Los pecados del establishment
Ricardo Esteves Para LA NACION
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Uno de los aspectos que más diferencian a la Argentina de otros países de América latina o de las naciones occidentales que nos son más familiares es la percepción que existe en la sociedad respecto de sus establishments . El caso tal vez extremo sea el de Chile, donde la sociedad no sólo cree en lo que pueda decir un miembro de su establishment , sino que por el voto de la mayoría de sus ciudadanos es capaz de elegir a alguien que pertenece al corazón de ese sector -un empresario exitosísimo y multimillonario- para que dirija los destinos de su nación.
En esos lugares, cualquier proyecto que provenga de sus elites es ponderado con interés y racionalidad. Según los efectos e impactos que tenga en los intereses y los valores de los distintos sectores de la sociedad podrá llevarse adelante o no, pero en ninguna de esas comunidades una propuesta de esa naturaleza es automáticamente descalificada y sospechada como sí sucede en la Argentina.
Entre nosotros, cualquier iniciativa que tenga origen en el establishment es cuestionada a priori por la sociedad, más allá de que pueda ser altamente beneficiosa para el país. La gente se pregunta: "¿Qué autoridad tiene para proponer tal cosa o la otra?". O "¿qué interés mezquino esconde en su propuesta?". En cambio, las iniciativas y proyectos que políticamente se pueden sostener pertenecen a los contestatarios del establishment .
¿Por qué sucede esto en la Argentina? El mirar sin reservas y con espíritu autocrítico el pasado, al menos el de las últimas seis décadas y a partir de los brutales errores estratégicos cometidos por el establishment , nos puede ayudar a entender el presente.
El primer gran error histórico de este grupo fue la forma tajante e indiscriminada con que descalificó todo lo actuado por el primer peronismo. Sin soslayar lo mucho de reprochable que aquel gobierno tuvo, la elites no hicieron el más mínimo intento de reconocer las ideas valiosas que podía tener ese proyecto. Y quedaron atrapadas en sus contradicciones cuando, más tarde, se intentó llevar a la práctica iniciativas que se le habían cuestionado al peronismo y eran positivas para el país. Así, el imaginario colectivo ubicó a la elite en la vereda opuesta al pueblo, lo que no es un dato menor. Por otro lado, en términos de políticas públicas, ¿qué hizo mejor que el peronismo el gobierno de la Revolución Libertadora?
El segundo gran error estratégico (aunque, por sus consecuencias, bien podría llamársele pecado) fue haber empujado a Arturo Frondizi y al país al abismo. El gobierno de Frondizi cayó porque el establishment de entonces, en forma descarada, lo empujó a él, a la Constitución y a la Nación al precipicio. Si, por el contrario, lo hubiera sostenido, muchos de los males y de la sangre luego derramada se habrían evitado.
El tercer gran error estratégico, que también puede entrar perfectamente en la categoría de pecado, fue haberse vendado los ojos y firmado un cheque en blanco a la corporación militar.
Esa actitud irresponsable hizo a las elites de algún modo cómplices de lo actuado por esa corporación, que cometió verdaderas calamidades.
Si bien en la controvertida década de los 90 se llevaron a cabo algunas importantes reformas para el país, como la desregulación portuaria y de generación de energía, que hicieron posible el boom exportador y que permitieron que pasáramos de los cortes de luz al abastecimiento energético que hoy gozamos, se cometieron también gruesísimos desaciertos. Basta citar el desguace con las provincias de dos ministerios que fueron pilares en la construcción de la Argentina moderna: los de Salud y Educación de la Nación, con lo cual se perdió sustancialmente la capacidad de hacer políticas públicas a nivel nacional en esas áreas vitales. Con eso se acentuó también la dependencia financiera que hoy padecen las provincias con la Nación, que permite un mayor control político por parte del gobierno central. Se blandieron además banderas de políticas de establishment al tiempo que se aplicó un programa de establishment "trucho" -para calificarlo con una expresión de la jerga popular- y mal ejecutado, que expandió demagógicamente el gasto y sentó las bases de su autodestrucción al implantar un sistema de jubilación privada sin los instrumentos alternativos de financiamiento público; aquello condujo indefectiblemente a la quiebra del Estado y produjo una tragedia en el país, afectando sobre todo a los sectores más humildes.
Estos hechos desprestigiaron aún más al establishment , que adhirió ciegamente -¡una vez más!- a ese modelo sin sopesar su viabilidad ni sus consecuencias. Se abrazó a tientas a las banderas -es decir, a las formas- sin reparar en el fondo, es decir, en el contenido de lo que se estaba llevando a cabo.
Estas actitudes acabaron por desacreditar las políticas genuinas del establishment , que se aplican con éxito en Chile, Perú, Brasil y tantos otros países que -con gobiernos socialistas o de cualquier otro signo- están encaminados hacia la modernidad y el desarrollo y bajando además de forma efectiva sus niveles de pobreza.
Esas políticas no suponen una comunión total con el neoliberalismo. Más bien, se trata de una alianza con el pragmatismo, caso por caso y situación por situación, privilegiando siempre el interés nacional, como hacen los países mencionados.
Sin haber acertado antes, el e stablishment actual -o lo que caricaturescamente semeja serlo- está listo para rifarse ante cualquier opción, lleve al país adonde lo lleve.
En este contexto, el éxito político estaba garantizado para quien encarnase el anti establishment y se aferrase a esa postura como un náufrago a su salvavidas en el medio del océano (por eso la alianza incondicional con las asociaciones de derechos humanos, que son la máxima expresión del anti establishment). Así, a cualquier oposición le resulta muy difícil desbancar a los abanderados de esa postura sin ser tildados de serviles agentes de los perversos intereses que destruyeron el país.
Mientras la sociedad no recree un nuevo establishment y se reconcilie con las políticas universalmente reconocidas de ese sector (las pragmáticas, las que aplican exitosamente nuestros vecinos), la Argentina seguirá errante por el desierto, ya que las políticas anti establishment que se aplican no conducen a ninguna parte.
Como el país está conviviendo desde hace unos cuantos años con las condiciones externas más favorables de su historia, se puede sostener un nivel de actividad más que satisfactorio, que sin embargo enmascara la falta de rumbo que se esconde debajo de la superficie.
Toda esta historia y estos desatinos de la elite están presentes en el subconsciente colectivo, y la sociedad pasa factura por ellos. Sin embargo, de alguna manera todos los sectores de la sociedad argentina tienen alguna cuota de responsabilidad en la construcción de nuestro destino común de fracasos. Ningún sector, institución o clase social de la sociedad argentina puede atribuirse una inocencia absoluta respecto de lo que sucedió en el país.
Esta realidad debería ayudar a una suerte de exorcismo de las culpas del establishment , no para beneficiarlo, sino como un gesto de generosidad con vista a las futuras generaciones de argentinos. Así, se crearía un espacio para que emerja un nuevo establishment .
La Argentina sigue conservando, a pesar de las calamidades vividas, todos los atributos para llegar a ser una gran nación. De los argentinos depende liberar las fuerzas para lograrlo.
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