
La naturaleza argentina necesita capital privado
Nuestro empresariado ha demostrado muchas veces su capacidad para acompañar causas sociales o sanitarias con generosidad. Quizás sea tiempo de extender esa mirada a la conservación de largo plazo

La Argentina posee un patrimonio natural extraordinario: selvas subtropicales, bosques chaqueños, grandes humedales, pastizales, estepa patagónica, montañas y uno de los mares más productivos del planeta. Esa riqueza es biodiversidad, pero también agua, suelos, producción, turismo, paisaje e identidad. Son el sustrato sobre el que se construye nuestro país, nuestra economía y nuestra cultura: el gaucho no puede entenderse sin el pastizal, ni la Patagonia sin su estepa y su mar. Cuando desaparece un ambiente natural no perdemos solamente especies. Perdemos las bases mismas de la estructura que nos permite ser quienes somos.
Durante décadas, buena parte de la conservación de la naturaleza en países como el nuestro contó, y aún cuenta, con el apoyo decisivo de fondos y organizaciones internacionales. Ese aporte permitió crear áreas protegidas, recuperar especies amenazadas y formar generaciones de conservacionistas. Debemos seguir construyendo esas alianzas.
Pero el mundo está cambiando, y 2025 lo dejó en evidencia. La Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (Usaid), que en 2023 había destinado más de 375 millones de dólares a proyectos de biodiversidad en todo el mundo, fue prácticamente desmantelada de un día para el otro. En Kenia, ese financiamiento llegaba a representar entre el 60% y el 80% del presupuesto de numerosas reservas comunitarias de vida silvestre. En Colombia también se congelaron 70 millones de dólares destinados a la conservación provenientes de esa agencia. En general, la UE está realizando un corrimiento presupuestario hacia temas de seguridad y defensa, y aunque la agenda verde continúa, la misma se ve seriamente afectada. Por lo que pretender que la conservación de nuestra naturaleza dependa indefinidamente de la voluntad de donantes extranjeros no es una estrategia sostenible.
Y allí aparece una enorme oportunidad para el sector privado argentino.
Quienes hemos tenido la posibilidad de conocer de cerca la sociedad norteamericana encontramos una característica admirable: la filantropía forma parte de su cultura. Universidades, hospitales, museos y organizaciones de conservación reciben desde hace décadas aportes de empresas, fundaciones y ciudadanos. Existen incentivos fiscales, sí, pero hay algo más profundo: la idea de devolver a la sociedad una parte de aquello que la sociedad les permitió construir. Para muchos empresarios norteamericanos, financiar una universidad, un parque nacional o una causa ambiental no es una mera donación, es parte del legado que deciden dejar.
En la Argentina esa tradición también existe, aunque todavía no está embebida en nuestra identidad. Nuestro empresariado ha demostrado muchas veces su capacidad para acompañar causas sociales o sanitarias con generosidad. Quizás sea tiempo de extender esa mirada a la conservación de largo plazo, porque conservar requiere precisamente eso, recuperar una especie amenazada puede demandar décadas; restaurar un bosque, mucho más. La naturaleza no funciona con los tiempos de un ejercicio presupuestario.
Al mismo tiempo, debemos abandonar una falsa contradicción que todavía domina buena parte del debate ambiental: producir o conservar. La Argentina necesita producir alimentos, energía, minería e infraestructura. No se trata de inmovilizar los recursos naturales, sino de utilizarlos con inteligencia. Un suelo fértil puede producir durante generaciones o agotarse en pocas décadas; un bosque puede brindar madera, agua y biodiversidad durante siglos o desaparecer en pocos años. Eso es, en esencia, la sustentabilidad: utilizar sin dilapidar.
Las empresas conocen perfectamente el concepto de capital. Ningún empresario sensato vendería las máquinas de su fábrica para mejorar el resultado del año: sabe que estaría consumiendo aquello que le permite seguir produciendo. Sin embargo, como sociedad hacemos justamente esto cuando degradamos suelos, destruimos bosques o extinguimos especies. Estamos consumiendo el capital natural, y con él, degradando el patrimonio cultural.
La buena noticia es que conservar puede generar valor. Campos productivos pueden mantener pastizales y biodiversidad; los bosques pueden capturar carbono; las áreas protegidas pueden movilizar economías regionales mediante el turismo de naturaleza. No todo deberá financiarse mediante filantropía: habrá inversión, mercados y nuevos modelos de negocios. Pero seguirá existiendo un conjunto enorme de bienes naturales cuya conservación dependerá del compromiso de quienes comprendan que hay valores que trascienden el retorno financiero inmediato.
La Argentina necesita más empresarios dispuestos a convertirse también en filántropos de la naturaleza. No como una acción de marketing, sino como parte de su legado. Financiar la protección de un humedal, sostener durante años la recuperación de una especie amenazada o crear un fondo patrimonial para un parque puede producir resultados que persistan durante generaciones.
Todavía conservamos enormes extensiones de paisajes naturales que muchos países perdieron hace siglos. Esa circunstancia es un privilegio y una ventaja, pero también una responsabilidad: podemos destruir primero y gastar fortunas después intentando reconstruir lo que perdimos, como sucede en Europa, o podemos aprender de la experiencia ajena y priorizar la protección de lo más valioso que tenemos.
Los fondos internacionales seguirán siendo aliados importantes, pero ningún país serio puede delegar en otros la responsabilidad de cuidar su patrimonio. La naturaleza argentina debe ser protegida, ante todo, por los argentinos: por el Estado, naturalmente, pero también por sus ciudadanos, sus productores y sus empresas.
Nuestro empresariado ha demostrado que es capaz de crear industrias, generar empleo y transformar regiones. Tal vez haya llegado el momento de sumar una nueva dimensión a ese liderazgo; ayudar a conservar la riqueza natural y cultural que nos define como país.
Porque una generación no será recordada solamente por la riqueza que produjo. También será juzgada por la riqueza que recibió y decidió dejar intacta a quienes vinieron después.

