Las nuevas democracias abrillantadas
Ya la cuestión no es que alguien culto acomode su lenguaje para hacer accesibles ideas sofisticadas, sino que cualquiera pueda ofrecerse sin ideas que lo respalden ni tener claro qué haría si ganara una elección
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Uno de los asiduos participantes de la tertulia que celebrábamos todos los jueves con Juan José Sebreli en La Biela era Moisés Ikonicoff. Esmirriado y enclenque, se acercaba dificultosamente a nuestra mesa: esas conversaciones eran un banquete. Hijo de una médica rural y de un pequeño comerciante, llegó a ser profesor de La Sorbona. Combinaba el academicismo con agudas intervenciones públicas y, bajo ese prisma, se convirtió en un polemista temible.
En los años noventa, convocado por Menem para pensar estrategias de gobierno, volvió de Francia con su mujer, Helene –una egipcia cuya familia debió exiliarse a raíz de la persecución de Nasser a los judíos– y su pequeña hija Natascha. Convencido de que gobernar es explicar, como solía decir su amigo Fernando Henrique Cardoso, y de que en la posmodernidad no prevalece la argumentación, sino el eslogan rápido y hasta cierto sesgo ramplón, apareció en programas de televisión de dudosa calidad y hasta hizo teatro de revistas.
Me reuní hace poco en París con Helene y Natascha Ikonicoff, que se volvieron para allá no bien Moisés murió. La reunión fue en Le Bonaparte, el legendario café de Saint-Germain-des-Prés. Natascha creció en la Argentina y estudió filosofía en la UBA, de modo tal que no solo es una perfecta porteña, sino que su cosmovisión excede la de una simple testigo que, de niña, veía a su papá arriba del escenario junto a vedettes exuberantes. Contó que había meditado largamente acerca de aquellas actuaciones de Moisés y que tenía sentimientos encontrados: por un lado, entendía que esas experiencias de los noventa habían sido una táctica adecuada para llegar a un público más amplio, pero al mismo tiempo, viendo la deriva que fue adoptando la política mundial, se preguntaba si no se habría abierto una caja de Pandora en dirección al embrutecimiento.
Está claro que detrás de la presencia histriónica de Moisés en el teatro de revistas anidaba un lector inagotable de los grandes textos, un intelectual de fuste que había dado clases en La Sorbona. Había solidez, pero hoy solo quedaron la teatralización, el espectáculo y la vulgaridad. Los que hoy protagonizan esos shows son personajes rudimentarios, incapaces de elaborar pensamientos complejos, meros repetidores de clisés. Ocultan su ignorancia y rusticidad detrás del maquillaje posmoderno. Quedó solo el packaging, que es lo que imanta a las masas, pero adentro no hay nada, con lo cual se ha vaciado la idea misma de democracia, que pasa a ser un torneo de chabacanerías. La sutileza y lo poético pasaron de moda.
Ya la cuestión no es que alguien preparado y culto acomode su lenguaje para explicar de modo accesible ideas sofisticadas, sino, por el contrario, que cualquiera pueda ofrecerse sin ideas que lo respalden, sin siquiera tener claro qué haría si llegara a ganar una elección. El reino de la temeridad. Marketing químicamente puro. Esto llevó a que la política, que hace poco tiempo estaba en manos de estadistas lúcidos como Giscard d’Estaing, Felipe González, Angela Merkel, Julio María Sanguinetti o Fernando Henrique Cardoso, haya migrado hacia figurones abrillantados, vistosos, de utilería, pero sin ningún rigor intelectual ni contenido: pastores con consignas tan obvias como impracticables; panelistas cuyo equipaje conceptual consiste en dos eslóganes llave; exdeportistas que aprovechan su popularidad; o simplemente millonarios carnavalescos, que blanden como carta de presentación sus éxitos comerciales. Basta que detecten las demandas insatisfechas en la sociedad en cuestión y, con lenguaje llano, con latiguillos de red social, pongan a disposición una solución mágica. El resto del trabajo lo hacen sus peinados raros o sus vestimentas extravagantes, cuya función es llamar la atención de gente a la que no le gusta prestar atención.
Para ejecutar esta operación de desmantelamiento semántico es necesario imponer una división tajante en la sociedad: la creación del enemigo rotundo. Deja de existir “el proyecto de vida” individual, que era un principio básico del liberalismo clásico, e irrumpe un nuevo proyecto colectivo, igual que en el comunismo, pero disfrazado de espontaneidad capitalista: el empleado del mes, el ser humano convertido en una fría máquina de producir y fundido en el entramado empresarial. El escandaloso oxímoron de un liberalismo iliberal. El bohemio que prefiere trabajar menos es un indeseable, el hippie que medita es un indeseable, el que no se adapta a los cánones sexuales que se imponen desde arriba es un indeseable. Solo se tolera a los sumisos.
Así se desalienta y desmonta la conversación pública, no hay nada que hablar con el antagonista, salvo comprarlo con alguna zalema graciosa o engañarlo en medio de la madrugada, cuando está distraído y se le pueden contrabandear bajamente, en medio de normas farragosas, golosinas envenenadas. Hay una infatuación, un regodeo, una revancha simbólica en ese talante autoritario, con lo cual estos nuevos liderazgos de derecha alimentan a los rabiosos, a los que estaban hartos de años de humillación inversa por parte de una izquierda “progre” que, mientras se enriquecía con negocios corruptos, fingía resolver los problemas usando como arma la “e” o la impronunciable “x”. Compran votos con limosnas de venganza.
Pero una democracia sin intercambios, con meras imposiciones y engaños, está lejísimos de ser un sistema nutritivo. Puede conseguir un crecimiento pasajero, pero está apoyada en un tembladeral. Una democracia liberal por definición requiere pacificación (que puedan vivir en un mismo territorio personas y grupos que piensan distinto o que profesan distintas religiones), convivencia (que nadie perturbe el plan de vida del otro, aun cuando sea excéntrico) y debates abiertos (que la verdad se construya coralmente en el ágora pública).
¿Cómo es esto de que en un gobierno “liberal” no se puede discutir nada? ¿Cómo puede ser que se haga bullying al disidente? ¿Cómo es que un gobierno “liberal” se inscribe en un club mundial de nacionalistas, que odian la globalización, que rechazan la inmigración y que desprecian las ideas de alternancia y división de poderes? ¿Cómo es esto de tener que aceptar sin chistar, como si fuera un éxito, una inflación superior al 2% mensual, conseguida a costa del retraso cambiario y de no acumular reservas? ¿Es necesario ser adivino para advertir que se avecina un festival de argentinos viajando al Mundial 2026, con el consiguiente drenaje de dólares, gracias a esa manipulación cambiaria? ¿Cómo no señalar que eso tiene un nombre preciso: populismo cambiario? ¿Por qué, escudados en el equilibrio fiscal, clausuran toda discusión respecto de las asignaciones a los discapacitados? ¿Por qué tanta gente no llega a fin de mes con su sueldo “alto” en dólares? ¿Cómo no debatir –más allá de su improbable factibilidad técnica– si es moralmente aceptable bombardear el sistema imperante de un día para el otro, arrojando al abismo no solo a los culpables y corruptos, sino a un tendal de personas inocentes que solo estaban adaptadas al viejo esquema? ¿Cómo es que nadie grita que de la Argentina de Roca al Singapur de Lee Kuan Yew la clave para desarrollar un capitalismo sustentable es la musculación del Estado y no su liquidación?
Este espeso friso de interrogantes tropieza con un único problema: las nuevas democracias abrillantadas no tienen respuestas racionales; solo tienen dogmas, infinitos dogmas.





