La marcha del plan Compartir
El plan de reforma económica de la Iglesia puesto en marcha hace cuatro años por los obispos argentinos se puede considerar afianzado porque su teoría ya ha sido sometida a la experimentación, pero no tiene todavía la fuerza y la velocidad que supone un emprendimiento de esa envergadura.
Con la lucidez y el lenguaje franco y directo que lo caracterizan, el arzobispo de Resistencia, monseñor Carmelo Giaquinta, sintetiza de ese modo su evaluación del llamado plan Compartir, el ambicioso programa pastoral que, según coincide con otros obispos, debería ser una de las señales más perceptibles de la voluntad de cambio y conversión de la Iglesia en la Argentina. Tras un lustro de ardua labor, y al valorar el enorme esfuerzo realizado particularmente por los laicos de la comisión nacional y por los de las diócesis donde se ha asumido el plan, Giaquinta cree que si bien la reforma es estrictamente eclesiástica se prevé que su espíritu influirá en la concepción y conducta económica de la sociedad. Es que, según la carta pastoral que la lanzó y la fundamenta teológicamente, la reforma "debe pasar necesariamente por la conversión al Evangelio de Jesús" en el sentido bíblico de cambio de mentalidad que debe comprender a todos comenzando por los pastores. Por tanto, Compartir no sólo procura promover una espiritualidad de comunión cuyo fruto será algún día la reforma económica de la Iglesia ni tampoco un programa netamente económico pero camuflado bajo apariencias espirituales "porque el católico argentino no querría oír hablar de dinero". Es un plan de reforma económica profundamente imbuido de una espiritualidad de comunión que brota del Evangelio, proclama Giaquinta. El plan en marcha, por procurar ser eficaz, rechaza el voluntarismo -un defecto muy propio del clero, según el obispo- y brinda amplio espacio a los talentos y al tiempo como dones por poner al servicio de la tarea evangelizadora de la Iglesia. Bienes hoy mensurables económicamente, el talento y el tiempo son superiores al dinero: éste se hace con talento y con tiempo, y no viceversa.
¿Cómo acrecentar la caridad de la comunidad cristiana hacia los más pobres si no se suscitase en ella un fuerte espíritu de comunión de bienes, facilitado por una reforma económica seria? El tiempo de la mera denuncia verbal de la Iglesia contra las injusticias sociales ya se agota -sostiene Giaquinta- y cada vez más la gente va a esperar de la Iglesia un testimonio de caridad que sea ardiente, inteligente y eficaz. Aunque si bien la Iglesia no ha de suplantar al Estado en la misión social que le corresponde a éste, no podrá evitar embarcarse aun más en la obra de asistencia y de promoción humana. Es desde esa perspectiva que la reforma económica es sinónimo de amor preferencial a los pobres. De lo contrario, al no contar con los medios necesarios, ese amor quedará en pura declamación retórica, remata Giaquinta.




