La última victoria de Ronald Reagan
Por Tomás Eloy Martínez Para La Nación
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HIGHLAND PARK, N. Jersey.- Pocas decepciones intelectuales han superado este año la de Dutch , la biografía autorizada que Edmund Morris debía dedicar a Ronald Reagan y para la cual tuvo más facilidades de investigación que ningún otro historiador, antes o ahora. Cualquiera podría pensar que su derrota se debió al exceso de datos, pero no es así. Se debe al exceso de ambición. Morris no es un historiador ni un creador de ficciones y en Dutch quiso ser las dos cosas. Se quedó en ninguna parte o, lo que es peor, en la mitad de todos los caminos.
El tamaño de su fracaso tiene que ver con la inmensidad de los medios de que dispuso. En primer lugar estaba su propio talento. En 1979, Morris era un escritor aficionado oriundo de Kenya, que acababa de nacionalizarse norteamericano y que se había acercado a casi todos los géneros subalternos: algunos libretos de radio, guiones de cine, notas de viaje y redacción de folletos para ventas por correo.
Hacia comienzos de los 70 se le ocurrió que las aventuras de juventud de Theodore Roosevelt "podrían ser un excelente tema para vender en Hollywood, sobre todo si se rescataban sus hazañas de cowboy y sus presagios de que alguna vez sería presidente". De la investigación laboriosa que emprendió Morris surgió una biografía excepcional, El ascenso de Theodore Roosevelt , con la que ganó el Pulitzer, uno de los premios nacionales de 1979 y la admiración del círculo íntimo de Reagan.
Es difícil negar la altísima calidad de aquel primer libro. El comienzo mismo es inolvidable, con su minucioso relato del protocolo presidencial durante la mañana del 1º de enero de 1907. Nancy Reagan debió de soñar, desde que leyó el libro, con tener un biógrafo de ese calibre. Aunque Morris no era un historiador profesional, su obra superaba la de muchos que sí lo eran. Tenía casi novecientas páginas, veintiocho capítulos más un prólogo y un epílogo, y un promedio de cien notas imprescindibles en cada capítulo. Si Morris había reconstruido de modo tan riguroso una figura esquiva como la de Roosevelt valiéndose sólo de documentos y recortes de diarios, cuánto más podría hacer con un presidente que le abría los archivos, lo invitaba a sus viajes y le permitía estar presente en todas las reuniones de gabinete. Ni Boswell, el biógrafo de Samuel Johnson, había tenido accesos tan fáciles a materiales tan reservados.
Además de talento de Morris estaban los medios de que dispuso: las puertas abiertas del Salón Oval de la Casa Blanca más un contrato de tres millones de dólares (en 1985, cuando ningún autor soñaba con esas cifras) para que pusiera en blanco y negro lo que el presidente de los Estados Unidos le ofrecía en todos los colores.
Como personaje, Reagan era más esquivo que Theodore Roosevelt, y Morris lo sabía. Su mayor desafío era desentrañar qué pasaba en verdad debajo de esa superficie humana resbaladiza, hecha de abrazos falsos, de sonrisas indescifrables y, sobre todo, de una inteligencia política que desconocía los límites exactos entre la realidad y la imaginación. Reagan había sido actor y, en cierto modo, jamás había dejado de serlo. Encarnaba a un personaje, pero debajo de ese personaje había un ser humano. El problema era descubrir cuál.
Morris pudo haber entregado la biografía en 1994, cuando el ex presidente sucumbía a las tinieblas del Alzheimer y revelaba, en su última carta pública, que ya no le quedaban memorias ni pensamiento. Pero en ese momento, tras nueve años de trabajo, no tenía en verdad casi nada escrito. Era presa de una de esas sequías creativas para las que hay otro remedio que la paciencia.
