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OPINIÓN

Los desafíos que plantea el desarrollo de la IA son filosóficos

Dejemos de hacer comisiones para las reformas de siempre y pensemos en una en serio: la verdadera discusión son las reglas del siglo XXI

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(Foto: Pexels)
Bernardo Saravia Frías
Por Bernardo Saravia FríasPARA LA NACION
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La política es un sistema de soluciones para un sistema de problemas. El drama argentino es insistir con las soluciones de siempre, sin dar en la tecla. Los últimos tiempos con un agravante: responden a idearios cada vez más viejos. Tal vez esto explique la degradación de la política argentina y su desconexión de las expectativas de la gente. La agenda legislativa sigue girando alrededor de los mismos debates de hace décadas, como si el principal desafío todavía fuera perfeccionar el siglo XX.

El mundo es otro: la inteligencia artificial no plantea una innovación tecnológica más, sino otro paradigma para producir el conocimiento, tomar decisiones y organizar el poder. Es el despliegue de una nueva metafísica: el hombre es desplazado del centro de gravedad por una tecnología que instaura una nueva lógica, una nueva ética y una nueva estética. En otras palabras, deja de contar cómo piensa el hombre, qué considera bien o mal, o bello. Dejamos que esas líneas las trace una inteligencia que es artificial, abandonándonos a un nihilismo tecnológico.

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Ante tamaño cambio de época, la política argentina insiste en resolver los enigmas con las astucias legislativas de siempre. Nuestro movimiento es el péndulo con el mismo mantra: reforma laboral y tributaria; blanqueos cada vez más opacos y dale con el Código Penal. Iterando con idénticas reformas pretendemos inaugurar un marco jurídico para la Argentina en el mundo del siglo XXI. Pues no. Y desatendemos la única ley que resiste el paso del tiempo con sabiduría: la Constitución, el mejor sistema de soluciones.

Porque los desafíos que plantea el desarrollo de la inteligencia artificial son todos filosóficos y de orden constitucional. Por empezar los derechos individuales, la intimidad y la libertad, como dan cuenta los juicios contra la empresa Meta en Estados Unidos por la promoción impune a infantes del uso de sus redes. Sigue la seguridad, tanto interior como exterior; y el concepto de soberanía, que queda desfasado por un derecho internacional público concebido para el territorio. Luego la economía y el trabajo, con absurdas promesas de subsidios como reemplazo del bíblico sudor de la frente. Y el ambiente, especialmente por la energía (y el agua) que consumen los data centers necesarios para contestar preguntas cada vez más básicas de un hombre que se entrega.

Y acá viene la pregunta más desafiante: ¿en serio confiamos en cuatro o cinco técnicos (comercialmente muy hábiles, pero filosóficamente elementales) para crear una nueva metafísica que con suerte Platón, Spinoza, Descartes y Nietzsche pensaron? ¿Como país queremos ser testigos o protagonistas? Vamos por algo concreto: ¿un país con cinco premios Nobel no puede instaurar un equipo que al menos empiece a pensar un orden jurídico para lo que ya es el presente? ¿En serio vamos a dejar que una suerte de timocracia siente las bases de una nueva metafísica, de unas nuevas ética, lógica y estética? Dejemos de hacer comisiones para las reformas de siempre y pensemos en una en serio. El desafío es grande, la oportunidad es enorme: la verdadera discusión son las reglas del siglo XXI.

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