
La supervivencia resiliente de los trabajadores del GBA
Los suburbios que hace 100 años empezaban a poblarse por la pujanza de una industrialización incipiente, hoy lucen demográfica y económicamente detonados; el sector mayoritario que se preserva en la legalidad apostando al trabajo y al esfuerzo ya no tiene como norte progresar sino subsistir

Aquella periferia suburbana que hace cien años empezaba a poblarse por la saturación espacial de la Ciudad de Buenos Aires y la pujanza de una industrialización incipiente, hoy luce demográfica y económicamente detonada. El segmento mayoritario que se preserva en la legalidad apostando al trabajo y al esfuerzo ya no tiene como norte el progreso sino una supervivencia lo más digna posible.
Este estado de cosas no es nuevo y sus raíces se hunden aproximadamente medio siglo atrás. Lo llamativo es la dinámica social inversa a la integración durante las últimas décadas: cada crisis supone un nuevo peldaño descendente para millones de personas. Así, el largo plazo se conjuga con otros breves de contornos específicos. El actual, signado por la cuarentena, su fin, y el ensayo de otra reestructuración socioeconómica cuya radicalidad, por razones externas e internas, resulta más irrevocable que las anteriores.
Enumeremos solo algunos de sus fenómenos socioculturales: la consolidación del protagonismo femenino, en relación con el de los adolescentes y la defensividad masculina. Mujeres a cargo de hogares, cuya ausencia por razones laborales motiva la crisis de su autoridad respecto de sus hijos; hombres desertores refugiados en casas de parientes o en pensiones hasta formar otra pareja transitoria; y muchos adolescentes conformando sus propios núcleos convivenciales asistidos por vecinos que reconocen su actitud solidaria y su resistencia respecto de las tentaciones de la “vagancia”.
Cuadros evocativos de la vertiginosa proliferación de hogares a raíz del estallido de las organizaciones familiares clásicas. La carencia, a diferencia del comienzo del ciclo largo de fines de los 70, las pulveriza dispersándolas en otras de morfologías novedosas en las que mujeres y adolescentes asumen el rol de proveedores. Una estribación no menor de las sucesivas separaciones y pleitos sobre de la crianza de los hijos que, en muchos casos, termina recayendo en los hijos mayores, que quedan a cargo de sus hermanos menores. Esa es una de las causas de la deserción escolar no revertida desde 2020.
La insuficiencia de ingresos suele obligar a muchos de estos chicos y chicas también a procurar changas. Y de no mediar la solidaridad de otros parientes, se cierne el riesgo de la desafiliación. Las bolsas de trabajo de templos evangélicos y parroquias o el favor de los referentes barriales han sido sustituidos por las oportunidades ofrecidas desde las pantallas de sus teléfonos celulares. Las redes habilitan el resto: antiguos remiseros que los proveen de coches de transporte por aplicaciones o motos para deliveries y las ofertas de los explotadores del desasosiego que no dejan de tentarlos.
La multiplicidad de trabajos determina una itinerancia costosa por el aumento del precio de los transportes
En el orden laboral, a la nueva logística se le suman oficios más clásicos como los vinculados a la construcción, la venta ambulante de textiles y comida, jardinería, enfermería, reparación de celulares, y servicios de asistencia doméstica, etc. Hemos ahí otras dos flexiones en lo que va de la década: si luego de los rigores de cuarentena muchos alimentaron ilusiones de crecimiento social por la puesta en valor de sus saberes diseminados en el clan, esa esperanza se desvaneció. Las restricciones al consumo por el aumento del precio de los servicios las redujo a la supervivencia. La multiplicidad de trabajos determina, asimismo, una itinerancia costosa por el aumento del precio de los transportes, y estresante por el deterioro de su regularidad, las largas colas por demoras, vehículos y vagones atestados, suspensiones y largas caminatas para volver a casa. Una cuarta parte de su vida viajando.
Otra fuente de tensiones es el endeudamiento. La reducción inflacionaria lanzó a trabajadores formales y monotributistas al crédito en el sistema financiero formal. Pero el alza de la tasa de interés determinó que su uso se destinara al sostén de las necesidades básicas. El receso económico produjo moras e incremento de los intereses en un círculo vicioso hasta el cierre de millones de cuentas. Pero como las necesidades siguieron apremiando recurrieron a los mercados informales a tasas más elevadas y riesgos ya no solo judiciales de su pago. A este corrosivo se le suma la extensión del juego clandestino, particularmente atractivo para los jóvenes apegados a las vistosas ofertas de dinero fácil que entran por las pantallas de los celulares. Les prometen una prosperidad sin moverse de sus casas, pero no son sino el ingreso a un camino en el que las deudas acumuladas suscitan apremios directos para ellos y sus familias.
Los potreros de las plazas también terminan “cuidados” por “dueños” cuyos emisarios cobran “peajes” y habilitan la observación de operadores de los clubes grandes en procura de jugadores diestros
La crisis de autoridad familiar se replica en otras instituciones que habían operado como barreras de contención social: los clubes, templos e iglesias, y los referentes barriales. Los primeros siguen constituyendo un lugar de culto para aquellos que cuentan con energía para jugar al futbol. Pero las direcciones han tendido a ser cooptadas por barras bravas de clubes de mayor escala. Los potreros de las plazas también terminan “cuidados” por “dueños” cuyos emisarios cobran “peajes” y habilitan la observación de operadores de los clubes grandes en procura de jugadores diestros. También, de narcomenudistas atentos al estado anímico de quienes, significativamente, solo miran los partidos; en algunos casos, ofreciéndoles “trabajos” o el regalo promocional de sustancias para atenuar su tristeza. Otro sendero a la desintegración social de niños y adolescentes de familias laboriosas agrietadas.
Pero la crisis de representación afecta, sobre todo, a los referentes barriales, los vulgarmente denominados “punteros”, que desde centros culturales, clubes o templos ejercían el nexo con la política comunal. La descomposición de su autoridad territorial resultó del cruce de la mayor capacidad proveedora y el superior poder de fuego de micropoderes volátiles sobre cuadras, manzanas o corredores manejados por adolescentes de familias “picantes”. Sus séquitos suelen estar precisamente constituidos por muchos chicos desprendidos de hogares laboriosos que cedieron a las tentaciones de narcos y “cajeros”; aunque con estudios suficientes y capacidad de gestión de actividades ilegales.
En suma, una subcultura urbana cuyos valores salientes son un presente continuo en el día a día, y experiencias primarias muy intensas aunque también al tris de la violencia. A tono con un concepto de vida al límite que puede terminarse en cualquier momento. Ese combo sociocultural se completa con el déficit del hábitat: conexiones clandestinas de caños, falta de desagües cloacales, insuficiencia de canales aliviadores e inundaciones. También, la recolección de residuos en asentamientos que no figuran en los mapas con sus respectivos basurales a cielo abierto; la contaminación ambiental por parques industriales que afecta al acuífero Puelche, los asfaltos precarios y las viviendas inconclusas.
No deja de ser una humanidad admirable por su lucha y disposición a reinventarse. En muchos casos, apostando a consolidar su subsistencia mediante cursos breves de oficios o eventuales carreras universitarias condicionadas por un contexto siempre en el borde. Su contrapartida es la culpa ante la caída de algún familiar y sus flagelos concomitantes en ascenso: los suicidios, las adicciones y los estados psicóticos. Y un poder político a la retaguardia de la penuria y que se reduce a administrar este estado legal e ilegal de cosas.

