
Las víctimas del régimen
Por Félix Luna Para LA NACION
1 minuto de lectura'
Hacia 1955, todo opositor al régimen oficial se situaba al borde de la traición a la patria. Así lo había establecido Perón, lo había vociferado Evita y así lo repetían las consignas reiteradas una y otra vez por los diarios y las radios del sistema. "Vendepatrias", "cipayos", palabras confiscadas al nacionalismo, calificaban al ciudadano no peronista, que era visto como alguien excluido, marginado, ajeno a esa "Nueva Argentina" en la que todos debían ser naturalmente felices.
Si se partía de esta premisa, lo natural era que existieran presos políticos. Puede decirse que entre 1948 y 1955 las cárceles del país siempre albergaron a disidentes en mayor o menor cantidad. A veces, un sobresalto en las altas esferas del poder o una sospecha de los servicios mandaban a prisión a centenares de ciudadanos. En tiempos más sosegados, no eran tantos, pero siempre existía una cuota mínima permanente: Cipriano Reyes, David Michel Torino, algunos obreros socialistas o comunistas, ciertos militares eternamente señalados como conspiradores. Estos montecristos del régimen peronista eran ubicados en una categoría diabólicamente indefinida: estaban "a disposición del Poder Ejecutivo", lo que significaba que para ellos no había hábeas corpus ni recurso judicial alguno: podían languidecer años en la cárcel sin que ninguna garantía legal los amparara.
El paso previo a la condición de presos era un proceso por desacato, figura jurídica vaga y extensible según la voluntad de los sumisos jueces federales de entonces. A partir de 1951, se completó la red legal con el decreto sobre "seguridad del Estado", que convertía a los acusados en verdaderos parias de la Justicia, ya que se los obligaba a permanecer detenidos hasta el final de la causa, aunque resultaran absueltos. Súmese a esto la declaración del "estado de guerra interno" (1951) y se advertirá que todo estaba dado, en la Argentina de Perón, para que el opositor fuera una nulidad como sujeto de derechos.
Pero el autoritarismo suele ser torpe. Los nueve meses que pasó Ricardo Balbín en la cárcel de Olmos, sometido al trato de un preso común (atenuado por una red de afectuosas complicidades que inmediatamente se urdió allí), lo convirtieron en un líder: medio año después de su liberación fue proclamado candidato a presidente por la UCR y hasta el fin de sus días se engrandeció con el recuerdo de su digno cautiverio. En cambio, en el caso de Moisés Lebehnson, su sensible espíritu no resistió la penuria de su confinamiento y su corazón dejó de latir poco después de haber sido liberado. Alfredo Palacios, huésped frecuente de las cárceles peronistas, lo era sin perder su condición leonina; sus carceleros lo respetaban, dejaban abierta la puerta de su celda por la noche y el viejo luchador socialista despertaba a todo el pabellón cuando su voz estentórea anunciaba "¡Esbirro, voy a mear...!" A Juan Antonio Solari, como una gran concesión, le permitieron ir a su casa por un día: así pudo estar presente en el momento en que moría su esposa. Alguno se quebró en prisión: fue el caso de Federico Pinedo, quien desde la Penitenciaría dirigió una carta a Perón anunciando su triunfo y proponiendo una política de conciliación.
El 11 de junio de 1955, los reflejos del régimen peronista funcionaron como de costumbre: hubo centenares de detenidos de todos los colores y partidos. La mayoría fue puesta en libertad las semanas siguientes, en sintonía con el giro que imprimió Perón a su gobierno en los que serían sus últimos meses en el poder.
Pero hubo un preso al que no se pudo liberar. Fue el doctor Juan Ingalinella, médico rosarino de filiación comunista. Lo había detenido la sección política de la policía de Rosario el día del bombardeo a la Plaza de Mayo. Lo torturaron bárbaramente, sin que su escasa importancia política hiciera siquiera entendible el motivo de ese ensañamiento. Se les quedó en la picana. Cuando estalló la Revolución Libertadora, el asesinato del doctor Ingalinella estaba en proceso de esclarecimiento. Fue una luctuosa expresión de la naturaleza del régimen que se estaba desplomando.

