
Luis Federico Leloir, cien años después
Fue el segundo Nobel en ciencia del país
1 minuto de lectura'
Mañana se cumplirán cien años del día en que nació Luis Federico Leloir, en la avenida Víctor Hugo, a dos cuadras del Arco de Triunfo, en París. Sus padres, argentinos, regresaron a su tierra cuando el pequeño tenía dos años. Al crecer, realizó sus estudios en Buenos Aires y luego se convirtió en argentino por opción.
Leloir se recibió de médico en la Universidad de Buenos Aires, en 1932. Hizo su tesis doctoral con la dirección de otro premio Nobel, Bernardo A. Houssay, su maestro, con quien establecería una amistad de toda la vida y, sobre todo, una relación de admiración mutua.
Dos años después de concluir con su tesis, Leloir fue a estudiar bioquímica a la Universidad de Cambridge, en el instituto dirigido por Frederick G. Hopkins, también premio Nobel y uno de los fundadores de la disciplina, que todavía era muy joven. Muchos años más tarde, Leloir comentó: "La bioquímica y yo crecimos casi al mismo tiempo...".
Después de poco más de un año, Leloir regresó al Instituto de Fisiología de Buenos Aires. Allí se asoció con Juan María Muñoz, con quien demostró que un homogeinato de hígado libre de células enteras podía oxidar ácidos grasos (1938). Esto fue importante en términos científicos y tuvo gran repercusión internacional: hasta ese momento se pensaba que la oxidación de ácidos grasos ocurría únicamente en las células enteras.
En ese momento, en el instituto un joven tesista estaba estudiando el mecanismo de la hipertensión de origen renal, un tema de gran interés médico.
Houssay formó un equipo con aquel joven -Juan Carlos Fasciolo-, Eduardo Braun Menéndez y Alberto Taquini, para estudiar ese problema. A ellos se sumaron Leloir y Muñoz, por su experiencia en enzimología.
Al poco tiempo encontraron una enzima de riñón que a partir de un compuesto del plasma sanguíneo liberaba una sustancia a la que se denominó hipertensina, por su fuerte capacidad de elevar la presión arterial.
Leloir recordaba siempre esa exitosa tarea en equipo. En ese grupo de compañeros, con alegría y cordialidad, se estableció una profunda amistad.
Los buenos tiempos, sin embargo, terminaron en 1942, cuando problemas políticos hicieron que se frenara la investigación en el instituto. Recién casado, el doctor Leloir se fue a los Estados Unidos, primero a St. Louis, al laboratorio de Carl y Gerty Cori, y luego a la Universidad de Columbia, con su amigo David Green. Pero el deseo de volver fue más fuerte: después de una corta estada, regresó a Buenos Aires.
Aquí Jaime Campomar, con el consejo de Houssay, había fundado el Instituto de Investigaciones Bioquímicas, la Fundación Campomar. Houssay propuso que Leloir fuera el director, cargo que ocupó ni más ni menos que durante cuarenta años. En el Instituto, realizó toda su labor creativa, por la que recibió las distinciones más importantes para un científico.
Comenzaron en una casa modesta en Palermo, en la calle Julián Alvarez, como un grupo pequeño, de sólo seis investigadores. Allí, en silencio y en condiciones precarias, pero con mucho entusiasmo, se hicieron los primeros descubrimientos importantes del equipo de Leloir.
Yo ingresé en el Instituto el último año que estuvo en la casa vieja. Conocí ese "santuario", y yo, que venía de los lujosos laboratorios de California, me maravillaba ante todo, porque ese grupo, con sencillez y modestia extraordinarias, avanzaba sobre temas inexplorados. Claro: eran conscientes de la importancia de los descubrimientos que estaban haciendo. Sabían que esos nuevos compuestos, los nucleótidos azúcares, tenían que intervenir en muchos caminos metabólicos que en ese momento eran desconocidos.
Por aquellos tiempos, fui testigo de un momento muy importante en la vida del Instituto. En 1957, Leloir era uno de los principales candidatos para el premio Nobel, el mismo que le otorgaron bastantes años después, y recibió una oferta de mudarse con todo su instituto al Massachusetts General Hospital, al laboratorio que había dejado Fritz Lipman. El ofrecimiento era tentador, pero después de muchas discusiones con sus colegas, que estaban inclinados a aceptarlo, Leloir decidió, igual que su maestro Houssay, quedarse a trabajar en el país.
Gestiones bien encaminadas por el entonces ministro de Asistencia Social y Salud Pública, doctor Martínez, culminaron con un ofrecimiento de un edificio desocupado -anteriormente, un colegio- en la calle Obligado. En comparación con la anterior, la nueva casa parecía inmensa...
