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OPINIÓN

Las zapatillas desatadas

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Las zapatillas desatadas
Las zapatillas desatadasRedacción LA NACION
Dolores Caviglia
Por Dolores CavigliaLA NACION
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Mis pies no están entre mis partes favoritas. Me encantan mis muñecas, mis clavículas, mis orejas. No mis pies. Mucho menos mis piernas, pero no mis pies. Son simpáticos cuando me gustaría que fueran elegantes. Son anchos, tienen dedos cortos, son planos. Y me controlan por completo, eso es lo que más detesto. Si tienen frío, tengo frío; si están cansados, estoy cansada; si tienen dolores, yo estoy dolorida; y si están sensibles, es peor. Eso parecen, algo que tengo pero no es mío. Yo siento los pies todo el tiempo. No siento las manos todo el tiempo, el cuello todo el tiempo, la cadera todo el tiempo, pero los pies sí. Ahí están, como separados de mi cuerpo, pero comandantes porque son la base; a partir de ellos, lo demás. Les molestan las medias de lycra, les molestan las medias muy altas, las muy ajustadas, las demasiado blandas. Jamás pude usar botas. En el pico de mi vida nocturna, entre bares y boliches, se habían puesto de moda unas botas de cuero chatas pero de caña altísima y cierre al costado súper sexy, tan sexy que había que pasar varios segundos tirando de la hebillita YKK hacia arriba. Eran un lujo. Mis amigas las llevaban con una onda que rompía las baldosas rotas del conurbano en que crecí pero yo chatitas, con flores bordadas o troqueladas en la gamuza. Mis pies estaban en mi contra. Y siguen así, ahí, se hinchan fácil, me pesan si paso mucho tiempo sentada, acostada, agachada, me presionan las veinticuatro horas del día.

Por eso tengo este nuevo gusto. Porque me vencieron. Y vencida, cedo. Antes podía pasar horas en una zapatería mirando los pares que quería comprar, probando los talles porque a veces soy 36 y a veces no, eligiendo, ¿otra vez en marrón?, tengo que cambiar de color, imaginando con qué pantalón iban a quedar mejor, ¿me animaré a usarlos con falda larga?; hoy lo que me encanta es caminar por la calle con los cordones desatados.

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Empezó en la pandemia. Salía poco de casa, iba solo a lugares cercanos y debía sacarme todo lo que llevaba encima al entrar porque el miedo a traer el virus en cualquier cosa era real así que, primero por practicidad, me calzaba las zapatillas pero no las ataba. Era más rápido, más seguro, más sano. Era en vano atarlas para desatarlas y atarlas para desatarlas y atarlas para desatarlas una vez más. Era el 2020 y yo iba a la verdulería con los cordones desatados, al supermercado con los cordones desatados, a sacar la basura con los cordones desatados. Con los meses el encierro se fue abriendo pero mi gusto no cambió. Es un placer hacer dos movimientos simples, punta izquierda-talón derecho, punta derecha-talón izquierdo, descalzarme y avanzar por el parquet de casa. Si fuera valiente, les pediría a todos los que me visitan que lo hagan, que dejen sus zapatos en la entrada. Ahora camino siete cuadras para ir a pilates y voy con los cordones desatados, camino cinco cuadras para ir a yoga y voy con los cordones desatados, tengo 43 años, organizo para tomar un café por el barrio con amigas y voy con los cordones desatados, hay días en que salgo a trabajar a las 5.40 de la mañana y regreso en colectivo a las 15 y sigo igual. Son mis pies, que mandan.

Aunque a veces también pienso que soy yo. Que este es mi pequeño gesto de rebeldía al mundo. Cumplo con todo lo que hay que cumplir, pago las cuentas que hay que pagar, trato a la gente como hay que tratar, estudio, trabajo, leo el diario, llamo en los cumpleaños, agradezco cuando debo, pido perdón, cruzo por las esquinas, tiendo la cama cada día, lavo los platos, perfumo la casa. Pero lo sé, conozco el sinsentido de hacer todo bien, de hacer las mismas cosas una y otra vez, una y otra vez. Actúo como si no, pero sí lo sé. Nada asegura nada. Nada cambia nada. Por eso mis pies. Al menos ellos.

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