
Los patéticos cómplices de un Milei escatológico
Godard escribió un poema que era una verdadera oda a Alfred Hitchcock: “Si fue el único poeta maldito que conoció el éxito es porque fue el más grande creador de formas del siglo veinte y porque son las formas las que nos dicen finalmente qué hay en el fondo de las cosas. Ahora bien, qué es el arte sino aquello por lo cual las formas devienen estilo y qué es el estilo sino el hombre”. La reflexión del padre de la nouvelle vague va mucho más allá del cine y la literatura, sobre todo en tiempos en que la política fabrica “relatos” y copia los trucos del melodrama. Javier Milei, desesperado por retomar la iniciativa perdida, ha renovado su campaña contra “los pelotudos e infradotados abanderados de las formas” (sic) y ha agregado una novedosa injuria contra los periodistas: “Mierda humana y soretes mal cagados”, con perdón por el mal gusto. Esta clase de epíteto fecal, repetido decenas de veces y de manera compulsiva por la máxima autoridad institucional, revela una grave patología. Las formas presidenciales hablan de quien ejerce la Presidencia de la Nación. Porque, como sostenía Godard, son efectivamente las formas las que nos dicen qué hay en el fondo de las cosas. O dicho en términos de Víctor Hugo, el autor de Los Miserables: “La forma es el fondo que sale a la superficie”. Y este es un fondo fétido, turbio, abusivo e inquietante.
Después de la retórica violenta sin frenos y sostenida en el tiempo, tarde o temprano llega la violencia real
Republicanos en retiro efectivo que traicionaron muchas de sus convicciones, que lucen como claque y cómplices y que ahora fundan el Partido de Sumisión Nacional olvidaron de pronto que la lucha contra el kirchnerismo fue también una batalla por las formas. Las mecánicas de la república y del imperio de la ley están basadas precisamente en esas formas que ahora desdeñan, y los camporistas quisieron arrasar con ellas para crear con mayor impunidad una “democracia hegemónica” que cancelara por fin “la democracia burguesa”. Que aquellos antiguos republicanos callen hoy frente a las aberraciones verbales de un presidente cargado de ira y rencor que organiza campañas de odio, es una de las más monstruosas metamorfosis de esta era y representa un fraude político de gran magnitud. Bajo la coartada de que quieren “blindar el cambio” cuando lo que pretenden son bancas, negocios y confort de casta -Juntos por el Cargo les decía irónicamente Milei-, han llegado a relativizar esta metralleta de exabruptos fecales que se transformó en lengua oficial de Estado: la personalidad del Presidente es así, hay que entender al golpeador y el fin justifica los medios. Bueno es recordar la historia: después de la retórica violenta sin frenos y sostenida en el tiempo, tarde o temprano llega la violencia real. Se pasa de las palabras a los hechos. Por otra parte, qué fuertes y persuasivos inhibidores de la vergüenza son la codicia y el poder. ¿No les da un poco de pudor ser conducidos por un personaje extremo con arranques místicos que pretende dictar de manera maniquea dónde está el bien y el mal? ¿Se puede construir un país normal con esta anomalía desquiciada y alucinatoria? ¿Puede una diputada “amarilla” reírse de una peronista porque esta cree en la astrología mientras que el nuevo jefe político de la “republicana” -no hablemos de sus perros muertos- está convencido de encarnar mandatos bíblicos? Los libertarios se apalancan en cualquier desmán u operación sucia del kirchnerismo para defender los estragos que ellos cometen en “defensa propia”, como si un policía reivindicara el gatillo fácil o los escuadrones de la muerte sobre la base argumental de que los delincuentes son muy peligrosos. Por otra parte, la lluvia fecal del Topo que viene a Destruir el Estado no cae mayoritariamente sobre la oposición peronista, sino sobre la prensa y sobre cualquiera que se atreva a cuestionar la narrativa de la Casa Rosada. La mentira es lo que Javier Milei decreta con arbitrariedad que es mentira, y todos deben someterse y decirle: “Sí, amo”. Porque el mandatario es el dueño de la verdad absoluta y patrulla los rostros y las redes. Estos arranques de autócrata no preocupan a los dóciles cambiemitas, que fueron incapaces -no tienen talento político- de generar en tres años una opción creíble y consistente: hoy fingen demencia, entregan los valores y los votos en canje por un lugarcito bajo el sol, y practican, en el mejor