La mudanza fue un capítulo aparte. Junto a nosotros, la hicieron varios familiares de Leloir, entre ellos su esposa, Amelia Zuberbühler, quien durante semanas y sin perder una pizca de su elegancia cargó y acomodó objetos diversos, pintó muebles y colaboró con eficiencia en todas las tareas.
En 1958, Leloir fue designado profesor extraordinario de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA, y comenzó un período de fructífera colaboración con esa casa de estudios, que proveyó al grupo de fondos y cargos docentes y de investigación y habilitó laboratorios para la enseñanza superior.
En esos tiempos políticamente cambiantes, Leloir, con habilidad y energía, logró que el Instituto siguiera trabajando al margen de toda bandería política.
En el nuevo edificio de Belgrano, el clima de entusiasmo con que se trabajaba fue exactamente el mismo. Tal vez no haya podido conservarse la intimidad del grupo más pequeño que tanto recuerdan con nostalgia sus integrantes, pero se mantuvo el espíritu estimulante, el deseo de progreso y la tenacidad para alcanzar las metas buscadas.
Leloir daba el ejemplo a los doctores jóvenes. Metódico, agudo en las observaciones, profundamente modesto, parco al hablar y muy celoso a la hora de evitar gastos superfluos, estimulaba la imaginación y el ingenio de los demás, para fabricar o modificar equipos con técnicas caseras.
Años más tarde, en 1978, Carlos Campomar, hermano de Jaime, nos legó un campo en Miramar, y M. Orcoyén, otro en Dorrego. Bien administrados, ambos campos nos dieron una renta muy interesante... y necesaria, porque el Instituto seguía creciendo. Tanto, que fue recibida con alivio la donación del entonces intendente Osvaldo Cacciatore: un terreno frente al parque Centenario.
Comenzó enseguida una activa campaña para conseguir los fondos con los que se construiría el nuevo edificio. Se hizo en tiempo récord: allí nos mudamos en 1983 y allí siguió trabajando el doctor Leloir hasta su muerte, el 2 de diciembre de 1987.
Para quienes durante más de treinta años tuvimos el privilegio de acompañarlo en el Instituto no es fácil hablar de la personalidad de Leloir. La objetividad se pierde por el lazo afectivo que nos unió: el experimentador nato y de talento excepcional se nos mezcla con el ser humano.
Su rutina era muy simple. Usaba muy pocos tubos de ensayo para sus experimentos. No tenía muchos colaboradores. Llegaba al laboratorio a las 9 y a las 17 se retiraba, cargado de libros y de revistas, para seguir estudiando en su casa. Lo mismo hacía todos los días del año, excepto los domingos, el 25 y el 31 de diciembre.
Todo le resultaba fácil. No obstante, solía exagerar sus fracasos para que no nos desanimáramos ante los nuestros. Generalmente, disimulaba estos últimos con algún comentario risueño, ya que se caracterizaba por su gran sentido del humor.
Leloir escuchaba a sus colaboradores con atención, al mismo tiempo que continuaba con sus experimentos. Después de un día plagado de lo que en apariencia eran fracasos, hacía dibujitos en pequeños pedazos de papel. Eran trazos simples, pero expresivos. Aparentemente triviales, pero profundos. Aunque apelaban al lado cómico, sus observaciones agudas jamás se manchaban con el humor cáustico.
Otro aspecto de su personalidad era su genuino interés por el país. Como investigador, tenía entusiasmo por el progreso tecnológico del mundo. Sentía admiración por Houssay y por la energía con la que se había iniciado en la Argentina el camino de la investigación, con la creación del Conicet, en 1958.
Pero de política, en general, prefería no hablar. En una entrevista le preguntaron si no sentía un poco de nostalgia por la época en la que la Argentina era "el granero del mundo". Leloir fue terminante: "El país no puede seguir confiando sólo en sus riquezas naturales. Hubo un cambio muy grande desde que la fuente de riqueza pasó de los campos a las fábricas, y desde ellas hasta los descubrimientos científicos", dijo.
Para el inolvidable premio Nobel, el problema central del país que había elegido como propio era que la tecnología científica no resultaba comprendida por la sociedad en general, pero era todavía menos entendida por los gobernantes.
En este aniversario es preciso reflexionar sobre su voluntad de trabajo, con la que logró un clima de camaradería y, a la vez, de trabajo serio y responsable. También deseo recordar a Amelia Zuberbühler, que lo acompañó con comprensión y cariño para que él pudiera expresar sin trabas sus grandes dotes para la ciencia.





