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ANÁLISISLUCIANO ROMÁN

La tragedia de una generación detrás del crimen de Elías

Millones de jóvenes hoy viven con miedo y desasosiego en las periferias urbanas; se sienten indefensos, desprotegidos, expuestos a una fragilidad estructural que atraviesa todas las dimensiones de su vida

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David Elías Ojeda Vázquez, asesinado en el partido bonaerense de José C. Paz por motochorros
David Elías Ojeda Vázquez, asesinado en el partido bonaerense de José C. Paz por motochorros
Luciano Román
Por Luciano RománLA NACION
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Si miramos la foto de Elías Vázquez, veremos el retrato de una tragedia profunda, pero silenciosa.

Elías tenía 23 años. El lunes de la semana pasada volvía del gimnasio a su casa, en José C. Paz, cuando dos motochorros lo asesinaron para robarle la moto. Puede verse como otro hecho brutal de inseguridad urbana, uno más de los tantos que desgarran a familias del conurbano con frecuencia cotidiana. Pero es mucho más que eso: es parte de un drama social que atraviesa a toda una generación. Millones de jóvenes hoy viven con miedo y desasosiego en las periferias urbanas. Se sienten indefensos, desprotegidos, expuestos a una fragilidad estructural que atraviesa todas las dimensiones de su vida.

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Elías no vivía en una zona marginal, sino en un barrio de clase media trabajadora, donde todavía se sueña con salir adelante. Él mismo la peleaba con esfuerzo. Vendía teléfonos celulares, perfumes y ropa por internet. Pero habitaba un entorno en el que las expectativas se han achicado dramáticamente: ya no preocupa tanto llegar a fin de mes como llegar a casa sano y salvo. La idea de progreso, incluso, ha sido reemplazada por la de subsistencia. El trabajo se piensa como algo frágil y transitorio, más asociado al rebusque que a la estabilidad y al futuro. El barrio se convierte en una zona hostil, insegura, pero a la vez funciona como lugar de pertenencia, del que cuesta salir. Su propia fisonomía es sinónimo de degradación: falta de higiene urbana, calles oscuras, infraestructura rota y organizaciones ilegales en dominio del espacio público.

Hay que leer una crónica de Pablo Lisotto para entender el sentimiento profundo en esa barriada donde Elías perdió la vida. Karina lo expresa con claridad: “Mi hijo estudia Sistemas; no veo la hora de que se reciba y se vaya de acá. Lo único que le pido a Dios es que no me lo maten antes”. Los padres y los hijos conviven con esa incertidumbre y esa angustia. “Mi marido está armado”, cuenta la mujer. “Ya van cinco muertes en lo que va del año de muchachos que salen a trabajar o estudiar”. Escapar se ve como la única salida.

Cientos de jóvenes se movilizaron la semana pasada para pedir “justicia por Elías”. Pero también pedían por ellos mismos: “Nos están matando”. Alcanzaba con mirarlos a los ojos para percibir la sensación de orfandad y desamparo. Es el sentimiento que domina en zonas del conurbano que –según la definición del profesor Jorge Ossona– “están demográfica y económicamente detonadas”. Son territorios en los que se ha profundizado una fractura social: conviven jóvenes que estudian y trabajan con otros que han caído en los sótanos de la marginalidad; están hundidos en la droga, atrapados en la telaraña del juego, sin herramientas ni posibilidades para insertarse en el mercado laboral, tentados por organizaciones mafiosas para incorporarse al circuito de reducidores, narcomenudeo y comercio ilegal.

Manifestación de vecinos y familiares por el asesinato de David Ojeda Vázquez en José C. Paz
Manifestación de vecinos y familiares por el asesinato de David Ojeda Vázquez en José C. PazHernán Zenteno

El crimen de Elías retrata esa fractura, pero retrata también un contexto de vulnerabilidad laboral en el que millones de jóvenes están atrapados. El desempleo, en la franja que va de los 17 a los 29 años, duplica la tasa que se verifica entre los adultos de 30 a 64 años: oscila entre 14,6% (en los varones) y 15,5% (en las mujeres) contra una tasa general del 7,8%, según los últimos datos del Indec. Pero entre los ocupados, crecen la informalidad, el cuentapropismo precario y el trabajo eventual. Hay hasta una jerga asociada a esas modalidades laborales: “Yo hago ‘sadofe’”, explicaba una joven enfermera ante un móvil de televisión que cubría, esta semana, la extensa fila para acceder a un empleo en un restaurante de Berazategui. “Sadofe” es un trabajo de sábados, domingos y feriados.

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Entre el empleo precario y la inseguridad hay un nexo directo. Cada vez más jóvenes trabajan en la calle, utilizan la moto como herramienta, se mueven en zonas inhóspitas y en horarios nocturnos. Participan de una dinámica urbana en la que se potencia el peligro: parar en los semáforos puede ser una trampa; “colgarse” del colectivo o el tren es mejor que esperar en la parada o la estación.

