
La televisión y el efecto realidad
Por Sylvina Walger Para LA NACION
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La caravana de obscenos escándalos que recorre la televisión de la tarde muestra que el default degrada no solamente la vida económica sino también la vida cotidiana. El deterioro de la pantalla es la prueba evidente de que además de estar en cesación de pagos estamos en cesación de toda inhibición, por no mencionar la ya añeja desaparición del buen gusto.
A diferencia del menemismo, en el que el escándalo residía en la frecuencia con que el poder, la política y el delito se veían entremezclados, en el posdefault el protagonismo lo tienen personajes cuyo único oficio -rentado al parecer- es ser famosos a fuerza de escándalos.
Desde la familia de una seudovedette, que hace su catarsis en cámara (si es que se puede llamar así a un conventillo mediático), hasta una abogada desquiciada y despechada que persigue a su ex pareja -un ex animador en desgracia- y promete no detenerse hasta verlo preso, mientras desde otro canal un comedido la termina de psicotizar recordándole un pasado de prostitución. También puede aparecer un travesti feo que debe su patética metamorfosis a la indemnización que hubo de pagarle un futbolista por seducirlo en su adolescencia (oneroso desembolso que parte de la familia del victimario le recrimina ante las cámaras). Un edificante recorrido que la CNN del hiperkitsch argentino, el programa "Televisión registrada", reproduce prolijamente dos veces por semana.
Submundo del grotesco
No interesa tanto describir las vulgares y humillantes sagas que por allí desfilan, como preguntarse qué es lo que despierta en la audiencia el entusiasmo por este pasticcio moral (versión degenerada del noble género del esperpento) que ha firmado el certificado de defunción de todo lo que tenga que ver con la fantasía y los sueños.
Una respuesta posible es que el público -responsable de mantener semejante circo en acción- encuentra una identificación entre las tribulaciones que allí se exponen y la realidad que le toca vivir. Como si algo de la transparencia y la justicia que se les pide a los que mandan la gente lo encontrara en ese submundo del grotesco.
Es cierto que el fenómeno de los falsos famosos trasciende nuestras fronteras, pero solamente aquí esas historias son percibidas como una continuación de la vida real. La realidad, en su versión más caricaturesca, ha ingresado con ímpetu en las antaño melosas y soñadoras tardes de la televisión, y ha logrado que cualquier oferta del repertorio habitual parezca ahora insulsa o aguada.
El interés que despierta esta nueva y bufonesca farándula, que se cruza públicamente con sus enemigos y no elude los golpes de puño, es que aparece como la contrapartida de los políticos, a quienes también se los percibe dispuestos a convertirse en payasos que para conseguir votos son capaces de apelar a la demagogia más burda y mentirosa.
Entre lo cómico y lo miserable, los famosos-ignotos funcionan como falsos referentes de una sociedad que, sumergida en una situación social desesperante, parece haber decidido, después de la desilusión de la política y de los políticos, que esta grotesca disección de la intimidad no sólo los afecta menos y los hace reír más sino que allí, a veces, algunos la pagan. "Me divierto más con esto que al escuchar al ministro de Economía", sintetizó sabiamente el diseñador Roberto Piazza.
Chivos emisarios de una sociedad desarticulada a golpes de impunidad, la falsa doctora Giselle Rímolo -encarcelada luego de que se descubrió que a sus pacientes les suministraba extrañas pócimas- y su novio, el presentador Silvio Soldán, afrontan una acusación por asociación ilícita y se han convertido en el blanco de un encono mediático que hace sospechar que allí se está descargando la impotencia por no poder condenar a otros, más poderosos claro, pero quizá tanto o más culpables que ellos. Como si el hecho de ver a Soldán tras los barrotes compensara la liberación de un Emir Yoma. Sólo en este contexto puede entenderse que Silvia Süller, una de las heroínas de la extinción de las inhibiciones, recorra la pantalla convocando a un "cacerolazo" si la Rímolo, su archienemiga, es puesta en libertad.
Lugar de los políticos
¿Existen acaso demasiadas diferencias entre la situación de la falsa galena y la de la diputada Norma Godoy, acusada, entre otras menudencias, de tráfico de niños y de amenazar a periodistas, o la de la flamante diputada Elsa Lofrano que acaba de estrenar escaño pese a estar jubilada por una invalidez que la afectaba en un 80 por ciento de su persona, como no sea el hecho de que están amparadas por una casta política que se protege a sí misma?
Enfrentada a una clase política que cree que la política sólo les pertenece a ellos, perdidos los paradigmas y sin que todavía se haya conseguido elaborar alguno nuevo, la sociedad argentina golpea a tientas para ver dónde descarga su frustración.
Aunque como recurso momentáneo siempre queda aprovechar el trueque, hoy tan en boga, y canjear a los habitantes del Parlamento por los mediáticos de la hora. A la televisión le bajaría el rating, pero las colas para asistir a las sesiones darían que hablar.





