La liga libertaria anti-woke del presidente Milei
Desde el siglo XIX hasta la actualidad, la izquierda ha propiciado la sinergia política internacionalista; en ese sentido, la derecha o los partidos liberales no han logrado una articulación exitosa ni duradera
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Javier Milei sale a imitar a la izquierda y a hacer uso de una práctica que los socialistas y otras corrientes ideológicas similares han utilizado para dar fuerza a su discurso, así como para ayudarse en la llegada al poder y en el mantenimiento en el gobierno. Desde la liga parisina de 1834 hasta el Foro de San Pablo y el Grupo de Puebla del siglo XXI, los activistas de izquierda han propiciado la sinergia política internacionalista.
La derecha o los partidos de ideas liberales no han logrado una articulación exitosa ni duradera como sí lo ha hecho la izquierda, aunque algunas organizaciones sobreviven, como la Liberal International, pero la adhesión de partidos ha sido limitada y su difusión es escasa. Los partidos de izquierda diluyen diferencias y privilegian la idea de que la unidad hace la fuerza, mientras que los de otras corrientes no quieren “mezclarse” con otros que no piensen exactamente igual a ellos y aceptar una “etiqueta” que no refleje su identidad tal cual la conciben. Precisan hacer un matcheo perfecto.
El Foro de San Pablo abarcó partidos socialistas, socialdemócratas, comunistas, antidemocráticos, demócrata-cristianos y otros, que priorizaron la articulación entre actores más o menos parecidos, sin importar matices o divergencias profundas: la clave era unirse. Pero ahora se viene algo nuevo.
Expandir el ideal libertario, combatir el socialismo, enfrentar la cultura woke y cooperar con el presidente norteamericano Donald Trump en clavar banderas de derecha en varios países parece ser la meta del presidente de la Argentina para impulsar un “bloque internacional”. La historia muestra que las asociaciones de esta naturaleza han tenido resultado positivo en muchos casos, aunque no tan prolongado como pretendieron sus impulsores.
En los hechos, la historia vive una especie de corsi e ricorsi, con ondas que conspiran contra una tendencia lineal, que en realidad se convierte en cíclica, con vaivenes a uno y otro lado. El caso es que la internacionalización política dio logros en el pasado cercano, fundamentalmente para provocar una ola de gobiernos de izquierda en Sudamérica, pese a la implosión de la URSS en 1991 y al derrumbe del bloque conocido como “socialismo real”. Las raíces están en 1989.
Lula da Silva sentía que se acababa su lucha política y que Brasil no iba a tener nunca un gobierno de izquierda; había sufrido la derrota frente al liberal Fernando Collor de Mello, y simultáneamente en el mundo se desplomaba el socialismo. En aquel 1989 de su derrota electoral caía el Muro de Berlín. Lula se fue a Cuba a reponerse; sentía que todo había acabado. Fidel Castro lo invitó a conversar y a levantar el ánimo: le dijo que había que repensar planes y que eso no se podía hacer en soledad, sino con todos los partidos de izquierda de América Latina. Lo empujó a hacer un foro con ellos en Brasil y tener un plan común en la región. Lula lo hizo en julio de 1990, en San Pablo: el Encuentro de Partidos y Organizaciones Políticas de Izquierda de América Latina y el Caribe.
Así nació el Foro de San Pablo, que fue exitoso en resultados electorales de partidos de izquierda en la región, y de alguna manera fue el promotor de lo que se conoció como “la ola progresista” de gobiernos en casi todos los países de Sudamérica. Desde 1998 el continente viró a la izquierda con gobiernos en Venezuela (Hugo Chávez), la Argentina (Néstor Kirchner y Cristina Fernández), Brasil (Lula da Silva, 2003-2011, y Dilma Rousseff), Bolivia (Evo Morales), Ecuador (Rafael Correa), Chile (Ricardo Lagos y Michelle Bachelet), Uruguay (Tabaré Vázquez y José Mujica) e incluso de manera efímera en Paraguay (Fernando Lugo). Algunos de esos gobiernos se desacreditaron por falta de democracia (Venezuela) o corrupción excesiva (Brasil, Ecuador), por lo que aquella ola se desvaneció y volvieron gobiernos liberales.
Fue entonces cuando la izquierda mexicana propuso una “nueva internacional” porque el Foro de San Pablo estaba “quemado”, aunque no lo explicitaran de esa manera. En julio de 2019, en el encuentro “ProgresivaMente” nació el Grupo de Puebla, y América Latina vivió una nueva ola de izquierda en México (Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum), la Argentina (Alberto y Cristina Fernández), Bolivia (Luis Arce), Chile (Gabriel Boric) y Colombia (Gustavo Petro).
