
La huella de un padre
Julieta Sopeña Para LA NACION
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Llevo un apellido que hoy sigue resonando en los pasillos del diario de Mitre, y probablemente en la mente de muchos de sus lectores. Me gustaría evocar a Germán Sopeña en su rol de guía, consejero y amigo. O mejor dicho, en el papel que, considero, mejor jugó en sus 55 años de vida: el de padre excepcional.
En el año 2000, a mis 17 años, atravesaba yo ese proceso minado de dudas en el que un adolescente elige una carrera universitaria. Y ahí estaba siempre papá, una figura alentadora, con la palabra justa y una palmada en la espalda. Durante una charla le comuniqué que finalmente había decidido estudiar Comunicación Social (complejo de Edipo, o lo que fuera). Recuerdo literalmente dos frases que pronunció con soltura y paciencia: "Vos podés elegir la carrera que quieras sin ningún tipo de condicionamiento. Yo no te dejaré una gran riqueza en el banco, pero lo que sí te voy a dejar es la mejor educación". Y agregó: "El comunicador no lo es de profesión, sino de oficio. Claro que es importante que aprendas a comunicar, pero más decisivo aún es que sepas qué comunicar. Algo así como fondo y forma. El fondo tiene que ser siempre algo interesante y, sobre todo, verdadero".
Esta anécdota, una situación cotidiana de cualquier casa tipo, dispara una serie de observaciones notables sobre su persona.
En primer lugar, habla de su deseo de dejar un trazo de calidad. Hace diez años, el accidente aéreo en que perdió la vida parecía llevarse consigo sueños de libertad y patriotismo. Pero un verdadero legado nacía, y con él, la permanencia del capital simbólico que papá supo transmitirnos con el ejemplo de su vida. El capital que nos dejó no es acumulable en forma de bienes materiales, como él bien vaticinó, sino en forma de ideas, de honradez, de solvencia, de integridad. Y es, por eso, profundamente más enriquecedor.
En segundo lugar, revela su adoración por la verdad. Papá, a través de su pluma o diálogo mediante, por más corto que fuera, nos hacía testigos de su compromiso tanto con la verdad como con su divulgación.
El periodismo parece a veces una profesión que se debate entre la mediocridad y la brillantez. Mediocre es el periodista que conoce la verdad pero la camufla. Brillante, aquel que la busca, incansable, y la transmite de manera imparcial. En este sentido, creo que el Germán Sopeña que todos conocieron fue un periodista brillante, inquebrantable. Pero quizá lo más importante es que ese apego a la verdad lo transformó no sólo en un gran profesional sino en un ser humano íntegro. Ese hombre sencillo, amante del arte argumentativo, se esforzaba por escuchar todas las voces, por evaluarlas y potenciarlas.
Su razonamiento desinteresado y honesto llevaba a su interlocutor a depositarle plena confianza y a responderle con la misma responsabilidad, a querer avanzar en el pensamiento para llegar a conclusiones pertinentes. De esta manera, Germán, papá querido, ha generado una verdadera espiral de opiniones, disímiles pero constructivas: un valioso aporte, prioritario diría, para el patrimonio social de un país.
Como herederas directas de su legado, mi hermana Marina y yo le hemos prometido, diez años atrás, continuar con sus ideales: hacer de la verdad el único punto de partida. Y de la mentira, un hecho inadmisible. Es algo a lo que, en realidad, deberíamos comprometernos todos. Sería nuestra mejor manera de honrarlo. Y de honrarnos.
Gracias periodista. Gracias viejo. Por tu huella. ¡Por tanto!
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