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OPINIÓN

Memorias de un pirata

8'
Jaime Bayly
Por Jaime BaylyPARA LA NACION
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Vuelvo a Santo Domingo, después de muchos años, para presentarme en la feria del libro. Coincidí con Vargas Llosa en esa feria amable y bulliciosa a principios del milenio, cuando lanzaba su extraordinaria novela “La fiesta del chivo”, sobre el dictador dominicano Trujillo, libro que provocó gran revuelo en la isla de La Española, que tantas veces he visitado. No pocas familias de Santo Domingo se pronunciaron en los periódicos más leídos, como el “Listín Diario” y “El Caribe”, que yo leía con avidez y fruición, acusando de difamador al genial escritor por haber mencionado en esa novela, sin cambiarles los nombres, a personas ya fallecidas que sirvieron en la dictadura de Trujillo, o que fueron cómplices de aquella satrapía: por ejemplo, ministros de Trujillo que este despachaba de viaje al extranjero para luego, aprovechando su ausencia, visitar sus casas y abusar de sus esposas, sin que los ministros viajeros, enterados de tan abyectas traiciones, renunciaran al regresar, o politicastros trepadores que, para adular a Trujillo, le entregaban a sus hijas adolescentes para que él las desvirgara, arruinándoles la vida.

En aquella ocasión, hace más de veinte años, Vargas Llosa me negó el saludo, ofuscado porque yo no era suficientemente crítico con el dictador Fujimori, quien se aferraba al poder y tramaba un fraude electoral que habría de ejecutarse ese año, pero su esposa Patricia, prima hermana del escritor y madre de sus tres hijos, ninguno tonto, todos muy listos, me saludó con el cariño de toda la vida, dejando de lado sabiamente las discrepancias políticas. Quedé muy triste por el desplante que me hizo el genial escritor y no tardé en publicar en el diario “El Comercio” de Lima un artículo alegando que la postulación de Fujimori a un tercer mandato era contraria a la letra y al espíritu de las leyes. Nos reconciliamos años después, en Guadalajara, en la feria del libro, tras una portentosa exhibición teatral del escritor, quien, casi siempre a solas, puso en escena varios relatos fantásticos, haciendo alarde de una memoria tan asombrosa que no parecía humana.

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He venido muchas veces a Santo Domingo, centenares de veces y no exagero, porque, cuando era joven, entre mis veinte y mis veintisiete años, un canal dominicano me contrató para presentar un programa sobre política internacional, programa que, improbablemente, tuvo éxito, y por eso se vendió a Colombia y Ecuador, Costa Rica y Panamá, Guatemala y El Salvador, entre otros países. Las circunstancias que hicieron posible que un poderoso ejecutivo de la televisión de Santo Domingo me fichase fueron dictadas por el azar: dicho empresario, que ya murió, se encontraba de paso por Lima, en el hotel Sheraton, que no sé si ya murió también, y encendió el televisor cuando todavía los humanos prendíamos ese aparato para sentirnos menos solos, y, cambiando de canales, me vio haciéndole una pregunta a un joven y talentoso candidato presidencial, Alan García, líder en las encuestas, favorito para ganar, a quien, con osadía suicida, me atreví a preguntar si había sido sometido a un tratamiento clínico, “la cura del sueño”, que consistía en dormir químicamente a un paciente medio loco, para que, al despertar, ya no estuviera tan loco. García, político de inteligencia superior, muy por encima del promedio, dijo, altivo, que la pregunta era un golpe bajo y se negó a dignificarla con una respuesta. Al día siguiente, todavía en Lima, el empresario dominicano me llamó al canal, me invitó a comer y me ofreció un programa en la televisión de su país: se llamaría “Planeta 3”, nombre que me pareció insólito para un espacio de política internacional, se emitiría una vez por semana, me pagaría en dólares en efectivo una suma muy superior a la que yo ganaba en la televisión de Lima y no me obligaría a residir todo el tiempo en Santo Domingo, sino a visitar esa ciudad cada dos semanas, donde, añadió, me hospedaría en los mejores hoteles. No me costó trabajo aceptar la oferta porque el canal de televisión en Lima me despidió por hacerle esa pregunta al nuevo presidente de la nación. Es decir que una pregunta me hizo perder un trabajo en Lima y ganar otro, mejor remunerado, en Santo Domingo.

