La semana que jamás podremos olvidar

Carlos M. Reymundo Roberts
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23 de noviembre de 2013  

Es muy fuerte todo lo que pasó esta semana: el regreso de la señora y el cambio de gabinete. En realidad deberíamos hablar del cambio de la señora y del regreso de un gabinete.

Se me agolpan las imágenes, especialmente la entrañable escena en Olivos, cuando Cristina, esta Cristina poselectoral, posconvalecencia y posluto, nos metió el perro . Quiero decir, nos presentó a esa preciosa mascota bolivariana y se hizo acompañar por las flores que le había mandado Hebe y por un pingüino de peluche. Cuánta ternura. Y cuánta simbología: estaba volviendo de la mano de Chávez, de las Madres y de Néstor. Dos horas después, ella, ya fuera de escena, barría el corazón de su gobierno. Ahora todo se entendía mejor: la crisis y el cambio tenían que ser presentados bajo el manto protector de nuestros santos patronos.

El lunes fui convocado a Olivos. No tuve tiempo de sentirme orgulloso: cuando llegué había una multitud. De funcionarios, sí, y también de maquilladores, vestuaristas, camarógrafos... Aunque los cambios de gabinete ya estaban decididos, quedaban pendientes unas cuantas cuestiones de Estado: ¿camisa blanca o cremita? ¿En qué momento debía aparecer el perro? ¿Cuán cerca de la señora tenía que estar el pingüino?

El debate era apasionante. Traté de abstraerme de esos ajetreos y me concentré en ella. La vi tranquila, aunque no tan zen como me habían dicho. En un momento, preso de la ansiedad, le pregunté por los anuncios que se iban a hacer esa noche, para ver si me tiraba una primicia. Lo que me llevé fue una tomadura de pelo: "Te voy a revelar un nombre: el perro se llama Simón".

Me fue mejor con Zannini, que, solo en un rincón, era la imagen del desamparo. Cristina casi no lo había tenido en cuenta para decidir los cambios. Pero me los contó. "Anotá", dijo. "Capitanich, jefe de Gabinete." ¡¿Y Urribarri?!, lo interrumpí en tono de protesta. No es que no lo quiera al Coqui, pero mis amigos chaqueños me dicen que es un ídolo en todo, menos gobernando. "Anotá sin hacer comentarios", se enojó. "Kicillof a Economía. La señora le pidió que sea un buen marxista, es decir, que obedezca a Capitanich. Fábrega al Central. La señora le dijo que pusiera orden ahí: quiere que la pérdida de reservas sea más ordenada. A Agricultura, Casamiquela. La señora le reconoció que haber puesto en ese cargo a Yauhar, que cuando llegó al cargo tuvo que googlear maíz, soja, vaca?, no había funcionado del todo bien."

¿Qué instrucción recibió Capitanich? La Presidenta le dio una gran lección de política, economía, sociología y sentido común. "Se pudre todo, hacé algo", le dijo. Y agregó: "Yo pongo la cara y el discurso épico, pero vos arreglá esto. Como sea, pero arreglalo". Había allí un cambio dramático: sus palabras sonaban más a un ruego que a una orden. El Coqui, pícaro, le preguntó cuánto tiempo se iba a extender el trabajo a media máquina prescripto por los médicos. La contestación de Cristina fue algo enigmática: "Acá lo que importa es la salud de la República".

Más preguntas del Coqui. ¿Cómo me manejo con Kicillof? Respuesta: "Sos el jefe de Gabinete." ¿Con Moreno? "Sos el jefe de Gabinete." ¿De Vido? "Sos el jefe de Gabinete." ¿Máximo? "Seguramente él te va a tratar como lo que sos: apenas un jefe de Gabinete."

A esas alturas, lo de Moreno ya estaba decidido. En la etapa zen del reposo, la señora pensó en que había formas más civilizadas de administrar los precios, regular importaciones y exportaciones, gestionar la relación con los empresarios y entenderse con el mundo. La terapia cognitiva le hizo ver que Moreno es un buen conductor económico para alguien como ella, que le gusta llevar la economía a los golpes, pero no para otros. Lo mandó a Italia, lejos del país y cerca del Papa. Y que Dios la perdone.

La apoteosis llegó con la jura en la Casa Rosada. La Presidenta lucía como nueva, aun con pucheritos guionados que ya le conocíamos, pero que le quedan muy bien. Nuevos ministros, guionados también en no opacar a Cristina. Boudou, sincera y perennemente feliz. Scioli, increíblemente feliz, es decir, sin poder creer que siguiera feliz. El infeliz de Moreno, ausente. Zannini, en una gran parodia de la felicidad. Los aplaudidores, los esforzados aplaudidores, aplaudiendo a ella, aplaudiendo a los que asumían y aplaudiendo que habían sido echados aquellos a los que hasta ayer aplaudían.

Después del acto, Cristina fue al encuentro de los militantes reunidos en los patios y les habló con el corazón y con la cabeza. En realidad sus palabras amagaban ir al corazón, pero estaban destinadas a la cabeza. Algo así como: "Muchachos, vamos a profundizar la revolución. Sí, vamos a profundizarla de la mano de Chevron, del Fondo Monetario y de lo que haga falta".

Todo en medio de un gran acting . Qué despliegue de cámaras y micrófonos. Qué bien dispuestos detrás de ella unos chicos y chicas especialmente elegidos. Me impresionan los recursos que volcamos en estos encuentros de la señora con su gente. Algún día hablará ante otra gente, gente que no esté ni unida ni organizada. Por ahora disfrutemos nosotros, sus seguidores. Ella ha vuelto.

Es interesante. La Cristina visible juega con perritos, sonríe y dice que todo está bien. La invisible mete el cuchillo y corta. No dejo de admirarla. La visible pide profundizar el modelo. La invisible lo pone frente al pelotón y ordena: disparen.

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