Los hombres las prefieren débiles
Por Maureen Dowd Para LA NACION
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WASHINGTON
Hace unos años, en una cena de periodistas acreditados en la Casa Blanca, conocí a una actriz bellísima. Intercambiamos algunas palabras y, de pronto, me dijo: "No puedo creerlo. Tengo cuarenta y seis años y soy soltera. Los hombres sólo quieren casarse con su secretaria privada o con una experta en relaciones públicas".
Yo venía notando esa tendencia. Los hombres célebres y poderosos se vinculaban con las jóvenes encargadas de atenderlos y, en cierto modo, cuidar de ellos: sus secretarias, asistentes, niñeras, proveedoras de catering, azafatas, investigadoras y verificadoras de información.
Estas mujeres son las nuevas sirenas porque, como dijo un conocido mío, "para ellas, su jefe es el sol, la luna y las estrellas". Todo es cuestión de servir a su dios solar, hacerle zalamerías y revolotear alrededor de él.
En aquellos grandes films que Spencer Tracy y Katharine Hepburn protagonizaron hace más de medio siglo, lo excitante eran las réplicas, el chisporroteo de un romance entre iguales. Los cineastas de hoy parecen interesarse mucho más por el aura sedante de los romances de parejas desiguales.
En Spanglish, de James Brooks, Adam Sandler es un chef de Los Angeles que se enamora de su ardiente mucama mexicana. Ella va limpiando lo que él ensucia y no sabe hablar inglés. La presentan como la mujer ideal. La esposa (Téa Leoni) es repulsiva: parlanchina, infiel, superficial, hiperactiva y exitosa. Un monstruo que acaba de perder su empleo en una agencia de diseño comercial. Imaginen a Faye Dunaway en Poder que mata (Network), si hubiese tenido que quedarse en casa, o a Glenn Close en Atracción fatal, sin su encanto.
La misma atracción basada en la desigualdad inspiró el film Realmente amor, de Richard Curtis, que fue un éxito de taquilla en 2003. Hugh Grant encarna a un primer ministro británico, sofisticado y ocurrente, que se enamora de la muchacha regordeta que le trae el té con scones. Un hombre de negocios casado con Emma Thompson, una mujer fuerte y responsable, se derrite por su secretaria sensual. Un escritor queda prendado de su criada, que sólo habla portugués. (Me pregunto si no habrá algún nexo entre la tendencia a elegir por protagonistas a mucamas que no hablan inglés y las inclinaciones de los tipos que, por la mañana, gustan mirar a Kelly Ripa con el televisor mudo.)
Al convertir a las mujeres que buscan la igualdad en narcisistas egoístas, que inspiran más rechazo que afecto, el arte está imitando a la vida. Como escribió recientemente John Schwartz en The New York Times: "Los hombres prefieren casarse con su secretaria, más que con su jefa. Quizá, la culpa la tiene la evolución".
Un estudio psicológico, efectuado por investigadores de la Universidad de Michigan en un grupo de estudiantes de colegios universitarios, indica que los hombres que gustan mantener relaciones prolongadas prefieren casarse con mujeres que ocupen cargos subordinados, antes que con supervisoras. La doctora Stephanie Brown, directora del estudio, lo resume así: "Las mujeres poderosas están en desventaja en el mercado matrimonial porque, tal vez, los hombres prefieren casarse con mujeres menos logradas". Ellos consideran más probable que los engañe una ejecutiva.
"Establecimos la hipótesis de que ciertas presiones evolutivas impelen a los varones a tomar medidas para minimizar el riesgo de criar hijos ajenos", explica Brown. En cambio, no observaron una diferencia notable en la atracción de las mujeres por hombres jerárquicamente superiores o inferiores a ellas. Tampoco en las preferencias de los hombres cuando se trataba de compartir una sola noche.
Otro estudio, aún más reciente, esta vez por investigadores de cuatro universidades británicas, indica que los hombres talentosos, muy exigidos por su trabajo, preferirían una esposa a la antigua, parecida a su madre, antes que un matrimonio entre iguales. Un coeficiente intelectual alto es una ventaja para el varón y una desventaja para la mujer. Por cada 16 puntos, las perspectivas matrimoniales de él aumentan un 35 por ciento y las de ella caen un 40 por ciento.
Pero, entonces, ¿el movimiento feminista fue una especie de engaño cruel? ¿Las mujeres son tanto menos deseables cuantos más logros alcanzan? Ellas quieren relacionarse con tipos con quienes puedan dialogar en serio. Por desgracia, muchos de estos hombres quieren relacionarse con mujeres a quienes no tengan que dirigir la palabra.
Consulté a la actriz y escritora Carrie Fisher. Me confirmó que las mujeres que desafían a los hombres tienen problemas. "Hace añares que no tengo una cita -dijo con aspereza-. Desistí de salir con hombres poderosos porque querían citarse con mujeres que ejercieran profesiones de servicio. Decidí hacer lo mismo, pero descubrí que los reyes quieren ser tratados como reyes y los príncipes consortes también."


