
La hora más negra de los cascos azules
En un extenso y pormenorizado informe, la propia ONU pone en tela de juicio la capacidad de sus tropas para lograr la paz
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La intención de mantener la paz en un mundo forjado en la eterna fragua de la guerra es utopía si quiere alcanzarse sostenido en la buena voluntad. Imponer la paz es otra cosa. Realizable. Al menos en el razonamiento que empieza a tomar fuerza en el secretario general de las Naciones Unidas, Kofi Annan. La credibilidad misma del organismo tambalea al tiempo que su cuerpo militar, los cascos azules, se derrumba en cada misión.
Tropas propias cautivas por rebeldes en Sierra Leona, genocidio en Ruanda frente a sus silenciosos fusiles, demasiadas dificultades para desarmar contendientes en lucha... La ONU sabe de sus fracasos. Y las complicaciones aumentarán frente a escenarios cada día más complejos, transnacionales, con actores duchos en la sin reglas de la ilegalidad, con el contrabando y el narcotráfico como asistentes económicos de conflictos que necesitan seguir vivos para ser redituables.
Y en el medio, la ONU y sus tropas prestadas con recelo hasta por el país más generoso en el cuidado de la paz. Situación sin salida si se avanza por el mismo terreno que hasta ahora. Annan pidió ayuda para pensar alternativas. Las tiene desde hace un mes. El llamado Informe Brahimi Team es terminante: la paz se impone y para eso hay que usar las armas.
En marzo de este año, el secretario general de la ONU convocó a un grupo de expertos en varios campos de las misiones de paz para reformular propuestas. El resultado fue un extenso documento producido por un equipo de trabajo encabezado por Lakhar Brahimi, ex ministro de relaciones exteriores de Argelia. El informe avanza por las deficiencias estructurales de la organización mundial, se mete por las grietas de un presupuesto general que apenas gotea hacia los cascos azules, piquetea las paredes políticas que obstaculizan las misiones, se mete en la cocina sucia por mandatos del Consejo de Seguridad imposibles de cumplir con los elementos puestos a disposición y se anima sin temor a bajar al sótano inundado por las guerras, al lugar donde está el real problema al solicitar capacidad concreta de fuego en las operaciones militares. "No se debe obligar a los contingentes de la ONU a ceder la iniciativa a sus atacantes", se leerá en ese documento que necesita aquí un armado del escenario mundial antes de presentarlo en detalle.
Parecía que las Naciones Unidas era la herramienta apropiada para hacerse cargo de los conflictos del nuevo orden emergente con el fin de la Guerra Fría. Pero estalló un sinfín de nuevos conflictos, sin solución por el momento. Entre quienes participan con capacidad de mando en las misiones de paz existe el convencimiento de que la ONU no pudo responder con eficiencia al nuevo escenario planteado, que errores en la interpretación de los enfrentamientos por atender ocasionaron las decepciones. Por eso el Informe Brahimi Team analiza la forma de involucrarse la ONU en los conflictos. Es uno de los puntos más fuertes del documento entregado el 23 de agosto último.
El tema es redefinir el rol de la ONU. No es un contendiente en una guerra entre Estados ni una de las partes en pugna en una guerra civil. En consecuencia, su finalidad hoy no es forzar a un contrario al cumplimiento de la propia voluntad mediante el empleo de medios violentos de máximo nivel. Para obtener sus objetivos, la ONU realiza lo que denomina Otras Operaciones Diferentes a la Guerra, dosificando su capacidad de respuesta militar hasta anularla por completo.
Después de los fracasos en Ruanda, Somalia, Bosnia, Kosovo, Congo y Sierra Leona, el análisis de las situaciones llevaron a encontrar fallas debidas a mandatos ambiguos, falta de capacidad para obtener los medios necesarios para el cumplimiento de los mandatos, falta de unidad de criterios para el empleo de las fuerzas como elemento homogéneo ajeno a los intereses de cada país contribuyente de tropas, falta de rapidez para el despliegue, problemas en el comando de las fuerzas, ausencia de diplomacia preventiva...
Una lista extensa de desaciertos para quienes afirman luchar por la paz. ¿Lo hacen realmente? Transcribir algunos párrafos del informe ayudará a entender la situación.
"Los riesgos y los costos de las operaciones son mucho mayores que los del mantenimiento de la paz tradicional. Además, la complejidad de las tareas asignadas y la volatilidad de la situación en el terreno tienden a aumentar paralelamente. Desde el fin de la Guerra Fría estos mandatos complejos y riesgosos han sido más la regla que la excepción. Las operaciones de la ONU han tenido que proteger a las víctimas y posibles víctimas del conflicto cuando se encontraban los propios hombres en mayor peligro. Han tenido que controlar las armas pesadas en poder de las partes locales cuando éstas se utilizaban para amenazar por igual al personal de la misión y a la población local (...) "Una situación relativamente menos peligrosa -sólo dos partes decididas a lograr la paz, con objetivos en competencia pero congruentes, sin fuentes ilícitas de ingresos, con vecinos y protectores también decididos a lograr la paz- es bastante más propicia a la reconciliación. En situaciones más peligrosas -tres o más partes no todas igualmente empeñadas en lograr la paz, con distintos objetivos, fuentes independientes de ingresos y armas y vecinos dispuestos a comprar, vender o permitir el tránsito de productos ilícitos- a menos que desempeñen su cometido con la competencia y eficiencia que la situación exige y estén firmemente respaldadas por las grandes potencias, las misiones de las Naciones Unidas no sólo ponen en peligro a su propia gente, sino también a la paz misma (...)."
