La muerte de Homero
Por Leila Guerriero Para LA NACION
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El lunes 12 de diciembre de 2005 fue un día prístino en el Río de la Plata. Nada malo podía pasar bajo un cielo así de terso, así de suave, así de azul.
Pero a las dos de la madrugada de ese día sin sombra de nubes -sin amenazas-, en Montevideo y a los 84 años murió Homero Alsina Thevenet, crítico de cine, editor al que tres generaciones de periodistas consideraron maestro.
La noticia de su muerte derramó entre quienes lo conocían una amargura opaca. Homero había sobrevivido a tanto y con tan alta gracia -ahogos exasperantes a principios de este siglo, una fractura de cadera el año pasado, dos operaciones éste- que muchos estaban convencidos de su tozuda inmortalidad.
Pero la madrugada del 12 el hijo de la maestra Judith Thevenet y del crítico teatral Eugenio Alsina murió en una clínica de Montevideo después de haber trabajado hasta el último día de su vida. Lo sepultaron a las dos de la tarde, tras un velatorio rápido. En el cementerio, su mujer, su hijo y un coro de mujeres jóvenes lloraron con congoja la muerte del maestro.
Homero había nacido el 6 de agosto de 1922 en Montevideo y había descubierto su vocación de crítico cinematográfico gracias a una clavícula rota: una noche de apagón del año 1934, un ciclista lanzado a toda velocidad por las calles sin luz lo llevó por delante, y hubo yeso. Su padre decidió que una forma de entretener al hijo era regalarle un pase libre al cine de barrio. Allí el chico de 12 descubrió la vocación en la que se le iría la vida.
A los 15 ya trabajaba en la revista Cine Radio Actualidad. Después pasó a Marcha, donde se hizo amigo de Juan Carlos Onetti (que le dedicó su cuento Bienvenido, Bob, de 1944 ), y en 1945 se casó con Andrea Bea, mujer de la que se separaría tiempo después y que terminaría casada con el hijo del escritor uruguayo. Al respecto, le gustaba bromear: "Si yo me divorcio de una mujer y esa mujer se casa con el hijo de Onetti, ¿qué vengo a ser yo de Onetti? La respuesta es: admirador".
Fundó y codirigió la revista Film y en 1952, en el Festival Internacional de Cine de Punta del Este, él y otros diez críticos vieron Juventud divino tesoro, de Ingmar Bergman, y decidieron que era una obra maestra, cuando Bergman era un desconocido en América y en su propio país cosechaba críticas como ésta: "Los elementos de esta comedia (Sonrisas de una noche de verano) son la penosa fantasía de un jovencito con acné". En 1954, Juventud divino tesoro era vapuleada en el Festival de Venecia. En Buenos Aires y Montevideo, Bergman ya era el rey.
Homero trabajó en la página de espectáculos del diario El País, de Montevideo, se casó con Eva en 1960 y en 1965 recaló en Buenos Aires, donde formó parte de revistas como Primera Plana, Adán y Panorama. En 1976, cuando comenzó la dictadura argentina, se exilió en Barcelona. Cuando volvió, en 1984, tenía 62 años. Trabajó con Timerman en La Razón y, desde 1987, como jefe de Espectáculos de Página/12. Con más de veinte libros publicados, la prosa de Alsina sobresale en algunos artículos como Mahoma, todavía, del libro Postdatas al mundo, que dice: "El caso Mahoma versus Rushdie ha suscitado algunas reclamaciones similares: (...) del gobierno de Dinamarca contra William Shakespeare, por Hamlet (1600). Apunta que la frase «hay algo podrido en Dinamarca» se contrapone a los notorios progresos del país en cuanto a higiene, refrigeración y manejo de materiales biodegradables. (...) De la asociación de Viajantes de Comercio (Massachusetts) contra Arthur Miller, por la pieza teatral Muerte de un viajante (1949) (...) Puntualiza que, si bien Nueva Inglaterra nunca fue una gran zona para ventas, el protagonista Willy Loman supone un ejemplo poco representativo del fracaso en la profesión".
