
Mandela, el hombre que inspira a un país
Todos sueñan con verlo aparecer en la inauguración oficial de la Copa del Mundo, aunque sus 91 años y un estado de salud algo delicado conspiran contra ese sueño. Quién si no él puede recordarles a los sudafricanos lo que fueron capaces de construir M. R. Y.
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JOHANESBURGO
La penúltima vez que se lo vio, el 5 de mayo, reía a carcajadas, con los ojos apretados y aferrado a la Copa del Mundo. Las fotos recorrieron el planeta. Nelson Rolihlahla Mandela, a sus 91 años, cumplía su papel una vez más, al darle la bendición simbólica al máximo trofeo del fútbol mundial que pone a su país ante la mirada internacional tal vez como nunca antes.
No fue una tarea sencilla conseguir esa imagen en la mansión de Houghton, en la que el padre de la nueva Sudáfrica vive la mayor parte del tiempo desde 1990, cuando terminó su tormento de 27 años en prisión y se lanzó a la hazaña política de unir al país moldeado por el apartheid. Hubo que postergar dos días la sesión de fotos porque la frágil salud de "Madiba", como lo llaman todos aquí, no le permitía salir de la cama.
Casi no oye, le cuesta caminar y su memoria lo traiciona. Pero este viernes hizo otro esfuerzo: sentado, casi sin hablar y con la sonrisa pintada en el rostro, saludó a los 23 jugadores de la selección que defenderá el honor de Sudáfrica. Llevaba la camiseta 14, del capitán Aaron Mokoena. Los saludó a todos uno por uno, les deseó suerte y posó con ellos para una foto histórica, sin levantarse de la silla.
Cualquier sudafricano al que se le pregunte cómo sería la fiesta perfecta este viernes, cuando se inaugure el Mundial, respondería sin dudar: que pueda estar Mandela en las gradas del Soccer City.
Es una esperanza que despertó una polémica. Su nieto Mandla Mandela ya avisó que "verá los partidos en la casa" porque no puede arriesgarse a estar dos horas al aire libre en un día de invierno. El gobierno sudafricano no se resigna: el ministro de Turismo dijo que Mandela había pedido entradas y que está preparado el operativo de seguridad para trasladarlo hasta el palco de honor del estadio.
Sería casi una despedida. Sudáfrica empieza a asumir que deberá vivir sin la figura mítica que cambió su historia. Mandela está retirado de la actividad pública desde 2004 y cada nueva fugaz aparición despierta el magnetismo de una época añorada.
"Es venerado por todos. El construyó un país, tuvo la grandeza de perdonar y el día en que muera, negros y blancos lo van a venerar por igual", dice John Carlin, el autor de El factor humano , libro que inspiró la exitosa película Invictus .
Preocupación
La imagen de Mandela aparece estos días agigantada por el fervor del Mundial. Un cartel enorme de su rostro sonriente impactará a los visitantes que vayan de camino a Ellis Park a ver partidos de la copa. En Soweto fue restaurada la casita rosada, con techo de chapa y vigas de madera en la que vivió hasta 1961, cuando pasó a la clandestinidad, antes de ser detenido por el régimen del apartheid. Joven, alto y algo subido de peso se lo ve en la foto que recibe a los primeros contingentes de turistas que llegan para ver fútbol. En la toma, Mandela quema en una hoguera su "pase", el libro que extendía el gobierno a los negros y en donde decía en qué lugares estaban autorizados a estar, a qué horarios y para hacer qué.
Afuera, en Soweto, en el centro de Johanesburgo y en los coquetos malls del norte de la ciudad, su cara aparece como un flash, una y otra vez, en humildes artesanías tribales o en camisetas chic de marcas europeas.
En previsión de lo que puede ser un aluvión de curiosos, el gobierno de Jacob Zuma ya anunció que cerrará al tránsito la avenida 12 y la calle 4 de Houghton, para que nadie pueda perturbar a Mandela. La mansión está controlada por un nudo de cámaras. Hay una garita de seguridad en la esquina y es habitual encontrar estacionados en la puerta dos o tres autos sin identificación, con gente adentro. Todavía se puede circular por delante. Pero nunca detenerse. Un policía pedirá de inmediato seguir viaje. La casa no desentona con el barrio: un manojo de alambre electrificado corona los paredones amarillos que esconden el interior.
Ahí lo cuida día y noche su tercera esposa, Graca Machel. Sus nietos, los dos hijos que le quedan vivos y un puñado de colaboradores de su fundación son de los pocos que pueden acceder hoy a su intimidad.
"El necesita paz. Ya le dio demasiado a este país y a su gente", dijo su nieto Mandla, en una declaración que despertó cierta preocupación sobre su estado de salud.
Mandela no se muestra en público desde el 10 de febrero, cuando con manos temblorosas celebró en el Congreso los 20 años del día en que Frederik de Klerk, el último presidente del apartheid, le permitió salir de la cárcel y empezar a transitar el camino a una entonces inimaginable democracia multirracial.
Carlin describió con precisión única esos años de negociaciones, violencia y tensiones insostenibles, que parecieron terminar de manera poética el día en que una multitud blanca lo ovacionó en Ellis Park; él vestido con la ropa verde de los Springboks, durante la copa mundial de rugby que organizó Sudáfrica. Los locales ganaron aquel Mundial en una final épica contra los All Blacks y fue Mandela el encargado de entregarle la copa a Francois Pienaar, el capitán de los Springboks, ídolo supremo de los afrikaners blancos.
El sueño algo hiperrealista de imitar la escena el 11 de julio en el Soccer City quedó definitivamente trunco. Mandela fue la pieza clave y la cara visible del proyecto oficial para que su país ganara la disputa para organizar el Mundial. "Sin él no hubiera sido posible", confesó hace poco Dany Jordaan, el presidente del Comité Organizador de la Copa del Mundo. El hombre que posa al lado de él en las últimas fotos en la mansión de Houghton.
¿Podía haber aportado algo una repetición de aquella escena mágica? "Pasaron 20 años. Estamos ante un momento muy diferente -señala Carlin-. En esa época Mandela llevaba un año en el poder después de décadas de tiranías y la democracia estaba amenazada. La unidad nacional era la prioridad. Hoy no es lo mismo: Sudáfrica está unida, los problemas excluyentes son la pobreza, la educación, el crimen. Este nuevo Mundial tendrá impactos más módicos, tal vez la esperanza de un impulso a la economía. Y la figura de Mandela sigue allí como un recuerdo de lo que los sudafricanos pudieron construir."
El tiempo lo agiganta, añade Carlin: "Sus herederos no fueron dignos de él. En general la generación del Congreso Nacional Africano que llegó al poder en los 90 era increíble, al nivel de lo mejor de cualquier país. Los de ahora no lo son. Sudáfrica se convierte cada día más en el típico país en el que la prioridad de los políticos es su propio poder y no el país".
El arzobispo Desmond Tutu, Premio Nobel como él, lo expresó con tono más dramático días atrás cuando denunció un aumento de la desigualdad, el crimen y la corrupción: "A veces me alegro de que Madiba no esté siempre tan al tanto de lo que está pasando. Lo entristecería demasiado".
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