
Macedonio, candidato a presidente
Por Alvaro Abós Para LA NACION
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En los primeros meses de 1920 el doctor Macedonio Fernández, entonces ignoto abogado de 46 años, concibió la loca idea de postularse como candidato a presidente. La historia de esa candidatura no es sólo una anécdota más en la vida curiosa y secreta de ese gran escritor argentino. Es también una sátira del poder en la Argentina, de fuerte actualidad a pesar del tiempo transcurrido.
Faltaban dos años para las elecciones de 1922, que consagrarían al continuador de Hipólito Yrigoyen. El país vivía la resaca de la intensa experiencia política que constituyó la llegada al poder del partido radical, tras una proscripción de 25 años; pero, desgastado el yrigoyenismo por cuatro años en el gobierno, se extendía la despolitización.
El proyecto de Macedonio -que puede seguirse en las cartas que enviaba a sus allegados, en especial a su pariente Marcelo del Mazo- se basaba en la siguiente idea: puesto que "el 95% de los votantes del país no tienen convicción ni compromiso", cien hombres talentosos y decididos, si multiplican su prédica, pueden orientar a una ciudad; había, pues, que "apalabrar" a cien amigos y "que cada uno se esfuerce en obtener diez adhesiones en dos meses". De esa forma, en tres meses serían ya 3000 y "podrían formar una plataforma y plan de trabajos con gran esperanza". Todo ello al margen de los partidos que entonces dominaban la escena política argentina: el radical, el conservador y el socialista. El propio Macedonio, advirtiendo lo desmesurado de su plan, le preguntaba a su interlocutor: "¿Esta campaña presidencial relámpago es un sueño? No, Marcelo, tiene que ser un acto de "inventiva" tan fino como el de un descubrimiento químico o una idea musical".
Para desarrollar el plan, Macedonio citaba a sus prosélitos en la Confitería del Molino "todos los días entre las 15 y 19 horas", y los sábados "entre 8.30 y 10", mientras insistía en la falta de proyectos que observaba en el país: "Hay 300.000 sufragios sin compromiso ni orientación que esperan una idea". Jorge Luis Borges, discípulo, cronista y glosador de Macedonio, a quien confesaría haber "imitado hasta el plagio", explicaba que en la Argentina "muchas personas se proponen abrir una cigarrería y casi nadie ser presidente; de ese rasgo estadístico deducía (Macedonio) que es más fácil llegar a ser presidente que a dueño de una cigarrería".
Todo esto, ¿era una broma delirante o tenía visos de seriedad? Quizás ambas cosas fueran ciertas, tratándose de Macedonio Fernández, uno de esos maestros de la paradoja que, como Chaplin (a quien admiraba), son capaces de enunciar las verdades más profundas con la levedad y gracia de un chiste.
Una tragedia personal interrumpió las actividades político-conspirativas de Macedonio: el 28 de mayo de aquel 1920 murió imprevistamente su esposa, Elena de Obieta, a la que dedicaría Elena Bellamuerte y otras elegías que se cuentan entre los más hermosos poemas de amor de la literatura argentina.
En 1921 Jorge Luis Borges, junto a su familia, regresó a Buenos Aires tras larga estada en Europa y "heredó" la amistad de Macedonio, compañero de estudios e íntimo amigo de su padre, Jorge Guillermo Borges. El joven Borges, que irrumpió como un huracán en la vida literaria argentina, descubrió, además de las posibilidades literarias del Palermo de los cuchilleros, que Macedonio era un escritor genial e innovador. El casi cincuentón y aún inédito doctor Fernández, quien a todo esto había dejado su oficio de abogado para entregarse a la pasión por el pensamiento, la amistad y la literatura, pasó a ser una estrella de la vanguardia veinteañera que se agrupó en las páginas de la iconoclasta revista Martín Fierro.