Se ufanaba de que sus libros no tuvieran casi erratas. Nada inflamaba más la ira homérica que las imprecisiones por ignorancia, distracción, pereza o liviandad. Se asqueaba hasta el desprecio ante el hábito de chequear datos por Internet, y contaba que él mismo, buscando en la Web los títulos de todas las películas sobre el Titanic, había encontrado una llamada Titanic Orgy: una orgía titánica.
"Una porno", decía riéndose, los ojos regados de chispas de burla.
En 1989, Jorge Abbondanza, el jefe de espectáculos de El País de Montevideo, lo tentó ofreciéndole fundar un suplemento cultural para ese diario. Homero dijo sí, y en un solo gesto volvió a su país y creó, con el apoyo del escritor argentino Elvio Gandolfo, una rara avis que no habla sólo de literatura ,sino también de artes, ciencias duras y música, que no publica avisos, se precia de tener independencia de contenidos y eliminó las bajadas, porque, al decir de Homero, "si al lector se le cuenta de qué va la nota, no lee la nota, y yo quiero que la lea".
Homero, además, detestaba los artículos escritos en primera persona, salvo excepciones, y no propiciaba la adjetivación excesiva. Durante años, cada vez que un nuevo periodista era incorporado al suplemento Cultural, se le entregaba el manual de estilo, una versión resumida de un texto que él había incluido en uno de sus mejores libros, Enciclopedia de datos inútiles, publicado en la Argentina por Ediciones de la Flor. Allí, con el título de Algunas sugerencias para periodistas modestos, se lee: "Comience toda nota en el centro del tema (...) Elimine al máximo el yo, el nosotros (...). El enfoque gramatical de primera persona debe reservarse para aquello que es absolutamente intransferible (...) Salvo casos de extrema necesidad, elimine los signos de interrogación; el lector quiere respuestas y no preguntas. (... ) Evite los signos de admiración: el concepto deberá ser bastante asombroso con sólo enunciarlo, sin que usted le coloque una bandera encima (...) Elimine las referencias al hecho mismo de estar escribiendo una nota. La prosa tersa no se dobla sobre sí misma".
Su filosofía entera podría condensarse en una frase: "Yo siempre les digo de antemano, sobre todo a los más jóvenes: el dueño de la prosa es el lector. No sos vos, no soy yo: es el lector".
El 19 de junio de 2005, Homero estaba en su casa de Pocitos, Montevideo, sentado a la mesa con tapete verde del living de su hogar, frente a un té de durazno, rodeado de su impresionante biblioteca sobre cine. La luz de la tarde era triste, y el pelo de Homero fulguraba como el de un dios bajito.
En 2004 había sido firme candidato al premio Homenaje, que entrega la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano y que finalmente ganó Clóvis Rossi, un periodista nacido en San Pablo en 1943, columnista de Folha, que cubrió más de un frente de guerra y que mide dos metros. Homero era chiquito y era crítico de cine: un oficio de actores secundarios. No había conocido otras guerras más que algunas -cuantas- batallas del ego, pero era un hombre noble. Fingió que no sabía de qué se trataba el premio de la FNPI y mostró, en su lugar y con orgullo, el Cóndor de Plata, una distinción que entrega la Asociación de Cronistas Cinematográficos de la Argentina.
"El año en que me lo dieron vos y yo nos íbamos a encontrar, ¿te acordás? -dijo-. Y yo me equivoqué: en vez del horario del encuentro, anoté el número de mi vuelo desde Montevideo, y fui tres horas antes. Yo esperaba y decía: ¿dónde está esta muchacha, que no viene?"
Ensayó una risa regocijada, y fue eso: una risa regocijada.
"Qué sé yo, yo siempre supe que tenía que hacer lo mío. Hace poco leí una frase de un filósofo. Dice: "Pocas personas en este mundo son conscientes de que han salido de la nada y volverán a la nada". Y es muy cierto. Pero uno piensa: «Bueno, el rato que estamos aquí vamos a dejar algo hecho». Y uno hace lo que puede. Algunos han dejado guerras y revoluciones, como Hitler y Fidel Castro. Yo dejo un poco de crítica de cine, y es bastante mejor".
Después dijo que en agosto se iba de vacaciones. Que quizá fueran las últimas de su vida. Y se rió.
Pero Homero siempre se reía.