Durante siete años, viví entre Santo Domingo, Miami y Lima, y gané muchos dólares en efectivo, y me hice conocido, o hasta famoso, en ciertos países confundidos de la región. No me pregunten por qué, quienes más me estimaban eran los espectadores de Colombia, Costa Rica, Panamá y, en particular, los de República Dominicana, cuya geografía recorrí en autos de alquiler, cuyas costas descubrí maravillado, casi siempre a solas, apreciando las ventajas de moverme a mi aire, sin hacer concesiones a una pareja que recortase mi libertad. Mis recuerdos más vivos de aquellos años no son los programas que grabé, las entrevistas que hice a políticos famosos, la cháchara babosa que vertí en antena: lo que más pronto viene a mi memoria, y me hace sonreír, son los vuelos temblorosos en Dominicana de Aviación que tomé incontables veces, y las aventuras sentimentales que me permití, desplegando mis dudosas aptitudes de conquistador en las piscinas de los hoteles de Santo Domingo, donde mis jefes me hospedaban y yo me movía como pez en el agua.

Los aviones de Dominicana de Aviación, que yo tomaba en Miami o en San Juan, con destino a Santo Domingo, eran auténticas chatarras, aeronaves cochambrosas, averiados pájaros de acero, y subirse a esos vuelos era jugarse la vida. A menudo volábamos de noche, en medio de tormentas furiosas, entre rayos y centellas, mientras el avión destartalado se sacudía bruscamente, bailando un mambo o un merengue, y los pasajeros rezaban a los gritos, resignados a que ese avión de mala muerte, con miles de horas de vuelo, acabaría por estrellarse. Es decir que volar en Dominicana de Aviación era como participar en una peregrinación religiosa, una procesión aérea de fieles y devotos aterrados, una febril cofradía caribeña en la que no cabían los ateos ni los agnósticos, porque, desde luego, yo rezaba también, aunque en silencio, pensando que habría de morir, si el avión seguía dando bandazos, zarandeándose y crujiendo. Pasada la tormenta, pasado el susto, los pasajeros rompían en aplausos eufóricos cuando el avión aterrizaba por fin, y si no se ponían de pie para abrazarse entre ellos era porque seguían sujetos por el cinturón de seguridad. Vine a descubrir entonces, con apenas veinte años, que estaba dispuesto a jugarme la vida por unos buenos dólares en efectivo.

También me jugaba la vida, con amantes de ocasión, en los mejores hoteles de Santo Domingo, donde pasaba noches afiebradas, descansando de las grabaciones, a solas conmigo mismo y con los fantasmas de mi pasado: el Embajador, el Lina y el Concorde, donde me conocían hasta las iguanas y los sapos del jardín, y donde me sentía en casa, pues me sabía los nombres, los apellidos y hasta los apodos de buena parte del personal de servicio. No me interesaba la playa: bajaba a la piscina con un buen libro, en esa época solo leía novelas, me acomodaba en una tumbona a la sombra, pedía jugos de frutas, los de chinola y lechosa mis preferidos, y pasaba revista al paisaje humano que se ofrecía alrededor. Perviven en mi memoria dos hermosas italianas, ambas procedentes de Milán, que, acaso aturdidas por el calor y el desfase horario, condescendieron a besarme, y con quienes arriesgué la vida sin protegerme. Curiosamente, las piscinas de esos hoteles estaban llenas de italianas bonitas y coquetas porque había un vuelo directo de Dominicana de Aviación entre Milán y Santo Domingo. Tantas italianas en breves trajes de baño, tostándose al pie de la piscina, indiferentes a los peligros de la pandemia, me distraían poderosamente de mis lecturas y, ya de noche, en la discoteca del hotel, tropezaban a veces conmigo, bailando merengue sin saber bailarlo. Puede decirse entonces que, estando en Santo Domingo, yo me encontraba también en Milán, y con las chicas más lindas y aventureras de Milán.

Tantos años después, vuelvo a Santo Domingo, ya no como periodista de televisión ni como incierto conquistador de italianas, sino como escritor. He elegido un hotel en el malecón con vistas al mar, pero no he querido asomarme a la piscina ni visitar las discotecas. Soy un hombre feliz, gracias a mi esposa. Me debo a ella, soy su súbdito, su sirviente. Han cesado entonces los tiempos de la piratería en la televisión, los aviones y los hoteles, y ahora solo me siento un filibustero cuando saqueo las historias que se me esconden en la memoria, y no necesito que me expidan un pasaporte dominicano, como le fue concedido con honores al genial Vargas Llosa, para sentirme un quisqueyano más en esa isla bendita.

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