La izquierda venía con larga experiencia en la internacionalización de lazos políticos. En 1834, obreros alemanes e intelectuales exiliados se refugiaron en París para divulgar sus ideas en folletos y así nació la Liga de los Proscritos con el objetivo “de la igualdad social y política, de la libertad, de las virtudes cívicas y de la unidad popular”. Dos años después sumaron agrupaciones de alemanes en Suiza, en Gran Bretaña e incluso en estados alemanes para fundar la “Liga de los justos” con la consigna: “Todos los hombres son hermanos”. Karl Marx y Friedrich Engels armaron un grupo en 1846 en Bruselas con “los comunistas revolucionarios del mundo” que en el congreso de 1847 se convirtió en la Liga de los Comunistas, que buscó ampliarse a otros países, incluso con emigrados en Nueva York.
Marx y Engels publicaron en 1848 el Manifiesto comunista, y la nueva liga cambió su lema por la consigna: “¡Proletarios de todos los países uníos!”. En sus estatutos indicaba “la meta de liberar al hombre de la esclavitud, mediante la difusión de la comunidad de bienes y su realización práctica lo más rápida posible”. En 1864, en Londres, con sindicalistas ingleses, anarquistas y socialistas franceses e italianos, nació la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT) o Primera Internacional, cuyos estatutos establecían “un centro de cooperación y comunicación entre los obreros de diferentes países”. Esa internacional realizó congresos en Suiza (1866-7), Bélgica (1867-8), Suiza (1869), Reino Unido (1871), Países Bajos (1872) y Nueva York (1872), y se disolvió en Filadelfia en 1876.
En 1872, la AIT había sufrido la división entre marxistas y anarco-colectivistas (Mijaíl Bakunin), los que rechazaban la vía electoral para llegar al poder, y ellos fundaron en Saint-Imier (Suiza): “La Internacional de St. Imier”. En 1889, partidos socialistas y laboristas fundaron en París una Segunda Internacional, la que impulsó la declaración del 1° de mayo como Día Internacional de los Trabajadores. La Revolución Rusa de 1917 generó diferencias internas y en 1920 emergió la Unión de Partidos Socialistas para la Acción Internacional (Upsai) que tres años después se fusionó con la Segunda Internacional en la Internacional Obrera y Socialista (1923).
El triunfo comunista en Moscú derivó en la creación en 1919 de La Internacional Comunista, conocida como la Tercera Internacional, impulsada por el líder bolchevique Lenin. León Trotsky, otro líder de la Revolución, discrepó con la burocracia soviética y con Stalin y junto a varios seguidores creó la Cuarta Internacional. Con la revolución cubana, Fidel Castro impulsó en 1966 una asociación “tricontinental”: la Organización de Solidaridad de los Pueblos de África, Asia y América Latina, creada en la famosa Olas (Organización Latinoamericana de Solidaridad). Cuba apoyó guerrillas en todo el continente, las que fundaron en 1968 la Junta de Coordinación Revolucionaria (JCR) con grupos de la Argentina, Uruguay, Chile y Bolivia, y como se sabe, terminaron mal.
En los últimos años surgieron la Alternativa Bolivariana (ALBA), en 2004, filochavista, o la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), en 2008, con los Kirchner, Correa, Lula y otros, quienes también impulsaron una especie de “OEA sin Estados Unidos”, en la modesta e ineficaz Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños” (Celac), desde 2010. Otra comunidad de gobiernos es la de los Brics (Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica) como antagonista de EE.UU. Hay muchos ejemplos de sociedad de partidos o países por afinidad política o ideológica, entre los que no aparecen casos de éxitos de liberales o derechas. ¿Cómo les irá a Milei y sus potenciales socios en una nueva sociedad?
No está claro cuál es el estandarte común, porque el libre comercio y la libertad de mercado no están en sintonía con Trump, que se jacta de poner altos impuestos a la importación y que amenaza con poner tope a las tasas de crédito a particulares. Pero hay un factor que los une y es el rechazo y el desprecio a los partidos de izquierda. Además, reflejan la fatiga de una parte grande de la opinión pública ante el discurso simplista de un “progresismo” guionado con muletillas, que porfía en una visión parcial del pasado y del presente. Hay, sin embargo, un riesgo para la sociedad en el hecho de que ese desprecio por una corriente política se convierta en desprecio por la democracia, y hay un riesgo para los impulsores del bloque de que todo quede limitado a líderes puntuales y no tenga mayor proyección.
Ahora asoma una internacional de partidos de una derecha nueva, heterogénea y heterodoxa que, por el momento, es un traje a medida de Javier Milei. Y no está claro si el resto le querrá hacer la corte al presidente argentino.

