
Los asirios no son los fenicios
Por Inés Fernández Moreno Para LA NACION
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Una vez, cuando yo era chica, una tía despistada preguntó en la mesa: “¿Los asirios son los fenicios?”. “¡No!”, fue la respuesta unánime de la platea masculina, que se las arregló para cargar el humilde monosílabo de contundente ironía. Además de las razones históricas del caso, se recordó al glorioso Macedonio Fernández, sus categorías de las cosas sin ellas –el café descafeinado o los caramelos sin azúcar– y de las cosas otras –el libro que al abrirse resulta ser un costurero o cajita musical, la pistola encendedor, el pato que es teléfono o radio o despertador, y tantos otros objetos pertenecientes a la equívoca moral kitsch–. Se recordó a continuación que aquella misma tía, en otra oportunidad, había preguntado: “¿Qué son estas aceitunas chiquitas que me enloquecen?”. “Alcaparras”, habían respondido a coro las mismas voces. Se concluyó, entonces, que existía una tendencia a explicar lo desconocido por medio de lo conocido, como mecanismo primitivo de conocimiento. Pero que quedara bien claro que una cosa era una cosa y otra cosa era otra cosa. Verdad cristalizada en el refrán familiar: “Los asirios no son los fenicios”, que se esgrimió desde entonces para ahuyentar cualquier asomo de vacilación ontológica.
Estos aprendizajes de la infancia adquieren fuerza indestructible. Pero ¡cómo se ríe la realidad de nosotros! En este último viaje que hice a España volví a comprobarlo cuando, a los pocos días de llegar, aparecieron en mi panorama el mejillón cebra, el mosquito tigre, la mosca suboscura y la perca del Nilo.
En efecto, según leí en los diarios locales, hay una gran inquietud ante el avance de mejillón cebra en las aguas ibéricas. Imaginen mi sorpresa ante la aparición de semejante animalejo. Porque los mejillones no son las cebras, como los asirios no son los fenicios ni los sumerios ni los medos (ya las cebras, en la tierna infancia, provocaban cierto desasosiego, puesto que se trataba de una suerte de caballitos, pero con ese “agregado” de las rayas; su existencia era, por así decirlo, subsidiaria).
El mejillón cebra es un molusco bivalvo originario de los mares Negro y Caspio, pero que ha hecho un largo camino hasta lograr infiltrarse en España a través del Ebro (el comercio, la globalización). Crecen y se reproducen como conejos, por lo que ahora constituyen una plaga temible. Como el malvado bivalvo se alimenta de fitoplancton y compite con otras especies autóctonas, va destruyendo la fauna y flora silvestres. Por otro lado, tapiza todo el sustrato que encuentra a su paso y tapona turbinas, desagües, depósitos, canales de riego, cascos, embarcaderos, centrales hidroeléctricas, plantas potabilizadoras de agua, etcétera, hasta llegar al vulgar caño de la cocina. Un desastre.
El mosquito tigre es una especie de mosquito proveniente del Asia. En Europa, y también como efecto secundario de la globalización, se ha detectado en Albania, Italia, Francia, Bélgica, Suiza, Hungría, Montenegro y Grecia. En Cataluña se notificó su presencia en el verano de 2004, y este verano se propagó de manera notable. Su aspecto y tamaño no inspiran ningún temor: oscurito y de cinco milímetros, como cualquier mosquito de charco vecino. Sin embargo, tiene la voracidad de un tigre y su mordedura es más dolorosa. Además, no pican solamente durante el atardecer y la noche como lo haría su pariente civilizado, sino que trabajan a doble turno para saciar su hambre. La mosca suboscura es una vieja conocida, que habita en los bosques europeos y que Juan José Millás sacó a relucir en un artículo encantador publicado en El País, en que la relaciona con otros submundos. Sin embargo, pese al prefijo que parece subestimarla, la suboscura es uno de los linajes de la Drosophila, fundamental en su alternancia con el segundo linaje para preservar la biodiversidad.
De la perca del Nilo tuve noticia por medio del estremecedor documental de Hubert Sauper, La pesadilla de Darwin, donde se cuenta cómo, en los años 60, en el corazón de Africa, se introdujo la perca del Nilo en el lago Victoria, como un pequeño experimento científico. Esta nueva especie resultó ser un poderoso depredador, que arrasó con todas las especies autóctonas del gigantesco lago. A partir de entonces, reinó tan única como la empresa que la explota para llevar su exquisita carne a las mesas europeas. Pero esto no es todo, ya que los aviones que se ocupan de exportarla importan de regreso armas para las guerras del continente. De paso, cañazo: una alianza monstruosa en que a los pobladores miserables del lugar sólo les queda como alimento una subsubespecie: los desechos putrefactos de la perca, que mejor hubiera hecho en quedarse en el Nilo.
Pese a provocar tanto descalabro, ninguna de estas especies ha tenido que saltar alambradas, llegar nadando con hipotermia hasta una costa vecina, ser hacinado en campos de tránsito, hacer largas colas frente a los consulados, demostrar contratos de trabajo previos ni aprender catalán para sumar puntos en un carné de buen inmigrante. Tampoco tuvieron que hacerlo en su momento las aves que transmiten la gripe aviaria. Esas barreras están reservadas para otra especie, considerada por muchos una plaga más inmanejable aún: la de los inmigrantes.
El salto de un ejemplo al otro podrá parecer brutal, tanto como el hambre en el Africa. Frente a las necesidades primarias, poco diferencia a un hombre de un molusco o de un chimpancé.
La inmigración ha demostrado (aunque no deberían “demostrar” más que su necesidad de ayuda) efectos positivos en diversos países. La fuerza de su trabajo ha hecho crecer de manera radical el PBI, ha renovado poblaciones envejecidas y hasta ha dado un estimulante impulso a la “diversidad” cultural. Sin embargo, hay grupos suboscuros en todo el mundo que persisten en defender a ultranza las prerrogativas de una identidad nacional y de un orden supuestamente natural e inmutable. Son los que prefieren llaman “bolitas” a los bolivianos, “sudacas” a los argentinos, “moros” a los africanos o “chicanos” a los mexicano-norteamericanos, para poner unos pocos ejemplos.
Por más que reconozcamos la identidad de los pueblos y las dificultades reales para integrar de manera equilibrada los movimientos de los desplazados, lo que está claro frente al mundo de hoy es que hay que mantenerse muy alerta si queremos seguir siendo hombres hombres y mujeres mujeres. Frente a una humanidad que, como dice Saramago, “a cada instante se vuelve más imprecisa”, deberíamos oponer unos derechos humanos menos utópicos. En cuanto a mi refrán, es evidente que le va quedando muy chico a la realidad. Los asirios son los fenicios, son los argentinos o son los africanos, a la hora de sentarse a la mesa de un planeta que nos pertenece a todos.





