
Merecido premio
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Muchas veces desde estas columnas nos hemos referido a aquellas personas que consideramos, por alguna actividad especial que desarrollan y su particular forma de encararla, como ejemplos que merecen ser destacados. Tal es el caso del sacerdote Miguel Hrymacz, quien fue condecorado en junio último con la Cruz de Caballero de la Orden del Mérito por la embajada de la República Federal de Alemania, debido a su lucha contra la pobreza y la injusticia social.
El padre Miguel, como se lo conoce popularmente en la parroquia de la Medalla Milagrosa, en Florencio Varela, de la cual está a cargo desde hace 28 años, ha sido y es una figura fundamental en la batalla diaria para poner fin a la pobreza y la exclusión social, dos de los flagelos recurrentes en esa zona.
Es la primera vez que un sacerdote argentino recibe este galardón, y también es muy extraordinaria la historia de cómo los funcionarios alemanes llegaron a conocer al padre y su obra. Efectivamente, la tarea de Miguel Hrymacz comenzó en 1982, cuando organizó una de las primeras ollas populares por la grave situación de miles de familias, y continuó luego con su fuerte compromiso de mejorar el nivel de vida de esa gente a través de varios proyectos para rescatar a las familias y a los menores que se encontraban en situaciones de extrema gravedad, por ejemplo, por causa de las drogas, en particular del paco.
A fines de los 80, un corresponsal de la televisión alemana fue a informar sobre su tarea al frente de las ollas populares y en ese momento se inició una amistad que culminó cuando ese mismo periodista lo puso en contacto con la colectividad alemana, que comenzó a brindarle su apoyo económico. Con ese financiamiento, Hrymacz pudo crear la Fundación Padre Miguel y tres hogares, Arco Iris, Dr. Gerhard Hofman y Nuestra Señora Guadalupe destinados a sectores poblacionales en desamparo social.
La labor llevada a cabo por estas organizaciones es muy grande. La Fundación brinda asistencia alimentaria a 1200 personas y ofrece también capacitación, mediante pasantías, para que los jóvenes accedan a una primera experiencia laboral. Incluso su acción abarca programas culturales, como la escuela de percusión La Chilinga, que ayuda a los menores en riesgo, a través del desarrollo del ocio creativo, y cuyos integrantes han llegado a tocar con figuras musicales destacadas.
Nada de esto que hoy es una realidad ha sido hecho sin grandes esfuerzos, máxime que nunca se contó con apoyo estatal. Es por esta razón también que es más destacable la labor del padre Miguel, que ha encontrado en el seno de una comunidad extranjera el reconocimiento y la solidaridad que sobradamente merece.





