La política y el periodismo, en la puerta del callejón

Fernando J. Ruiz
Fernando J. Ruiz PARA LA NACION
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15 de noviembre de 2020  • 01:38

Ningún gobierno puede aspirar al despliegue de un plan preciso. El arte de la gestión tiene más que ver con el imprevisto y depende, sobre todo, de la capacidad de adaptación que tengan sus líderes. Es más parecido a una jineteada. Y esto suele frustrar y restar energía a los elencos gobernantes, que se ilusionaron con batallas distintas.

Cuando el eminente historiador francés Marc Bloch, antes de ser torturado y fusilado por la Gestapo en 1944, analizó la rápida caída de París, escribió que el Ejército francés, del que él era un oficial, estaba preparado para pelear otro tipo de guerra

Cuando el eminente historiador francés Marc Bloch, antes de ser torturado y fusilado por la Gestapo en 1944, analizó la rápida caída de París, escribió que el Ejército francés, del que él era un oficial, estaba preparado para pelear otro tipo de guerra, que esa la hubieran encarado con toda valentía, pero que esta guerra veloz que impusieron los alemanes los sorprendió y eso afectó su voluntad de luchar. Eso mismo les pasa a los elencos gobernantes. Por eso, la fuerza de un gobierno está en la capacidad de adecuarse y salir de su plan original.

Pero en la Argentina esa adaptación es difícil pues acelerar en la bajada es una especialidad política local. La forma de enfrentar las crisis es radicalizarnos y así profundizar la caída, en una lógica de cuanto peor, mejor, donde parecen disfrutarse los tropiezos que agravan la situación de todos. Y así emergen los adoradores del estallido, al que se piensa como una nueva hora cero que alumbrará no sé qué beneficios colectivos. Esto nos hizo un país con un destino errante o, mejor, migrante, dado que el indicador irrefutable de nuestra situación relativa son siempre los datos de la Dirección Nacional de Migraciones.

En este contexto, los discursos de paz y amor en nuestra política interna son poco escuchados. Pero esta forma calma de actuar tiene sus ventajas. Entre otras cosas porque, cuando la corriente arrastra al conflicto, la moderación es una señal de fuerza y no de tibieza. Y no habría que minimizar los efectos que tiene la moderación para acumular fuerza política. Aunque más no sea por la capacidad para alzar la mirada y ver más allá del barro inmediato, condición esencial para salir del pozo de una crisis. "Utilizar el orden para enfrentarse al desorden, utilizar la calma para enfrentarse con los que se agitan, esto es dominar el corazón", escribió Sun Tzu en El arte de la guerra.

Desde esta perspectiva, hoy la necesidad de la buena política es desenganchar de la locomotora de las voces más facciosas algunos de los vagones que se les fueron sumando, para que aquellas tengan el menor apoyo social posible. No es otra cosa que intentar romper falsas alianzas, dejarlos solos, dado que los núcleos autoritarios y corruptos son enanos agrandados por la polarización.

Pero ¿es posible una política moderada sin interlocutores con la misma actitud? Cuando crece la sensación de hostilidad, la identidad es la gran aliada en estos casos. Se trata de evitar romper el espejo y darte cuenta de si te estás pareciendo más a lo que rechazás. Por eso, ser mesurado es defenderte a vos, serte leal y sensible a tu propia piel emocional y darte cuenta de que te estás transformando en otra cosa. Además esa lucha interna, y contra el ambiente, por la identidad no es un capricho negador del conflicto, sino una estrategia política para vencerlo. De otra forma, uno se va metiendo en el callejón del conflicto y llega un momento en el que retroceder es difícil. Y ahí ya no te quejes, fue toda tu culpa si te quedaste sin alternativas. La mejor opción es siempre resistirse en lo posible a entrar a ese callejón.

Las líneas editoriales también pueden entrar al callejón del conflicto y así dilapidan su potencial influencia más allá de su audiencia afín. Quedan encerradas en una burbuja de fuentes y una superpoblación de adjetivos e ironías, que refuerza que su público cancele otras visiones posibles alentando su espiral de ignorancia. No entrar al callejón no implica dejar de hablar fuerte y claro. Las investigaciones más rotundas sobre un gobierno no son incompatibles con una línea editorial moderada, que mantiene su vocación de búsqueda de todas las fuentes. En el fondo, la templanza propuesta se basa en el realismo de entender que nuestra democracia es todavía endeble y que debemos avanzar aunque sea pequeños pasos para no bloquearnos.

En este escenario, las investigaciones periodísticas que se han realizado conforman una especie de proceso imperfecto de memoria y verdad de la administración fraudulenta del Estado. Los periodistas no deberían frustrarse si sienten que sus esfuerzos no son reconocidos. El tiempo histórico que vivimos sí los reconoce.

Para terminar, una clave para la política de la moderación frente a la presión del ambiente es saber que la sociedad adquiere fortaleza democrática cuando las personas se sienten cerca entre sí, dado que la política autoritaria disuelve las relaciones sociales. Si hay muchas diferencias, vacíos, muros que las separan, es más fácil que se les impongan desde afuera. Por eso, hay que insistir en tender esos puentes internos, diversos, múltiples, en todas las direcciones. Una sociedad no es una abstracción. Son organizaciones sociales muy diversas, como grupos de la sociedad civil, profesionales, movimientos sociales, sindicatos, cámaras empresariales, centros educativos, clubes o comunidades religiosas. Cada uno tiene su identidad y esta no puede ser arrasada por la polarización. La democratización de una sociedad consiste, entre otras cosas, en que cada sector cultive una identidad particular, por lo que ese proceso de partidización política que festejan tanto los populismos es un retroceso, no un avance.

Por eso, una gran parte del aprendizaje de la vida democrática consiste en poner a la política partidaria en su justo lugar. Si esta satura de sí misma cada institución, grupo, asociación, movimiento, se destiñe la calidad del espacio ciudadano, les saca autonomía a otras áreas de la vida social, las asfixia. Sostener ese tejido social multicolor implica resistir ese avance expansivo del partidismo hacia todas las áreas sociales.

Este es el riesgo que corremos hoy. Y el periodismo profesional puede ser un instrumento para evitarlo. Pero si, en cambio, este acompaña a la política y entra al callejón, seremos parte del problema.

Profesor de Periodismo y Democracia de la Universidad Austral

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