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OPINIÓN

La traición de Nolan

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Matt Damon in La Odisea (2026)
Matt Damon in La Odisea (2026)
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Numerosos críticos y espectadores se han ensañado con Christopher Nolan y su Odisea. Algunos lo condenan por no haberse apegado más rigurosamente al texto original; por haber convertido al astuto Odiseo, inescrupuloso destructor de ciudades, en un sensible general de brigada atormentado por la culpa. Otros lo reprueban por lo contrario: por no haber sabido apartarse lo bastante del relato homérico; por no haber transformado La Odisea en algo nuevo y distinto, como hizo por ejemplo Coppola con su Apocalypse Now, moldeado con la arcilla de El corazón de las tinieblas.

Ambos grupos tienen buenas razones para avalar sus diatribas. Pero el mismo fervor con que las expresan parece redimir en cierta manera a Nolan. Veámoslo.

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Supongamos que Nolan hubiese querido transformar La Odisea en una película distinta, personal, con vuelo propio. Seguramente habría fracasado. Habría sido así por una razón sencilla: para lograr una buena película partiendo de una gran obra como La Odisea hace falta una cantidad de genio de la que Nolan carece.

Nolan no es Coppola ni es Welles ni es Hitchcock. Es un director inteligente —Memento y la trilogía de Batman lo acreditan—, pero la inteligencia no es genio. Es un director con gran capacidad técnica, podría decirse con bastante talento, pero el talento tampoco es genio. (Schopenhauer escribió que el talento acierta en un blanco que los demás no pueden alcanzar, mientras que el genio acierta en un blanco que los demás ni siquiera pueden ver). En definitiva, cuando decidió no apartarse demasiado del texto original de La Odisea, Nolan evitó ser quien no podía ser.

Supongamos ahora que Nolan hubiese querido construir un Odiseo más ajustado al texto original: un Odiseo calculador, valiente e inescrupuloso como el que nos enseña Homero. ¿Qué habría ocurrido con una película así? Como lector asiduo y feliz de La Odisea, me voy a permitir una conjetura: Nolan habría recibido reprimendas análogas a las que viene recibiendo. Incluso más desoladoras: “Lo único que aporta La Odisea de Nolan es un gran despliegue técnico y algunas actuaciones virtuosas, pero en definitiva no es más que una pobre sombra del texto homérico, que sigue siendo inmortal e insuperable”. Algo así me imagino.

Y tal vez sería razonable: La Odisea homérica está hecha de palabras, palabras maravillosas, palabras vencedoras del tiempo. Las palabras no consolidan imágenes; sólo las evocan, y van variando con los años y los siglos. Cada lectura de La Odisea es una aventura en sí misma, acaso de las más felices que podemos vivir los lectores. Whitehead declaró que toda la tradición filosófica europea consiste en notas al pie de los textos de Platón. De modo análogo, puede decirse que gran parte de la literatura de occidente está contenida en los distintos capítulos de La Odisea.

Christopher Nolan tiene una altísima valoración de sí mismo. Pero esa valoración no lo enceguece. Como Odiseo, Nolan es un hombre astuto. Conoce sus propias limitaciones y también las limitaciones del entorno. Supo que no podía apartarse mucho de La Odisea original porque se lo impedía su falta de genio y también la Universal Pictures. Supo que no debía apegarse demasiado a Homero porque iba a ser confundido con cualquier otro director eficaz de Hollywood. Obró con cálculo: decidió encumbrarse a sí mismo a costa de Odiseo. Decidió conformar una saga cuyos protagonistas fuesen las acotadas obsesiones de Christopher Nolan. Transformó La Odisea en una secuela de Oppenheimer.

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En Oppenheimer no llegábamos a conocer la culpa de aquel moderno destructor de ciudades. Ahora Nolan nos muestra la culpa del antiguo, de Odiseo, a quien, en un alarde de simplificación, atribuye haber transgredido la xenia (la ley de la hospitalidad y el respeto sagrado hacia el extranjero, vinculada a la protección de Zeus) con el caballo de hueca madera letal que obsequió a los troyanos.

Transformar el Caballo de Troya en una bomba atómica y al astuto y valiente guerrero Odiseo en un líder escrupuloso que regresa a su hogar con veinte años de culpa bélica sobre su alma es una traición casi risible a La Odisea de Homero. Pero a veces las traiciones resultan necesarias y provechosas. Y he aquí el mérito no buscado de Nolan al que me refería al comienzo.

En el cuento de Borges Tres versiones de Judas, su protagonista, el teólogo sueco Nils Runeberg, extiende un argumento esbozado por De Quincey medio siglo antes y procura resignificar la figura de Judas Iscariote. Las tres versiones que escalona Runeberg son, en rigor, variantes de una misma idea: la traición de Judas no fue, no pudo haber sido casual; fue parte de una cadena necesaria que condujo a la inmortalidad de Cristo y a la consiguiente redención. Judas, por tanto, no debe ser reprobado. Merece la vindicación, porque también él, en su traición, se sacrificó por todos los hombres. (La tercera versión de Runeberg, la más extrema, sugiere que el propio Dios, para salvarnos, decidió rebajarse hasta lo último: fue Judas).

Las obras de arte necesitan ser discutidas. De las discusiones, incluso de las más vehementes, surgen las nuevas interpretaciones sobre esas obras. Y las interpretaciones son el oxígeno que renueva y amplifica la vida del arte. Con su traición, Nolan ha logrado que se discuta La Odisea como tal vez nunca se la había discutido en la historia. Los más conspicuos helenistas han dado sus opiniones, favorables o desfavorables. Es probable que muchas personas, incitadas por la polémica, lleguen a leer una obra que de otra manera no leerían. Es probable que La Odisea se convierta en uno de los best sellers del año. No alcanza a ser una redención de la humanidad, pero es una feliz redención de la literatura.

Christopher Nolan, bajo la lente de De Quincey y de Nils Runeberg, sería un modesto Judas Iscariote. Los lectores debemos agradecerle su traición.

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