de los casos, el autoengaño. Como cuando persisten en sostener que Milei no es un populista de derecha: esta semana volvieron a esa negación conveniente. Fue un verdadero liberal, el profesor Loris Zanatta, quien recordó las claves canónicas de Isaiah Berlin para detectar a un populista de cualquier ideología. Decía Berlin que era populista cualquiera que se presentara como antipolítico, un redentor que propusiera renacer después de haber expurgado los pecados colectivos, un restaurador que se referenciara en una edad dorada a la que regresar, y sobre todo, un líder mesiánico que pretendiera encarnar la voluntad de un pueblo bueno -los argentinos de bien- y a continuación estigmatizara y vilipendiara a la otra mitad de la sociedad. Concepción binaria, desconfianza en las “instituciones de la casta”, culto a la personalidad, caciquismo con fraseo religioso. A eso agreguemos, por supuesto, el hecho de que Milei se considera un “paleolibertario” y admira principalmente al creador de esa rama ideológica, Murray Rothbard, y que este oscurantista postuló en su manifiesto político final la necesidad de convertirse al populismo de derecha (sic). En un párrafo de ese texto histórico, Rothbard postulaba literalmente: “Hay que forjar una coalición que cree un movimiento populista de derecha que será, necesariamente, libertario en gran parte. Pasar por encima de los líderes de los medios y de las élites políticas y llegar directamente a la clase media y trabajadora para difundir las ideas de libertad y el conocimiento de cómo han sido oprimidos. Eso requiere de un liderazgo político inspirador y carismático”. Antes de sugerir un programa del populismo de derecha, el ideólogo insistía: “Cualquier estrategia libertaria debería reconocer que los intelectuales y los formadores de opinión son parte del problema fundamental”. Su manifiesto se ensañaba no solo con los periodistas y pensadores, sino muy especialmente con los liberales auténticos y con los conservadores, para él: cobardes y timoratos. Las advertencias han sido debidamente presentadas.
Los libertarios se apalancan en cualquier desmán u operación sucia del kirchnerismo para defender los estragos que ellos cometen en “defensa propia”
No todos los republicanos de antaño -nobleza obliga- se han hincado ante el monarca escatológico. Algunos intentan hacer política, poner reparos y eludir el verticalismo, y advertir los peligros no ya de las formas sino del fondo: ¿desde cuándo están de acuerdo con desmantelar el Estado por ser “la asociación criminal más grande del mundo”? ¿Beneficiar siempre y en todo lugar a los más favorecidos traerá necesariamente bonanza para todos? ¿La economía debe y puede funcionar sin la menor intervención? Esta semana, después de castigar a cualquiera que ponía en duda el dogma, el equipo de Gobierno anunció créditos hipotecarios accesibles usando los fondos de la Anses y propició un salario mínimo de más de un millón de pesos. Medidas “dirigistas” para reanimar un poco esta economía alicaída: el oficialismo hizo así lo que abominaba y reconoció así lo que negaba con agresividad. No pedirá disculpas, sin embargo, a ninguno de los vapuleados que le sugerían acciones de esta clase. También admitamos que Patricia Bullrich, con valentía y dignidad poco imitada, dijo que las fintech y los bancos debían resolver el problema de los morosos porque “ese robo no se puede permitir”, y pidió planes de refinanciación, contradiciendo de hecho la idea libertaria según la cual había que ser prescindentes frente al drama y el capital financiero siempre tenía la razón. La economía planchada y la necesidad de reavivarla y de asumir el problema de los morosos, tal como señalaron muchos periodistas hoy cubiertos del excremento discursivo presidencial, eran asuntos razonables y asignaturas pendientes: quizá gracias a esas mismas críticas combatidas, hoy el oficialismo puede intentar reparar esos daños políticos. En los 70, la irreverente revista Satiricón mostraba en su portada a un grupo de políticos; un mar de heces le llegaba al cuello. El título decía: “No hagan olas”. Sigue siendo un buen consejo.
Durante 40 años fue alternativamente cronista policial, periodista de investigación, analista político y jefe de redacciones de diarios y revistas. Es actualmente articulista de La Nación y de Zenda Libros (España); conductor de Pensándolo bien, programa nocturno de Radio Mitre y autor de novelas, cuentos, crónicas y ensayos.

