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Ideas

Los miedos. Vivir en un mundo incierto, sacudido por una amenaza global

Santiago Kovadloff
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21 de marzo de 2020  

"El siglo del miedo". Así designó Albert Camus al siglo XX. Pero bien valen sus palabras para lo que va del actual. El nuestro sigue siendo un mundo en manos del miedo.

Fue también Camus quien supo brindarnos, en su novela La peste , un escenario de conflictos en los que podemos reconocer la atmósfera agobiante de estas horas.

El asalto imprevisto y devastador que sufre nuestra especie por parte del coronavirus prueba que el miedo no se origina únicamente en los males desencadenados por el hombre. Somos criaturas subordinadas a más leyes que las establecidas por la razón y las pasiones. Estamos expuestos a riesgos y formas de exterminio que no solo provienen del desprecio por la convivencia pacífica y los derechos humanos. Unos y otras se derivan también de nuestra fragilidad orgánica. De enfermedades a las que somos propensos y que se suceden a lo largo de la historia con una misma intención aniquiladora. A muchas, el ingenio humano ya ha sabido vencerlas tras pagar el alto precio de muertes incontables. A otras, aún no. Entre ellas está la pandemia actual. Su paso entre nosotros sigue siendo el de los Jinetes del Apocalipsis.

¿Qué la detendrá? ¿Hasta cuándo el miedo tendrá la última palabra?

Volveré sobre él en el desenlace de este ensayo. Vale la pena hasta allí no subestimar otras configuraciones del miedo que no son menos significativas.

Hoy resulta agobiante el desafío planteado por el calentamiento global. No todos lo advierten y no faltan quienes lo nieguen. Pero se trata de una catástrofe planetaria que dilata más y más sus fronteras y de la que nosotros somos promotores. Cuanto mejor se conocen los motivos que impiden el progreso de las cumbres climáticas, más crece el miedo que despierta el desapego a las soluciones ambientales.

¿A qué aspira el hombre? ¿A terminar con su especie?

La conclusión de Camus resuena todavía con intenso laconismo: "Vivimos en el terror porque la persuasión ya no es posible".

Finalizada la última centuria y repasando sin concesiones sus rasgos distintivos, otro escritor, Tony Judt, no dudó en designarla como una "nueva era del miedo". La coincidencia entre él y Camus dista de ser casual. Menos aún, infundada. Pese a tantos adelantos que la han prolongado, la pérdida de valor de la vida humana es el signo distintivo de nuestro tiempo. Puesto al servicio del poder, el progreso se ha desentendido de la ética. Ese desamparo esencial ha bastado para que el miedo se afianzara en nosotros allí donde la prevención en salud, el confort y el desarrollo del saber parecían destinados a desarraigarlo.

Más allá de las diferencias existentes entre las democracias mejor desarrolladas y las que no lo están, hay que decir de la nuestra que, con su anemia institucional crónica, figura entre las que menos disimulan esa pérdida de valor que ha recaído sobre la vida humana. Bastan, para recordarlo, tres ejemplos recientes, indisociables del crecimiento alcanzado, en la Argentina, por el miedo social. Siguen impunes el peor atentado terrorista sufrido por el país (AMIA, 1994), el asesinato del fiscal de la Nación que se había propuesto demostrar la complicidad de la política local en el encubrimiento de ese atentado (Alberto Nisman, 2015) y el crecimiento atroz de la pobreza en uno de los países más ricos de la Tierra.

Lejos de terminar con el miedo, el país que retornó a la vida democrática en 1983 lo ha potenciado. La razón es clara: la decadencia inocultable. La ley, entre nosotros, no resistió la embestida de la perversión política. La demagogia y la ineficiencia destruyeron la economía, el Estado, la educación. El deterioro de la República ha vaciado de consistencia la palabra constitucional. La inseguridad, entre nosotros, abarca todos los órdenes y no ha hecho más que extenderse. La Argentina sigue siendo un oscuro país.

El apego a la cautela y la mesura, pregonado sin descanso por los trágicos griegos, se originaba en el terror inspirado por la catástrofe sufrida invariablemente por quienes caían en el desenfreno de la autosuficiencia. Enmascarándose en la cordura aparente, ese desenfreno se arrogaba los atributos de la razón cuando en verdad solo era expresión de una pasión ciega, intransigente, obstinada. De más está decir que su actualidad no ha cedido. Es "miedo a la vida", en lo que tiene de irreductiblemente complejo. Así lo llama Rob Riemen.

