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OPINIÓN

La moción de censura en Argentina

El autor señala, a raíz del caso Adorni, incongruencias en el proceso constitucional para remover al jefe de Gabinete y plantea la necesidad de reformas para mejorar el proceso de control parlamentario de la gestión

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Manuel Adorni
Manuel Adorni Santiago Oroz
Federico Saettone
Por Federico SaettonePara LA NACION
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La renuncia de Manuel Adorni en junio pasado puso al descubierto una llamativa incomprensión sobre a moción de censura al Jefe de Gabinete de Ministros (JGM) en Argentina. Aquella se trata de un invento del parlamentarismo europeo que, extrañamente, fue incorporado en nuestra Constitución Nacional en la reforma de 1994, pero solo para el JGM (actual artículo 101). ¿Cómo funciona en Europa? En primer lugar, allí la moción de censura es votada una vez finalizada una interpelación a un ministro, o incluso al mismo primer ministro. De resultar positiva, debe dimitir inmediatamente. En segundo lugar, toda interpelación con moción de censura es presentada por cuenta y riesgo de la oposición; casi nunca por el oficialismo. Como resultado de ello, las interpelaciones parlamentarias son poco usuales, y menos aún se concreta la votación de la moción. ¿Por qué sucede esto? Una moción de censura es algo parecido a un duelo entre caballeros como sucedía en los viejos tiempos. El duelo se entabla entre el primer ministro y un líder opositor. Este último alardea de querer enfrentar al primer ministro ante cualquier ocasión que se presente. El primer ministro es más estratégico y no se presta al juego opositor. Pero el duelo alguna vez sucede. ¿Quién dispara primero? Claramente, el primer ministro, que es más listo, por algo es el primer ministro. La bala que disparada no es otra cosa que la decisión política de adelantar las elecciones, una opción constitucionalmente valida en el parlamentarismo. Se termina el juego. Más excepcionalmente, el líder opositor logra tumbar al primer ministro, que es lo que sucede cuando se aprueba la moción. En este caso, el parlamento debe elegir un nuevo primer ministro sobre el cual es difícil ponerse de acuerdo entre los partidos.

La verdad es que los líderes políticos eluden entrar en duelo porque no les resulta gratuito adelantar las elecciones o reemplazar a un primer ministro destituido. Prefieren negociar. Esto es lo interesante de la moción de censura. Opera como un disuasivo: mejor negociar que batirse en duelo.

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A diferencia del parlamentarismo, en Argentina el JGM no tiene prerrogativa de adelantar las elecciones, vale decir, no cuenta con el arma del duelista, que sí la tiene oposición. Por consiguiente, la moción de censura en Argentina es negativa. Sirve para destituirlo, pero no para elegir el reemplazo, lo que significa que la oposición actúa como un pelotón de fusilamiento antes como un duelista estratégico.

Otro aspecto polémico del 101 es que exige al JGM presentarse una vez al mes alternativamente en cada cámara del Congreso para informar la marcha del gobierno. Parte de este procedimiento implica que los legisladores realicen una serie de preguntas en relación al informe.

Argentina no es el único país en el mundo que un ministro debe presentarse con regularidad en las cámaras para informar. Sin embargo, mientras que en otras latitudes los ministros responden preguntas sobre un tema puntual, el JGM debe responder preguntas sobre los más diversos temas. Preguntas que se multiplican y superponen debido a la cantidad de bloques que caracteriza nuestro parlamento nacional.

Para responderlas, entonces, el JGM debe patrullar por todos los ministerios y dependencias para recolectar la información. En pocas palabras, esto comporta que en el transcurso del mes, aquél debe dedicar tres semanas a la gestión, y la última a lidiar con este engorroso proceso que finaliza con su asistencia en el recinto por largas horas. Esto explica que, desde 1994, casi todos los JGM sean reticentes a cumplir con su obligación mensual de asistir al Congreso.

Sería interesante realizar una reforma de los reglamentos parlamentarios que flexibilice el actual régimen de asistencia mensual en las cámaras, permitiéndole presentarse en determinadas comisiones en vez de ir al recinto. Esto no solo contribuiría a optimizar el tiempo de gestión ministerial, sino también a un control parlamentario más eficiente.

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Federico Saettone
Por Federico SaettonePara LA NACION

Politólogo, profesor de la UBA/Conicet

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