La fragilidad laboral se asocia, además, a condiciones habitacionales desfavorables, con posibilidades casi nulas de acceso a una vivienda propia. Se retroalimenta, así, un círculo en el que la máxima aspiración pasa por una supervivencia lo más digna posible, pero en el que los riesgos de convertirse en víctima (de la inseguridad, de las adicciones, del juego, del endeudamiento usurario) crecen exponencialmente.

¿Cómo responden la política y el Estado? Si miramos las reacciones después del crimen de Elías, la respuesta es desoladora. Aparece una mezcla de mezquindad, ideologismo e indiferencia, con tácticas oportunistas para sacarse el peso de encima. El gobierno bonaerense aprovecha para culpar a la Nación por un supuesto recorte de fondos; el oficialismo nacional denuncia la inoperancia de sus rivales en un terreno como el de la seguridad, en el que, efectivamente, han actuado con una indolencia y una ineficacia históricas. Pasa el impacto inicial, el tema se diluye en la agenda pública y los gobiernos vuelven a mirar para otro lado. No aparece una sola idea que conecte con esa demanda de jóvenes que se sienten indefensos y que no encuentran oportunidades.

Velorio de Elias David Ojeda, de 23 años, asesinado por dos motochorros en José C. Paz
Velorio de Elias David Ojeda, de 23 años, asesinado por dos motochorros en José C. PazNicolás Suárez

La inseguridad no es, para el gobierno de la provincia de Buenos Aires, un tema central. Se lo aborda desde un corset ideológico que remite a un falso progresismo, pero sin propuestas prácticas, sin objetivos de corto y mediano plazo, sin coordinación interjurisdiccional ni pedidos de ayuda. Frente al nuevo Código Penal Juvenil, lo único que produjo la Provincia fue un fallo que lo mantuvo varios días suspendido. No hay noticias, sin embargo, de que se haya avanzado en un sistema para facilitar la reinserción social de jóvenes delincuentes o de que se hayan coordinado acciones con el Poder Judicial y el sistema penitenciario. Tampoco se conocen referencias sobre un plan de desarme en las zonas calientes del Gran Buenos Aires ni sobre una política activa de combate contra el narcotráfico. Mientras tanto, solo entre el conurbano y la ciudad de Mar del Plata se denuncian 360 robos por día, según estadísticas oficiales.

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Por supuesto que el de la inseguridad urbana es un tema de enorme complejidad que no se resolverá con medidas mágicas ni depende solo de un ministerio. Pero exige una atención prioritaria, un trabajo sistemático, un abordaje integral. Nada de eso se ve en la jurisdicción bonaerense, más allá de reacciones espasmódicas y de declaraciones de ocasión.

¿Qué se está pensando en materia de educación para proponer un puente entre el achicamiento del cordón industrial del conurbano y la expansión de actividades como la minería, la energía y el software?

Pero tampoco se ve una reacción frente a la tragedia silenciosa de una generación que no solo está expuesta a la inseguridad, sino a una fragilidad estructural. ¿Qué se está pensando en materia de educación para proponer un puente entre el achicamiento del cordón industrial del conurbano y la expansión de actividades como la minería, la energía y el software? ¿Qué propuesta existe para los amigos de Elías que hoy piden justicia, pero también oportunidades y futuro?

¿Cómo se conecta a esa enfermera de Berazategui que hace “sadofe” con hospitales del interior bonaerense que no logran cubrir ese servicio? ¿Qué oferta de capacitación se le propone para los nuevos oficios que demandan la telemedicina y los procesos de robotización en el sistema de salud? Son preguntas que no ocupan el centro del debate público.

¿Qué estrategia se está desplegando en la provincia para contener la ludopatía entre los jóvenes, para impulsar la educación financiera y estimular la diversificación en el campo del emprendedorismo? Todo remite a otros agujeros negros en el discurso político. Son temas que quedan entrampados, además, en el juego mezquino de la especulación electoral.

Esa desconexión explica otro fenómeno: la de los amigos y compañeros de Elías es una generación desencantada, que no espera nada de la dirigencia y vive replegada en una suerte de indiferencia cívica que la lleva a cultivar, respecto de su entorno, una especie de ajenidad visceral. La apatía, el encapsulamiento y la desconfianza definen el espíritu de esa franja social, si se la mira en términos de electorado.

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Imaginemos una escena: ministros bonaerenses y nacionales, juntos, en una conversación franca con esos jóvenes de José C. Paz que la semana pasada salieron a la calle. Escuchar y tomar nota. Solo eso podría ayudar a pensar ideas con los pies sobre la tierra.

La familia de Elías hoy llora su dolor y su impotencia, como tantas y tantas familias de una provincia agobiada por el descontrol delictivo. Pero detrás de esa angustia indescriptible se esconde la tragedia de toda una generación. “Lo único que le pido a Dios es que no me lo maten antes”, ruega Karina, esa madre que vio morir en su barrio a los hijos de otras madres. Es una plegaria, pero también una esperanza: “No veo la hora de que se reciba y se vaya”. ¿Los que se queden estarán condenados? Tal vez sea hora de que la política deje de mirar para otro lado.

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