
Los ideales también curan
Hoy se celebra el Día Mundial de la Asistencia Humanitaria
En una época atravesada por la inmediatez, la polarización y una sensación creciente de incertidumbre, me pregunto: ¿qué lugar ocupan hoy los ideales?
A veces da la impresión de que el mundo nos invita a ser escépticos, a creer que los principios han perdido valor, y que poco pueden hacer frente a la complejidad de los desafíos que enfrentamos cada día. Que una sola persona difícilmente pueda hacer la diferencia y que con tener convicciones ya no alcanza. Sin embargo, después de más de 20 años de trabajo con Médicos Sin Fronteras (MSF) aprendí exactamente lo contrario.
He acompañado partos durante epidemias. He visto hospitales seguir funcionando en medio de bombardeos. He trabajado en comunidades muy lejos de mi casa, junto a colegas que terminaron convirtiéndose en familia. Y de todas estas experiencias, hay algo que quedó marcado en mí: la medicina es indispensable, pero por sí sola no es suficiente. Detrás de cada consulta, de cada cirugía y de cada vida que logramos salvar hay algo más que conocimiento científico. Hay personas que deciden actuar guiadas por principios. Hay ideales que se convierten en acciones.
Luego de tantos años trabajando en contextos humanitarios tan distintos, como los de Bolivia, Colombia, Sierra Leona, Uganda, Angola o Níger, en ocasiones me preguntan cómo es que MSF logra estar presente en zonas de guerra, desastres naturales y otras crisis de alto riesgo y difícil acceso. La respuesta no está solamente en la medicina, ni en la logística, ni en la capacidad de respuesta ante una emergencia. Está en la manera en que entendemos nuestro trabajo: guiados por los principios de humanidad e independencia, y sostenidos por un compromiso que nos impulsa a estar presentes allí donde más se nos necesita.
La humanidad parece un concepto sencillo, pero sostenerla exige una gran determinación. Significa atender a toda persona que necesite ayuda, sin importar qué frontera haya cruzado, cuál sea su religión, en qué idioma hable o de qué lado del conflicto se encuentre. Significa reconocer que, antes de cualquier diferencia, hay una vida que merece ser cuidada con dignidad.
En lugares como Gaza, Sudán o Haití, donde la violencia se volvió parte de la cotidianeidad, la humanidad suele ser lo primero que se pierde. Por eso, actos como cuidar y respetar la dignidad de las personas se vuelven tan importantes como un diagnóstico o un tratamiento. Siempre digo que el dolor no siempre se calma con anestesia; muchas veces también se alivia escuchando y acompañando.
La independencia también salva vidas, aunque a veces se la asocie con cuestiones económicas o administrativas. Para nosotros es algo mucho más concreto: poder actuar únicamente en función de las necesidades médicas y humanitarias y hablar cuando somos testigos del sufrimiento, sin estar condicionados por intereses políticos. Esa libertad de acción existe gracias a los millones de personas en todo el mundo que sostienen nuestro trabajo con sus aportes individuales. Son ellas quienes hacen posible que podamos seguir llegando a donde más se nos necesita. Me gusta pensar que quienes deciden apoyar a MSF también comparten estos ideales.
Y está el compromiso. Porque no solo es la atención médica. Nuestro trabajo es el resultado del compromiso de un equipo interdisciplinario más amplio, que reúne profesionales de la salud, la logística, el agua y saneamiento, la comunicación, las finanzas, los recursos humanos, la administración y muchas otras áreas. Cada persona cumple un rol distinto, pero todas compartimos los mismos ideales.
El compromiso también significa permanecer. Porque las necesidades no solo no desaparecen, sino que cambian, evolucionan y vuelven a surgir. Lo vemos hoy en la República Democrática del Congo, donde trabajamos de manera ininterrumpida desde 1981. Allí, en este momento, nuestros equipos responden a un brote de Ébola que, en apenas dos meses, se convirtió en la epidemia de propagación más rápida registrada hasta el momento. En sus primeras once semanas ya provocó cerca de 1.600 muertes. Una emergencia así requiere más que respuesta inmediata, exige constancia, presencia y decisión de seguir acompañando a las comunidades el tiempo que sea necesario.
Hoy las crisis humanitarias son cada vez más numerosas, más prolongadas y complejas. Los recursos son limitados y millones de personas siguen sin poder acceder a un derecho tan básico como la atención médica.
Sería fácil dejarse llevar por el desánimo. Sin embargo, después de todos estos años, hay algo que sigue dándome esperanza: comprobar que todavía existen personas que eligen no ser indiferentes, que creen que ninguna vida vale menos que otra, dispuestas a actuar movidas por la humanidad, la independencia y el compromiso. Porque cuando los ideales se transforman en acciones concretas, también curan.