Cuando se lee Dutch , esa versión final de tantas desventuras, está claro que Morris eligió el peor camino: se inventó a sí mismo como un personaje nacido en 1912 -un año después que Reagan-, y dispuso que esa vida imaginaria coincidiera en varios puntos con la del biografiado. El entretejido de lo real con lo imaginario, que trata de ser una metáfora de lo que sucedía en la cabeza de Reagan, ha mareado y disgustado a los lectores norteamericanos. Todos se quejan de que Morris declara como historia lo que en parte es pura y simple invención.
Como una ficción
La confusión peor es que Dutch está escrita con las estrategias de un novelista incipiente: cambios bruscos de tipografía, líneas tachadas, palabras encabalgadas que imitan las de James Joyce, fragmentos de diarios, de canciones, de óperas. En el capítulo dedicado al divorcio de Reagan y Jane Wyman, por ejemplo, Morris decide presentar la historia como un guión técnico para cine, cuya primera parte debe ser fotografiada en blanco y negro, y la segunda, con primeros planos de objetos domésticos.
Hay menos revelaciones de las que esperaría cualquier lector bien informado, y las mejores son triviales: Reagan estaba enfermo de una pulmonía grave cuando Jane Wyman dio a luz su primer hijo, una niña prematura, en junio de 1947; Jane Wyman ya no lo amaba cuando recibió el Oscar a la mejor actriz por Johnny Belinda ; el proyecto de escudo galáctico que Reagan trata de oponer a los misiles soviéticos --uno de sus más ruinosos delirios- sólo es desmantelado cuando le extirpan un tumor canceroso, en julio de 1985. No sale a la luz ninguno de los incontables secretos que Reagan acumuló durante sus batallas contra los sandinistas de Nicaragua y nadie podría asombrarse, tampoco, por lo que Morris cuenta sobre el pacto de colaboración entre Reagan y el funesto senador Joe MacCarthy.
El enredo entre lo real y lo imaginario es tan complejo, tan abarcador, que el relato se puebla a veces de ambigüedades, como si estuviera imitando las novelas de Henry James. Un texto histórico no puede permitirse, por más comprensivo y vasto que sea, por más avidez de conocimiento que haya en su búsqueda, las mismas dudas que se permite la ficción. No bien la ciencia histórica tropieza con hechos que no se ajustan a los códigos del realismo, debe contarlos con extremada cautela si quiere que la sigan leyendo como historia.
Zanjas ciegas de la historia
Escribir una biografía es una ceremonia teñida de prudencia. Muchas verdades que no pueden ser probadas se soslayan precisamente por eso, porque no hay acceso a las pruebas. Aun la mejor de las biografías exhala un cierto aroma de represión. El historiador y el biógrafo están condenados a exponer hechos, datos y fechas, a desentrañar el ser real de un hombre a través de las huellas sociales que ese hombre ha dejado. Deben reducir la infinitud de una vida a un texto que es limitado y finito.
El punto de partida de un biógrafo es, fatalmente, la aceptación de su fracaso. A tal punto una vida es inabarcable y la escritura de una vida es inexpresable, que hasta la más minuciosa búsqueda documental tropezará siempre con zanjas ciegas en la historia del personaje. El lector de novelas es comprensivo con esas zanjas ciegas. No les presta atención. Se supone que el novelista lo sabe todo y, por lo tanto, tiene derecho a omitir aquellas partes del todo que no le parecen pertinentes. Cuenta para ello con la complicidad implícita del lector. Pero en una biografía las zanjas ciegas son intolerables. Que el biógrafo no satisfaga cualquiera de las preguntas que le formula el lector, que pase por alto un detalle o que afirme un hecho sin probarlo transforma toda la investigación en algo sospechoso.
Morris olvidó esas leyes elementales y quiso describir a Reagan con juegos de imaginación. Su libro tiene ya un título que mueve a desconfianza: Dutch. Una memoria de Ronald Reagan . ¿Memoria de quién?, habría que preguntarse. ¿De Reagan, de Morris, del compañero de infancia inventado por el biógrafo? La pregunta queda sin respuesta, y nadie le cree a un historiador que ha perdido la brújula.

