Las heridas en la memoria
Por Mario Eduardo Cohen Para LA NACION
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Bien escribe Elías Canetti -premio Nobel de Literatura 1981- que "la humanidad sólo está indefensa allí donde carece de memoria".
La memoria, en este caso, se sitúa en nuestra propia América, en Lima, en un caluroso y ventoso enero de 1639. Estamos en un auto de fe: miles de personas rodean a los presos mientras once de ellos esperan su sentencia por parte de la Inquisición. Uno de ellos es Francisco Maldonado da Silva, el cirujano tucumano que ya ha pasado doce años en las cárceles de la Inquisición, acusado simplemente de judaizante. Sádica, la multitud espera las sentencias. El inquisidor pasa lectura a cada una de las condenas. El tucumano será relajado al brazo secular. En otras palabras será quemado vivo. El espectáculo sobrepasa la imaginación humana.
Como hubiera podido decir Goya, siglos después, Da Silva fue sentenciado simplemente "por mover la lengua de otro modo". La desgracia de la familia de Francisco Maldonado da Silva no termina aquí. Su viuda e hijos comienzan una vida miserable y tienen que vivir de la mendicidad pública. Los bienes familiares habían sido incautados por la Inquisición. En síntesis, la acción del Santo Oficio causó, en este caso, la muerte del sentenciado y el oprobio de su familia.
El objetivo de estas ceremonias macabras no era otro que el de aterrorizar al pueblo. Ya lo decía Francisco Peña en una especie de texto oficial, el Manual de Inquisidores, de 1578: "Hay que recordar que la finalidad esencial del proceso y de la condena a muerte no es salvar el alma del reo, sino promover el bien público y aterrorizar al pueblo".
Lamentablemente, estos espectáculos, aunque no en gran cantidad, fueron comunes en la América hispana. Algunas decenas de personas fueron quemadas aquí por sentencias de la Inquisición española. La Inquisición portuguesa no le fue en zaga y varios miles de criollos fueron llevados a Portugal para ser juzgados. Los libros de historia de nuestra tierra lo omiten deliberadamente. Lamentablemente, el recuerdo de estos mudos testigos ha quedado reflejado sólo en las páginas escritas por los perseguidores. Desde archivos sin voz, estos verdaderos héroes nos piden hoy que les guardemos lugar como mártires de la libertad de pensamiento.
Conocemos al detalle la vida de los verdugos. En cambio, los condenados son, prácticamente, desconocidos. Nuestro inmortal Jorge Luis Borges, en su poema El inquisidor, se supo ubicar en el pensamiento de un funcionario del Santo Oficio: "En los autos de fe vi lo que había sentenciado mi lengua. Las piadosas hogueras y las carnes dolorosas, el hedor, el clamor y la agonía. He muerto. He olvidado a los que gimen..."
Por las vueltas de la historia, varios siglos después aparece hoy la respuesta ética. No todos han olvidado a los que gimen. Hace unos días, el papa Juan Pablo II, máxima autoridad de la Iglesia Católica, ha expresado valientemente el arrepentimiento por la actuación de la Inquisición. Probablemente, para alcanzar esta declaración puede haber tenido que luchar, dentro del Vaticano, contra algunas tendencias ultraconservadoras.
Es significativo que en la conferencia de prensa informativa llevada a efecto en dicha sede se ocuparan algunos funcionarios del Vaticano de reducir la significación de la actuación inquisitorial.
El arrepentimiento quedó plasmado en una nota papal al cardenal Roger Etchegaray, con motivo de la presentación del libro Actas del Simposio Internacional. La Inquisición. Señala el histórico pronunciamiento del Papa que la oración de perdón que realizó el Pontífice en marzo de 2000 "es válida tanto para los dramas ligados con la Inquisición como para las heridas en la memoria que ha provocado". En otro párrafo, dice el Papa al respecto: "La institución de la Inquisición ha sido abolida. Como dije a los participantes del simposio, los hijos de la Iglesia deben revisar con espíritu arrepentido la aquiescencia manifiesta, especialmente en algunos siglos, con métodos de intolerancia e incluso de violencia en el servicio a la verdad" (Tertio millennio adveniente, N ° 35).
Cabe destacar que, desde el inicio de su pontificado, Juan Pablo II tuvo expresiones de desaprobación hacia la Inquisición. Ya en 1982 señaló que "en momentos como los de la Inquisición" se cometieron "errores y excesos". (L´Osservatore Romano, diciembre de 1982.)
La historia es permanentemente contemporánea. Asumir las culpas del pasado es un acto de gran valentía por parte del Pontífice. Habiéndose debatido, seguramente, entre el poder y la ética, se resolvió por esta última. Si bien tan histórica declaración no devuelve la vida a ninguno de los sentenciados por la Inquisición, sí les devuelve su memoria. Y lo más importante: coloca a los historiadores que defienden, a ultranza, a la Inquisición a la derecha de la derecha.
Si bien es cierto que la Inquisición ha desaparecido como institución en el siglo XIX, lo que aún no ha desaparecido de este mundo es cierta mentalidad inquisitorial. En muchos países gobernados por dictaduras, las medidas de control social siguen siendo habituales. El poder autocrático de muchos tiranos se ejerce evitando el pensamiento y la palabra de los gobernados. Debemos estar siempre en alerta contra todo avasallamiento.
Si aprendemos la lección de la historia, debemos estar siempre despiertos ante toda mentalidad inquisitorial. Tal como señaló Mario Vargas Llosa en su referencia al Holocausto, en una frase que se adapta a nuestro tema: «La grandeza trágica del destino humano está en la paradójica situación que no le deja al hombre otra escapatoria que la lucha contra la injusticia, no para acabar con ella, sino para que ella no acabe con él».

