
La recesión de 1999: ¿apenas un tropezón o una recaída?
Cómo es posible que pese a tantas reformas la economía argentina sea todavía tan volátil y propensa a contagiarse con fuerza los virus que circulan por el mundo? Esta pregunta, cada vez más frecuente, bien merece una respuesta a la luz de la historia reciente y de la recesión de este año, con una caída del PBI estimada en 2,6%, la segunda en importancia desde 1989. Sobre la base del cuadro que compara el desempeño de la Argentina con otros países latinoamericanos, podemos precisar el diagnóstico y explorar las vías de solución a un problema innegable.
En la primera columna puede verse que la economía argentina es la que más aceleró su crecimiento en esta década, al pasar de una caída del PBI del 1,2% anual en los ochenta a un aumento del 5,8% en los noventa, alcanzando así la aceleración de 7% allí consignada. A partir de datos (no incluidos) que muestran una reducción de la volatilidad -o sea, la desviación media de la tasa de crecimiento observada cada año respecto de la tendencia-, en la segunda columna del cuadro se constata la mejora de la posición relativa de la Argentina, del tercero al quinto lugar. No obstante, la Argentina continúa siendo el único de los siete países que sólo una vez en los últimos 20 años creció 4 años seguidos (1991 a 1994), en notable contraste con Chile, que creció durante 15 años hasta 1998.
Todos crecieron menos
Pero el principal problema puede verse en la última columna del cuadro. Todos los países grandes de América latina crecieron menos a partir de 1994. Pero la Argentina sobresale, ya que su tasa de crecimiento entre 1994 y 1998 (3,3 % anual) fue un 60 % menor que en 1990-94 (8,5 %), una baja de la tasa de crecimiento más profunda que el 10 % que se redujo la tasa de Brasil, Chile, México y Perú, que el 30 % en Colombia y el 40 % en Venezuela. Con los datos de 1999, la desaceleración resultará aún peor.
En fin, el PBI por habitante de la Argentina en 1999 será apenas un 4 % superior al de 1994, con una tasa de crecimiento de sólo el 0,8 % anual en 5 años.
Los datos presentados revelan la existencia de un problema con la tasa de crecimiento de la economía argentina, aunque es difícil concluir si estamos ante la reaparición de los viejos ciclos de auge y parada, ante una desaceleración del crecimiento o ante ambos problemas a la vez.
Todos coincidimos en que, al menos en la década del 90, la fuente original de la volatilidad han sido los shocks externos, pero las explicaciones y terapias divergen de allí en más. Hay quienes piensan que tenemos los dos problemas y que ambos se originan en la convertibilidad, cuya supresión los resolvería por igual. Como se ha visto en la última reunión de la Unión Industrial Argentina (UIA), esta idea puede cobrar fuerza con el tiempo.
En el extremo opuesto, en el que ha tendido a colocarse el actual equipo económico, estaríamos tan sólo frente a un problema de volatilidad de origen externo y poco y nada podría hacerse para superarlo, lo que no sería grave por tratarse de fenómenos transitorios. Esta explicación tiene en su favor el hecho evidente de que si el peor enemigo de la Argentina hubiera diseñado la combinación de circunstancias externas más perjudicial para nosotros, difícilmente habría imaginado lo ocurrido en la realidad en el último año y medio.
Aunque la evidencia es escasa, y esta nota es una invitación para profundizar su análisis, mi opinión se ubica en una tercera alternativa. Tenemos, efectivamente, una mayor sensibilidad que otros países a internalizar los shocks externos, pero es mucho lo que puede hacerse para moderarla.
Hay que empezar por aceptar que la convertibilidad, comparada con la flotación, es un régimen monetario y cambiario más propenso a la volatilidad de la tasa de crecimiento, como lo ha establecido hace tiempo la literatura referida al patrón oro. En segundo lugar, si se adopta una actitud pasiva frente a la volatilidad, los agentes económicos la internalizarán en sus comportamientos, invertirán menos y caerá la tasa de crecimiento del PBI. Un problema inicialmente cíclico se transformará así en una caída de la tasa de crecimiento potencial de la economía.
Competitividad y coyuntura
Es a todas luces evidente que la parálisis del proceso de reformas en los últimos cuatro años está en la raíz del problema planteado. No ha habido avances, y sí algunos retrocesos, en la construcción de un sistema laboral descentralizado que permita adecuar los costos laborales a la variable realidad de las empresas; ni en la reforma de nuestro sistema de finanzas públicas, para que ellas atenúen el ciclo económico en vez de acentuarlo como lo hace el actual, especialmente por la ley de coparticipación federal. Ello permitiría aumentar el ahorro público en épocas de abundancia de recursos, impidiendo crecimientos insostenibles del gasto público y permitiendo rebajas impositivas cuando sea necesario, como lo es hoy.
No se ha pensado tampoco en flexibilizar contracíclicamente los requisitos de liquidez bancaria. En fin, no ha habido una política sostenida de eliminación de impuestos distorsivos y rebaja de alícuotas, ni de diversificación de los mercados externos o de promoción genuina de un mayor valor agregado de las exportaciones, dando así lugar a aumentos genuinos de competitividad y a una menor volatilidad de las ventas externas.
Tales reformas pendientes, sin embargo, no deben hacer perder de vista que, en el mediano plazo, la reducción de la volatilidad de nuestra economía dependerá crucialmente del aumento del ahorro nacional institucionalizado, como se muestra en el menor aumento del riesgo país en las sucesivas crisis, y que, a estos fines, lo peor que podría hacerse es abandonar la convertibilidad.