Conspiración en marcha
Como es sabido, las elecciones de 1922, en las que no se presentó ninguna candidatura de Macedonio Fernández, fueron ganadas cómodamente por el candidato radical Marcelo Torcuato de Alvear. ¿Y el plan de llevar a Macedonio a la Casa Rosada? Pasó de la realidad a la literatura, aunque tratándose de Borges y Macedonio la distinción entre ambos conceptos es difusa. Los miembros de una peña que, alrededor de Macedonio, se reunían los sábados en La Perla del Once, de Rivadavia y Jujuy -además de Borges iban Raúl Scalabrini Ortiz, Leopoldo Marechal, Eduardo González Lanuza, Santiago Dabove y Enrique Fernández Latour, entre otros- proyectaron escribir una novela a varias manos (cada uno debía completar un capítulo) que iba a titularse El hombre que será presidente . Narraba la conspiración de un grupo de hombres dispuestos a difundir entre la población un malestar general que provocara el ansia por la llegada de un salvador. Este no sería otro que el propio Macedonio. Con esa finalidad, la ciudad sería inundada con artefactos destinados a hacer la vida indeseable e incómoda. Por ejemplo, lapiceras con una pluma en cada punta, que amenazaran pinchar el ojo del usuario; peines-navaja que cortaran los dedos y el cuero cabelludo, solapas desmontables de manera que cuando uno las aferrase para sacudir a su portador se quedara con ellas en las manos, cucharas que, al introducirlas en la sopa, se revelaba que eran de papel plateado; manijas del tranvía que se desprendían haciendo caer al suelo a los viajeros, escaleras empinadas en las que no hubiera dos escalones iguales...
La acumulación de estos y otros objetos hostiles sobre los habitantes de una Buenos Aires histerizada multiplicaría los trastornos, y la gente, con tal de escapar a la pesadilla, terminaría pidiendo la llegada del presidente quitadolor: el doctor Macedonio Fernández, "restaurador de agrados y placeres", quien sería consagrado presidente y, consumada así "la Conquista de Buenos Aires", entraría en la Casa Rosada junto a su ayudante Fernández Latour. ¿Se escribió la novela El hombre que será presidente ? No lo sabemos. En todo caso es uno de los grandes misterios de la literatura argentina, porque hasta el momento no ha aparecido. Quizá fue solamente un pasatiempo oral para los contertulios de La Perla del Once. Pero Macedonio Fernández le dio diversos usos a la fábula; ideas de la candidatura presidencial fueron aprovechadas para la publicidad de sus libros No toda es vigilia la de los ojos abiertos (1928) y Papeles de Recienvenido (1929).
Los amigos de Macedonio, con la finalidad de difundir su extraño y sonoro nombre, distribuían mensajes crípticos y misteriosos escritos en sobres, papelitos o tarjetas que "olvidaban" en tranvías, cines o zaguanes o en obleas que pegaban en mesas de confiterías. Esos mensajes decían, por ejemplo: "Macedonio, un misterio político de la próxima presidencia", "Macedonio, ¿volará? Cuando el aire tenga barandita" o "Macedonio busca a Casilda la Cubana. Teléfono 3729". ¿Quién era Casilda la Cubana? Quizás una inquilina de las pensiones céntricas en las que vivía Macedonio: había en la historia mucho de broma personal.
Macedonio Fernández escribió a lo largo de muchos años un extraño libro (mezcla de novela, diario personal, prosa humorística y filosófica), publicado póstumamente con el título de Museo de la novela de la Eterna , en el cual reaparece la conspiración de unos amigos para llevar al poder a Macedonio (o al personaje del presidente), en este caso como argumento de una "novela" que no termina de arrancar, ya que va precedida de 59 prólogos que dilatan indefinidamente su inicio.
Si llegan a la presidencia políticos de dudoso pasado, ¿por qué no puede aspirar al cargo cualquier ciudadano? Un reciente programa de televisión, macedoniano sin saberlo, proponía ese desatino que la realidad casi convierte en atinado. La farsa urdida por Macedonio Fernández hundía su estilete en la prosopopeya y la improvisación nacionales.
¿La Argentina se volvió macedoniana? Mientras que un hombre cayó en una alcantarilla y reapareció flotando en el medio del Río de la Plata, otro fue preso por asaltar un banco que le había robado sus ahorros. Macedonio había anticipado ciertos rasgos de la ciudad del malestar, esa ciudad que tanto amaba -se llamaba a sí mismo "artista de Buenos Aires"-, pero cuya crueldad temía. Por ejemplo, el absurdo del poder, la desmesura de la publicidad, la insania de una megalópolis amenazada por formas del apocalipsis. Macedonio no sólo fue profeta en su tierra. Jean Baudrillard abría su análisis del atentado a las Torres Gemelas, escrito a comienzos de 2002, con una cita del maestro de Borges. Pero ni siquiera Macedonio Fernández pudo prever la magnitud que alcanzaría, medio siglo después de su muerte, el surrealismo argentino.




