La necrolatría de los bárbaros
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Lectores que leen pueden recordar dos entierros que están al comienzo de dos novelas inolvidables. Uno es el funeral desolado de la madre de Meursault, en El extranjero , bajo el sol ardiente de Argel. Y la alegría de ese hijo de hielo que, terminado el entierro, siente, aliviado, que al fin va a poder dormir doce horas. Otro es el del inicio de Adán Buenosayres , de Marechal: "...nos internábamos en el cementerio del Oeste llevando a pulso un ataúd de modesta factura (cuatro tablitas frágiles) cuya levedad era tanta que nos parecía llevar en su interior, no la vencida carne de un hombre muerto, sino la materia sutil de un poema concluido" . Qué modesta dignidad de la muerte. Por qué no dejar que la memoria de los vivos sea liberada a su espontáneo curso de recordación u olvido sin echarle combustible. Si no somos nada. Camus y Marechal lo sabían.
No creo que lo sepan quienes desde la vida soban y fatigan a la muerte. La palabra adecuada es " necrolatría ", no necrofilia, ya que ésta se interpreta también como el goce sexual con cadáveres. Para no ser inexactos, la necrolatría no es exclusiva del peronismo ni del pueblo argentino. En la historia hay demasiadas momias, sarcófagos, pirámides, panteones, cenotafios, mausoleos y túmulos. Y hay, según la fantasía de eternidad que haya inspirado el muerto a sus enterradores, las más estrambóticas ostentaciones. Las honras al Papa en abril del año pasado fueron de tal aparatosidad escénica que, para poder encontrar exequias superiores, habría que remontarse a las de faraones o reyes de hace milenios. Pero en la comparación perderían, porque entonces no existía la exaltación mediática. Es cierto que era el Papa, aunque tampoco él recogió el llanto unánime. Pero es que ni Evita lo logró aunque volvió y fue millones. Ni tampoco Lady Di a quien se globalizó y hoy se desglobaliza reduciéndose a su aldea. Tampoco Lenin o Franco han logrado, como cadáveres y estatuas, evitar el desalojo y el descenso.
Pero la muerte es la muerte, y sus protagonistas, los muertos, han dado base o pábulo a dráculas, zombies, aparecidos y fantasmas. Stephen King ha cosechado millones gracias a ellos. Funerarias de alto target tienen balances de compañías financieras. Hay cementerios bellísimos mejor diseñados y urbanizados que los barrios que los rodean. Sé de gente que guarda las cenizas de sus difuntos más queridos en una caja que ubican en el dressoir al lado de algún adorno. Los visitantes pasan ante ella y acaso algún curioso la abre y pasa el dedo por el contenido para ver de qué se trata.
Por allí, encenizados, se guardan muertos en número inimaginable. Una amiga me contó que fue a incinerar a una pariente y le dieron las cenizas en una pequeña caja. Y ya de vuelta en el taxi a su casa en Barrio Norte, viéndose con la cajita en la falda, consciente de que adentro estaba la muerta, tuvo la tentación de dejarla olvidada en el asiento. La contuvo, no la culpa, sino el temor de que a través del ADN descubrieran que era su tía, la hermana de su madre.
Menear a los muertos es un riesgo de tocar en ellos algo intocable y ajeno a las razones de los vivos.
El peronismo, que ha sido marcado por la vida y la muerte como ningún otro movimiento político argentino, se vio súbitamente desnudado en su cara sombría. No logró elevar su ilusión celebratoria sino bajarla al nivel del bochorno. El muerto debe de haberse sentido pequeño entre tanto trance exhumatorio de forenses y embalsamadores, de recambio de féretros y de aromas. San Vicente fue un absurdo contrapunto entre los vándalos peleándose por ganar una porción mayor del muerto y los que en el escenario continuaban sus discursos mientras la gresca transcurría como parte irremediable de una coreografía inconveniente. Aunque ya legitimada por la tradición del espectáculo. Hay que renovar el género y los actores. Pasar a retiro a matones y profanadores autorizados o furtivos. La necrolatría está más cerca de los bárbaros que de Descartes.
Perón, paradójicamente, usaba el pseudónimo de Descartes.


