universidad Johns Hopkins, una gran tarea de liderazgo en tiempos de guerra es "no sólo transmitir resolución, decisión y voluntad, sino también explicar qué se está haciendo y por qué". "Creo que hasta ahora no hemos visto precisamente eso -comenta-. Hemos visto una firmeza tremenda, pero no el lado más intelectual del liderazgo bélico: justificar lo que estamos haciendo y establecer las razones de nuestro paso siguiente".
Los militares norteamericanos han demostrado a Irak, Irán, Yemen, Somalia, Siria, Libia, Sudán y la Autoridad Palestina de Arafat los efectos demoledores de las bombas de 500 libras, arrojadas sobre concentraciones de tropas. Lo mismo hicieron en 1991, en la Guerra del Golfo. Una vez que entraron a operar los observadores de tiro de las fuerzas especiales, los jefes norteamericanos mostraron cómo un gran arsenal de armas de precisión teleguiadas podía dejar a las fuerzas talibanas a merced de los bombarderos aeronavales con bases en portaaviones.
El subsecretario de Defensa, Paul D. Wolfowitz, es partidario de llevar la campaña antiterrorista a Irak. Días atrás declaró en una entrevista: "Creo que cualquier gobierno que apoye o ampare a terroristas debería estar muy preocupado en estos momentos".
Varios funcionarios del gobierno ya intentan aprovechar la ventaja psicológica redituada por la aparente victoria en Afganistán.
Recientemente, en una entrevista para CNN, la asesora presidencial en seguridad nacional, Condoleezza Rice, señaló que el líder iraquí no debería permanecer indiferente a los sucesos de Afganistán, aunque sólo fuera porque los Estados Unidos han demostrado, una vez más, un grado de firmeza tal vez subestimado en la región. "Desde hace unos años venimos diciendo que Irak es una amenaza para sus vecinos, su pueblo, la región y los intereses norteamericanos -dijo-. No necesitamos del 11 de septiembre para saber que él amenaza nuestros intereses. Con el tiempo, nos ocuparemos de esa situación."
Aun cuando los objetivos sean más modestos que el derrocamiento de Hussein, el líder iraquí tendrá que considerar en qué medida ha cambiado Estados Unidos como consecuencia de los acontecimientos del 11 de septiembre, especialmente en cuanto a su voluntad de apoyar a un presidente que aún debe trazar un rumbo preciso para su campaña.
Con todo, en sólo dos meses de guerra, llama la atención cuán cerca está el gobierno de Bush de alcanzar su objetivo de destruir el refugio de Al-Qaeda, cuán irrestricto se ha vuelto, de pronto, el poder ejecutivo del presidente sin que medie ninguna declaración oficial de guerra y cuán sombrío sigue siendo el camino hacia adelante en este conflicto.




