Los tribunales de La Haya
Por Aída Kemelmajer de Carlucci Para LA NACION
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MENDOZA
Gracias a la generosa invitación de la International Judicial Academy (IJA) pude conocer, in situ, una serie de tribunales internacionales que tienen su sede en La Haya, ciudad que puede ser calificada como la capital del mundo de los tribunales internacionales.
El seminario comenzó con una reunión preliminar el domingo 24 de septiembre y se extendió sin bache alguno hasta el 29 a la noche. En cada uno de los tribunales visitados fuimos recibidos por sus principales actores, quienes, luego de contarnos sobre la tarea que cada uno realiza, respondieron a las preguntas libremente formuladas por los participantes del grupo, integrado por una veintena de jueces norteamericanos y cuatro argentinos.
El primer día y medio se sesionó en la sede de la Universidad de Leiden. La clase de apertura estuvo a cargo de James Apple, presidente de la IJA, quien mostró por qué es el organizador más exitoso de la mayoría de las escuelas judiciales, no sólo en los Estados Unidos, sino también en algunos ex países soviéticos que necesitaron reorganizar su magistratura después de la caída del muro de Berlín. Luego, tuvimos la ocasión de escuchar e interrogar a funcionarios del Ministerio de Relaciones Exteriores de Holanda, y a Michael Scharf, un abogado que ha escrito un libro sobre el juicio a Saddam Hussein. Pudimos conocer los entretelones de este proceso, en el que Estados Unidos está gastando tanto dinero y que, no sin razón, los argentinos vemos como un gran show, peligroso por cierto, a la luz de los recientes asesinatos de parientes de uno de los jueces intervinientes.
En la tarde del segundo día, comenzaron las visitas a los diversos tribunales internacionales. La primera experiencia fue escuchar al vicepresidente de la Corte Penal Internacional para la ex Yugoslavia, al procurador jefe y a uno de los abogados del cuerpo de defensores. Este tribunal (que sigue la tradición de los tribunales de Nuremberg y Tokio, ambos creados después de los hechos, al concluir la Segunda Guerra Mundial), sesiona en audiencias públicas; de tal modo, pudimos escuchar a una testigo de los delitos que se imputaban a los acusados (finalmente condenados al día siguiente de nuestra visita). En este tribunal, la doctora Carmen Argibay actuó como jueza ad hoc, es decir, como magistrada designada para determinados casos. En ese mismo edificio se nos explicaron la historia y el funcionamiento de la Corte Penal Internacional, que juzga los crímenes cometidos en Rwanda, tribunal que integra otra jueza argentina, Inés Waigberg, pero que no funciona en La Haya, sino en Tanzania.
Estos dos tribunales (que juzgan los crímenes en la ex Yugoslavia y en Rwanda, respectivamente) fueron creados por decisión del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y su competencia está limitada a los atroces crímenes cometidos en esos dos centros geográficos.
El tercer día visitamos el Palacio de la Paz, donde tiene su sede la Corte Internacional de Justicia (tribunal conocido por la mayoría de los argentinos, pues allí hemos planteado el tema de las papeleras). En ese maravilloso edificio funciona también la Corte Permanente de Arbitraje. La Corte Internacional de Justicia es un órgano de las Naciones Unidas; figura en su Carta con el mismo rango que la Asamblea General –con sede en Nueva York– y que el Consejo de Seguridad.
Un latinoamericano siente real orgullo al recorrer los pasillos del palacio y ver esculturas que representan a muchos de los juristas de nuestro continente que contribuyeron al desarrollo del Derecho Internacional (Carlos Calvo, Andrés Bello, entre otros). Por su parte, quien ha nacido y vivido en Mendoza siente una gran emoción al ver la réplica del Cristo Redentor, ubicada en un lugar privilegiado de la escalera central, escultura donada por el gobierno argentino en recuerdo de la paz con la hermana república de Chile.
El mismo día visitamos un extraño tribunal, cuya competencia está limitada a resolver los conflictos comerciales que se plantean entre Irán y los Estados Unidos (el Iran-U.S. Claims Tribunal). Se trata de una especie de tribunal permanente de arbitraje que funciona desde hace más de quince años, cuyos laudos tardan mucho tiempo en ser dictados, pero que muestra hasta qué punto los norteamericanos tienen, aún hoy, fuertes inversiones en este país islámico.
Más tarde, fuimos recibidos por el presidente de Eurojust, un organismo europeo que se encarga de tareas de colaboración entre la justicia y la policía de los países de la Unión Europea. Merced a las tareas que desarrolla, la lucha contra la criminalidad organizada se ha hecho menos difícil.
Las clases de la mañana del cuarto día se desarrollaron en un salón del hotel Des Indes, el más tradicional de La Haya, que conserva todo su esplendor y que, en su momento, alojó a los grandes diplomáticos del mundo. Allí escuchamos a Hans Corell, quien trabajó, por años, en la secretaría general de Asuntos Legales de las Naciones Unidas. Realmente, se necesita mucha experiencia diplomática para poder decir a jueces norteamericanos todo cuanto él dijo en torno de las frecuentes violaciones de los Estados Unidos a las reglas del Derecho Internacional. Con dolor para los argentinos, pero con gran realismo, mencionó el sistema de solución de conflictos del Nafta, pero silenció totalmente (como no podía ser de otro modo) al tribunal permanente de arbitraje de nuestro alicaído Mercosur.
En la tarde, visitamos la Convención de La Haya de Derecho Internacional Privado. Este organismo tiene por función dictar convenciones sobre distintas materias con el fin de hacer más fácil el cumplimiento de las decisiones judiciales. Por ejemplo, la convención contra el secuestro internacional de niños permite tramitar, bastante eficazmente, la resolución dictada en un país contra un progenitor que ilegítimamente ha sacado a su hijo menor de ese territorio.
El último día concurrimos a la Corte Penal Internacional. Allí fuimos recibidos por el vicepresidente, un juez de origen coreano, y por el procurador general, el argentino Luis Moreno Ocampo; la presentación de nuestro connacional fue excelente, y las respuestas a las innumerables preguntas que se le formularon fueron precisas. No hay dudas: su experiencia en el maxiproceso argentino a la junta militar le permite cumplir sus actuales funciones con gran eficacia. Nos explicó que en los dos casos que tiene entre manos, que involucran a países africanos, la acusación se limita a quienes organizaron y dieron las órdenes, no a quienes las ejecutaron; que procesar a todos los que han participado del genocidio sería imposible, desde que, si así fuese, miles de personas deberían ser juzgadas; por lo demás, muchísimos niños son autores y víctimas, puesto que han sido incorporados a las fuerzas parapoliciales por la fuerza y han sido entrenados para matar, con gran daño psicológico para todos ellos.
Atesoro estos cinco días en La Haya como una de mis grandes experiencias judiciales, y por eso me siento obligada a transmitir a otros la gran lección recibida: el Derecho puede y debe ser uno de los instrumentos para alcanzar una paz duradera; a su vez, ese derecho requiere tribunales integrados por personas que no sólo conocen las reglas, sino que tienen mente abierta para llevar adelante los cambios que la sociedad requiere y espíritu tolerante para aceptar las diferencias.



