La nobleza, la modestia y la crueldad

Hugo Beccacece
Hugo Beccacece PARA LA NACION
(0)
10 de octubre de 2020  • 00:00

El hechizo de los títulos de nobleza, ¡qué fuente de tragedias, melodramas, comedias y fraudes! Durante el fin de semana pasado, vi en Qubit Esposas imprudentes (Foolish Wives), de Erich von Stroheim, el gran director y actor austríaco de cine mudo y sonoro. Para apreciar su imponente presencia, basta ver La gran ilusión, de Jean Renoir; y El ocaso de una vida (Sunset Boulevard), de Billy Wilder.

Foolish Wives fue escrita, dirigida e interpretada por Von Stroheim. El film, mudo, tiene varios elementos autobiográficos. Cuenta la historia de un grupo de aventureros rusos, liderados por un supuesto oficial (Von Stroheim), empeñados en sacarles dinero a mujeres ricas y a sus esposos. El oficial presume de su título de conde, absolutamente falso, que le sirve para dar un aura dorada a sus dotes de seductor. Lo mismo hacía el falso barón Von Stroheim.

Mientras veía las evoluciones del austríaco, me acordé de la primera persona con título nobiliario auténtico que conocí. Tendría yo siete u ocho años e iba a la escuela primaria de mi barrio, donde no siempre lo pasaba bien. Mamá me almidonaba los guardapolvos hasta convertirlos en una especie de coraza inmaculada. Nadie en la escuela iba tan planchado, tan peinado (con gomina Brancato), nadie tenía semejante cara de presumido y, para peor, sensiblero: un blanco ideal para los chicos cuya vocación era el bullying. Uno de ellos, Müller, hacía la vida insoportable a todos, menos a sus satélites. Era corpulento, pero no el más corpulento de la clase. El más fuerte, de físico intimidatorio para su edad, era Ernesto. Se sentaba cerca de mí y, en las pruebas de aritmética, yo ponía mi cuaderno en el pupitre en una posición que le permitiera copiarse.

En una ocasión, Müller se burló de mis zapatos nuevos, relucientes, y me pisó. De un salto, Ernesto se interpuso entre Müller y yo para decirle: "¿Por qué no te metés conmigo?" Müller hizo una mueca que intentaba ocultar el miedo. Ernesto era mi guardaespaldas. Lo sobornaba con pruebas de aritmética.

Un viernes, papá nos anunció a mi madre y a mí que, el domingo, vendría de visita un matrimonio encantador, los T. La pareja estaría acompañada por dos hijos más o menos de mi edad. Papá nos contó que era el jefe del simpático señor T. y describió a la señora como una mujer muy distinguida y, a la vez, muy llana. Nos reveló que la señora T. era una condesa italiana, pero nunca mencionaba el título. Sus padres y su hermano, antifascistas, murieron en un accidente antes de la guerra. Mussolini los había arruinado. Ella se quedó sola y casi en la calle. Por suerte, conoció al que sería su marido, se enamoraron, se casaron y vinieron a la Argentina. Me quedé desconcertado. En mi cabeza, atiborrada de cuentos de hadas, no cabía la idea de que una condesa fuera pobre y se casara con un plebeyo. Más extraño me parecía que papá fuera jefe del... ¿conde?

El domingo, la familia T. vino a casa. Eran tal como papá los había pintado. El hijo mayor, Eduardo, era alto, abstraído e independiente. El menor, Carlos, seguía a Eduardo como su sombra. Me llamaron la atención las orejas de Eduardo: eran grandes como las de Dumbo. No era feo. Tenía ojos grandes con una expresión de dolor.

Los tres nos pusimos a jugar. Eran juegos de una violencia mal contenida. Observé que Eduardo no protegía a Carlos, aunque éste buscaba su apoyo. Comprendí que, si atacaba o molestaba a Carlos, no me pasaría nada. La condesa me había decepcionado. Nos trataba como a iguales. La odié por su distinción que yo no terminaba de entender. Era mi oportunidad de pasarme al bando de los violentos.

Me lancé sobre las orejas de Carlos y me ensañé con ellas. Se las tironeaba, las doblaba, les inventaba torturas. Sus orejas se pusieron moradas por mi ferocidad. Eran la prueba de mi barbarie. Quise acariciárselas. Me sentía mal. Él se apartó, asustado.

Nunca olvidé esa tarde. Yo podía ser como Müller. Al día siguiente de aquel episodio, me encontré con él en la escuela. Me miró con respetuoso silencio.

Conforme a los criterios de

Más información
ADEMÁS

MÁS leídas ahora

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.