Australia en llamas; crece el miedo que despierta la crisis climática
Australia en llamas; crece el miedo que despierta la crisis climática Fuente: AP - Crédito: Mick Tsikas/dpa

El miedo a la oscuridad. Nadie lo desconoce. Yo, por supuesto, tampoco. Es un lugar común de la experiencia infantil. Y, como en el caso de tantos hasta donde me lo asegura la memoria, el miedo a la oscuridad fue el primero de mis miedos.

Al desvanecerse las formas de mi cuarto tras la puerta que mi madre cerraba por la noche, me sentía atrapado en esa realidad amorfa y espesa que, como una marea ascendente, amenazaba con tragarme. Aterrorizado y a fuerza de llorar, lograba mi propósito: la puerta volvía a abrirse. Un resquicio de luz probaba que mi lamento había sido escuchado.

No solo una amenaza puede opacar el día y dejar oír en nosotros el latido del miedo. El miedo puede provenir también de las palabras que llevan a presentir un propósito oscuro en quien las pronuncia. El psicópata es un brujo que ejerce como nadie el sortilegio de instilar esa oscuridad en la expresión de su propósito aparente.

El silencio con que alguien acoge un pedido acuciante de ayuda u orientación puede ser un signo de oscura hostilidad e infundir miedo al rechazo, a la incomprensión, a la indiferencia.

Conozco bien el miedo a las pesadillas recurrentes. No hablo de las ocasionales, hablo de las que insisten y se adueñan de noches sucesivas. De las ineludibles. De las que inquietan, previsibles como son, a fuerza de reiteradas. ¡Qué impotencia ante ellas al saber que en el sueño nos aguardan como verdugos en un cadalso! No retroceden ni aun cuando se las verbalice. Son, en mi caso, calles por donde deambulo sin fin, siempre extraviado. Regiones inhóspitas cuyos idiomas ignoro y al oírlos, en boca de quienes me hablan, me desespero por no entender ni saber darme a entender. Aguas más y más enardecidas que van creciendo a mis pies, inesperadamente, cubriéndome poco a poco sin que logre apartarme de ellas y que me van sepultando. Solo el miedo habla en esas pesadillas. La opresión que promueven no cede al despertar. Su estela es indeleble. Sé que volveré a caer en ellas. Su fatalidad: ese es mi miedo.

Un caminante en una desolada Turín
Un caminante en una desolada Turín Fuente: LA NACION

El miedo no es temor. Nadie atrapado por el miedo encuentra amparo. Solo el temor nos pone a resguardo, a veces, de esa intemperie. Por eso, el miedo y el temor no se equivalen. El temor es intuición de una amenaza. Preaviso. El miedo es esa amenaza consumada.

Temor y miedo se eslabonan sin confundirse. El miedo ejerce su intendencia allí donde el temor se ha visto superado. Es que el temor precede al miedo. Advierte. Es una señal. Quien lo siente, presiente. Recela, sospecha. Capta una voz que susurra la inminencia de algo peor.

El miedo, en suma, es un corolario. El temor, un preámbulo. Donde el miedo impera ninguna otra emoción logra imponerse.

El miedo a la libertad. En 1941 se publicó en Estados Unidos un libro que lleva ochenta años dando pruebas de su fortaleza argumental: El miedo a la libertad .

Erich Fromm acierta al decir que el hombre de su tiempo, fuera del espacio laboral que semanalmente ocupa, tiende a ser incapaz de apropiarse de su vida. La privacidad, el escenario íntimo sin sujeción a horarios preestablecidos, el tiempo no programado por el mandato profesional lo desasosiegan, lo desorientan. Denuncian ante sus ojos la presencia de un desconocido: él mismo.

¿En qué ha cambiado la situación desde entonces? Convertido predominantemente en un subordinado a las pantallas electrónicas, el hombre de esta época ha sacrificado en buena medida el empeño en fortalecer su espíritu crítico. Google opera por él. Su autonomía espiritual tiende a sucumbir en el altar de la tecnocracia, el entretenimiento mecánico y el encuentro básicamente virtual con sus semejantes. Mediante su presencia en las redes, se concibe socialmente activo. Se considera libre arrogándose una representación política que niega a las instituciones tradicionales de la democracia. Su soledad, sin embargo, es la que se ha dilatado a la par de su inconsistencia subjetiva. Y con ella ha crecido, como ha sabido decir Julio María Sanguinetti, el miedo a la libertad: "La sociedad de consumo ofrece (a las clases medias) más bienes culturales y de comodidad, pero constantemente les crea nuevas necesidades. La libertad perece en manos de la amoralidad embriagadora de la comunicación espontánea".