El problema de tener las manos atadas frente a agresiones queda en evidencia en otro punto del análisis.
"El grupo (por el Brahimi Team) coincide en que el consentimiento de las partes locales, la imparcialidad y el uso de la fuerza en legítima defensa deben seguir siendo los principios fundamentales del mantenimiento de la paz. No obstante, la experiencia demuestra que en el contexto de las operaciones modernas, relacionadas con conflictos intraestatales o transnacionales, las partes locales pueden manipular el consentimiento de diversas maneras, para ganar tiempo y reorganizar sus fuerzas (...) "Una vez desplegado, el personal de mantenimiento de la paz de las Naciones Unidas debe estar en condiciones de cumplir su mandato de forma profesional y con éxito. Eso quiere decir que las unidades militares de la ONU deben poder defenderse, proteger a otros componentes de la misión y al mandato de ésta. Las normas para entablar combate no deben limitar la acción de los contingentes a respuestas proporcionales, sino que deben prever réplicas que sirvan para silenciar una fuente de fuego mortífero dirigida contra el personal de la misión o contra la población que éstos deben defender. En situaciones particularmente peligrosas, no deben obligar a los contingentes de la ONU a ceder la iniciativa a sus atacantes (...).
"Así pues, en esas operaciones, imparcialidad debe significar cumplimiento de los principios de la Carta de la ONU y de los objetivos de un mandato basado en esos principios. Ese tipo de imparcialidad no equivale a neutralidad ni a igualdad de tratamiento de todas las partes, en todo los casos, en todo momento, lo cual puede equivaler a una política de contemporización. En ocasiones, las partes locales no están constituidas por partes moralmente equiparables, sino por un componente evidentemente agresor. El personal de la ONU puede no sólo tener una justificación operacional para utilizar la fuerza, sino también verse obligado moralmente a hacerlo (...).
"Esto significa que en los mandatos debe especificarse que la operación está facultada a usar la fuerza. Y significa, además, que las tropas deben ser más numerosas, estar mejor equipadas y ser más costosas para resultar una verdadera amenaza disuasiva, en lugar de una presencia simbólica y que no supone peligro alguno, características tradicionales del mantenimiento de la paz."
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Las recomendaciones que recibió Annan también especifican un concepto importante: "Las Naciones Unidas no se dedican a la guerra. Cuando ha hecho falta intervenir activamente, siempre se ha confiado esa acción a coaliciones de Estados dispuestos a hacerlo". Eso presenta el desafío por venir: el concepto de nación líder y los intereses regionales.
Observadores militares argentinos sostienen la idea de dejar en manos de las organizaciones regionales la imposición y consolidación de la paz. Se entiende que en estos grupos los vínculos que unen a los Estados miembros son más fuertes que los existentes entre la diversificada comunidad de la ONU. La identidad colectiva por ellos proporcionada es mucho más convincente que la idea de seguridad global. Cuando esas organizaciones no existan en una zona o no se alcance el consenso para actuar, se piensa en el concepto de nación líder, que es aquella que posee intereses gravitantes en una región y cuenta con la voluntad y recursos para encabezar este tipo de operaciones. Para funcionar se requiere apenas un paraguas de legitimidad, que puede brindar la ONU, y la participación simbólica de otros países.
Para algunos, éste será el concepto de seguridad en los próximos años ante las decepciones de los cascos azules. Sin embargo, Annan busca alternativas para no resignar el papel de las Naciones Unidas.
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Tantos cuestionamientos y dificultades para conformar a los cascos azules resultan inéditos si el repaso se detiene exclusivamente en números. Porque son 87 los Estados comprometidos -por acuerdos- con las misiones de paz. La base de datos registra unos 85.000 efectivos militares de combate, 56.700 como elementos de apoyo, 1600 observadores militares, 2150 policías y 2450 especialistas civiles en diferentes campos. Como ya quedó en evidencia, pocas veces están disponibles.
Resolver esta cuestión es clave para la futura confiabilidad de la ONU. El protagonismo que intentó tomar cuando se deshizo el mundo bipolar expuso las fallas del organismo. Sostener un alto el fuego entre dos países en guerra era tarea relativamente fácil. Moverse entre problemas étnicos, religiosos o separatistas, tener que decidirse entre la soberanía territorial y la libre determinación de pueblos, en definitiva, enfrentar el nuevo escenario mundial no resultó tan accesible como parecía a comienzos de los noventa. Los equipos de consolidación de la paz necesitan de un espacio de tregua que tropas sin real capacidad disuasiva no pueden darle. Pero si las Naciones Unidas aceptan el papel de imponer la paz, habrá empezado otra era.