Se trata, como se aprecia, de un nuevo cautiverio. La libertad sigue siendo vivida con miedo, poblada como se la siente de abismos y espectros que reflejan la fragilidad extrema de quien cuenta con ella. Al unísono, ese cautiverio es expresión de una elección dramática: la que hace de nuestra sujeción a los objetos fuente proveedora de sentido.

Quien teme la soledad se teme a sí mismo. No hablo de la extrema soledad del náufrago, lindante con la agonía. Ni de la del prisionero aislado en su celda. Hablo de quien, viviendo en sociedad y disponiendo de libertad, se sabe solo. Se siente solo. Esa soledad que desata miedo tiene un rostro: el nuestro. Somos lo que nos da miedo. Lo que abruma cuando entre uno mismo y eso que "da" miedo no media la presencia de nadie ni de nada.

¿Qué nos provoca miedo estando a solas con nosotros mismos? ¿Quién toma la palabra y aturde nuestros oídos en esas horas en que nadie nos habla ni nadie nos reconoce? ¿Qué sino esa irreductible alteridad que nos duplica y viene a decir de nosotros y a nosotros lo que no queremos oír ni recordar?

Al que frecuenta su soledad con provecho las diferencias que guarda consigo mismo no lo abruman. No lo desorienta estar solo. Su soledad es un escenario más de esa existencia donde se reconoce sin agotar lo que sabe de sí en una imaginaria identidad inamovible.

Quien en cambio concibe su soledad con miedo se ve, en ella, privado de significación, expuesto a un sinsentido aplastante. Esa es su hora crucial. La de su anonadamiento. La que opera implacablemente como su espejo.

Pero más allá de esta heteronomía "interna", que frustra la aspiración del Yo a creerse una totalidad y saberse por entero, se encuentra ese otro de carne y hueso al que llamamos prójimo, semejante, extranjero o adversario. Es el que con su palabra, sus costumbres, sus ideas y sus valores contraviene el pretendido alcance absoluto de nuestros criterios. Es el que acota nuestra presunta universalidad. Es el que nos impone con sus diferencias la necesidad de buscar consensos, acuerdos, coincidencias capaces de atenuar distancias, si es que aspiramos a convivir con él.

La literatura clásica, Shakespeare en especial, ha sabido presentar las formas sanguinarias que puede tomar esa tenebrosa necesidad de terminar con el miedo al otro mediante su asesinato. Sin olvidar que, ya desde antiguo, allí estaban Caín y Abel.

¿Qué son Ricardo III y Macbeth sino ejemplos mayores de ese miedo insuperable al otro que promueve la desconfianza primero y el crimen después? Maquiavelo lo sugirió con maestría en El príncipe . El miedo que induce al asesinato termina con frecuencia en autoexterminio. En la conversión de uno en un otro intolerable para sí mismo.

Un mundo con miedo. Un último miedo, un miedo inesperado, reclama su lugar en esta página. Lo tuvo al comienzo de esta reflexión y, dada su actual contundencia, no puede menos que tenerla en su desenlace. Es el miedo que genera la indefensión ante un mal implacable.

Ya se sabe que sus proporciones geográficas son planetarias. Sus víctimas también lo son. El miedo al contagio roza el pánico. La posibilidad de contraer la enfermedad es inmensa y nos aterra. La ciencia aún no ofrece amparo. No solo estamos ante una peste inédita. Estamos también, y ante todo, frente a una peste que se muestra, por el momento, invulnerable a una derrota.

Ensañada básicamente con la población de más edad, ataca sin embargo indiscriminadamente. El coronavirus es también infanticida. Enferma indistintamente y mata selectivamente. La aparente precisión del nombre que lo designa, Covid-19, no lo transparenta. Como el virus es invisible a simple vista, el miedo que despierta recae sobre sus posibles portadores. Reales o virtuales, lo somos todos. Y todos hemos pasado a ser sospechosos para todos. Los gestos más afables pueden ser los portadores del mal más profundo. Ya nadie puede asegurar que sabe con quién está. Ni siquiera cuando se refiere a sí mismo.

Así, el otro, incierto desde siempre, se convierte en una nueva amenaza. Su peligrosidad ya no es ideológica ni étnica ni religiosa. El otro es ahora un organismo peligroso. Su proximidad compromete nuestra subsistencia. El miedo paraliza las relaciones que hasta ayer fueron espontáneas. La vida cotidiana se disuelve en la incertidumbre. No obstante, las circunstancias exigen que actuemos solidariamente. Nada asegura que lo hagamos pero todo lo reclama. La peste no deja margen para más. Es ella o nosotros.

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