Miradas a la ingeniería actual
Por Horacio C. Reggini Para LA NACION
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El mundo actual está clamando por nuevas miradas que arrojen luz sobre el curso -confuso y enredado- de las cosas. El ejercicio de la ingeniería, entretejido con lo humano en su totalidad, necesita también esa elucidación por la "mirada" que, para tener éxito, debe provenir de un espectador incluido activamente en el espectáculo. Paul Valéry privilegió el ideal estético de la exactitud en la imaginación y en el lenguaje y, cuando se refirió a un escritor que admiraba (Edgar Allan Poe), habló de él como del "ingeniero literario que profundiza y utiliza todos los recursos del arte". ¿Acaso no les cabe a los ingenieros de hoy profundizar y utilizar todos los recursos de su arte como supo hacerlo el "ingeniero literario" admirado por Valéry?
La ingeniería está en plena transformación y depende, como nunca antes, de actividades diversas. En las viejas épocas, las señales del desarrollo tecnológico pasaban por el humo de las chimeneas, el balanceo de las cigüeñas petroleras, el rugir de los altos hornos, el repiqueteo de los telares, el crujido de las prensas. La situación es otra en nuestros días: el desarrollo emprende caminos alternativos y es valorado (con frecuencia sobrevalorado) por las industrias de servicios, la utilización masiva de aparatos electrónicos y las comunicaciones vertiginosas por satélites y cables de fibra óptica que en extraño silencio transmiten enormes caudales de información.
Frente a esto, los nuevos ingenieros no deben dejarse seducir por el frenesí del bit, ignorando cuestiones de base que les conciernen de antaño, como la construcción de plantas industriales y obras de infraestructura que, en nuestro caso, el país exige para su reconstrucción. Pero, más allá de esa necesidad, cuando me refiero al papel del ingeniero de hoy también quiero subrayar la exigencia de su inserción en el contexto cultural. Esto implica flexibilidad especial en un profesional que, desde hace tiempo, ha sido asimilado en general a la imagen de alguien frío y distante, encerrado en un enjambre de fórmulas como en una celda.
Para definir con propiedad quién merece el nombre de ingeniero en estos tiempos, sería aconsejable volver a la raíz ingenium de la palabra "ingeniero", raíz que le reclama "inspiración" y "talento". Los ingenieros tienen que ser capaces de contribuir a la introducción armoniosa y plena de las nuevas tecnologías, previniendo fragmentaciones que perjudican un estilo de vida saludable. Si bien hay que reconocer su parte de razón a las voces que se elevan contra la invasión de aplicaciones tecnológicas cuya base de sustentación es la frivolidad, y su consecuencia, la metamorfosis de las personas en consumidores ávidos y nada más, sería injusto y necio no apreciar los efectos de otras aplicaciones tecnológicas notables que no pueden escindirse del avance científico.
Cuando un ingeniero satisface la originaria facultad de inspiración y talento en su hacer, el hacer o engendrar con arte e imaginación que lo define, no se demora en abstracciones, lleva adelante proyectos que tienen comienzo y fin. Por supuesto, esto implica un saber, condición sine qua non de la acción, saber que abarca las teorías, los procedimientos y los métodos impartidos en las aulas universitarias. Al mismo tiempo, para construir sin falla su genuina identidad, un ingeniero no olvidará en su cálculo de materiales el imponderable por esencia que según Shakespeare nos distingue: "Estamos hechos de la misma madera de los sueños". Un ingeniero debe soñar, debe mirar lejos e inventar el futuro.
Otra clase de máquinas
Los planes de estudio tienden a la multiplicidad de material académico técnico. Se atiborra al estudiante de materias, sin detenerse a considerar el alto riesgo de la especialización excluyente. En efecto, el alumno aprende poco sobre cómo inventar y diseñar futuros, cómo conducir a la gente en un proyecto, cómo alcanzar liderazgo en una empresa, cómo analizar las consecuencias morales de su acción. Sin embargo, dado el papel protagónico de los ingenieros en la orquestación de la sociedad, es imprescindible que integren su actividad técnica con el despliegue de capacidades éticas, sociales e innovadoras.
El cambio necesario en la educación del ingeniero no obedece a un capricho sino que corre parejas con el cambio en la idea de "máquina". En una época no muy distante, muchos futuros ingenieros se entretenían de niños desarmando relojes antiguos o molinillos de café: estaban empezando a pensar en partes e interconexiones. El todo era como un rompecabezas donde finalmente las piezas se articulaban en forma simple e inteligible.
Las cosas han cambiado radicalmente: los niños juegan o se interesan por objetos en los que el ingrediente mecánico tal vez ni existe. Para los adultos también, por otra parte, los artefactos electrónicos, especialmente las computadoras, se presentan como una clase distinta de máquinas. Si las examinamos por dentro no alcanzamos a distinguir casi nada, de modo que no es posible explicar su comportamiento mediante "mecanismos". Tampoco cuando pensamos en ellas lo hacemos con conceptos de la mecánica sino que apelamos a una aproximación psicológica: hablamos de "memoria", de "saber". El movimiento y el mecanismo han sido sustituidos por la emoción y otras manifestaciones de la psique con las que se inviste a la nueva máquina, y que permiten su "apropiación". El mundo como sistema de información sucede al mundo como sistema de relojería.
En esta situación, en que prevalece la composición del conjunto y lo complejo sobre la mera adición de las partes, debe ser educado el ingeniero para aportar con eficacia a la discusión general, que es la única que tiene validez. De paso, no vendría mal señalar las afinidades de nuestro presente con el siglo XVII. Limitémonos, a nuestros fines, a la distinción establecida por Pascal entre l´esprit de géométrie y l´esprit de finesse . Lo deseable, si bien arduo, es ser dueño de ambos espíritus; optar por uno de ellos contra el otro es mutilar la humanidad, cosa que no le pasó a Pascal: él supo conciliar genialmente filosofía y ciencia.
En suma, para que los ingenieros colaboren activamente en la construcción del mundo actual y el por venir, su aprendizaje no prescindirá del trasfondo histórico-social. Al contrario, el desarrollo de cada materia incluirá la reflexión sobre la repercusión de las máquinas en los individuos y la previsión de sus efectos culturales, y también la reflexión sobre cómo transformar los países técnicamente más atrasados, los cambios de las relaciones comerciales, la creación de nuevas industrias, etcétera.
¿Cómo fomentar el ingenium en la cátedra? No por cierto ejerciendo la autoridad abstracta que, desde el estrado, imparte "órdenes" en forma de ecuaciones y teoremas impecables para incrustarlos en el "blanco fijo" que representa el estudiante. En el mundo de lo complejo, el profesor aportará su propia complejidad y producirá así cambios efectivos en quienes lo atienden. Apelando a la terminología ingenieril, el profesor obrará como un transmisor de energía. Lo importante no es la transferencia de abstracciones, es la transferencia de energía.
La lección del maestro
Aquí se alza el ideal socrático del maestro, magníficamente resumido por el historiador de la filosofía Eduard Zeller cuando describe al gran Sócrates: "No quería enseñar sino aprender junto a otros, no pretendía imponerles sus convicciones sino examinar las que ellos tenían, ni poner en circulación la verdad acabada como si fuera una moneda acuñada, antes bien, despertar el sentido para la verdad y la virtud, mostrar el camino que había que seguir para ello, destruir el saber aparente y buscar el verdadero".
La lección del maestro tiene plena vigencia: impulsa a movilizar los valores en acción y exige compromiso. La nueva educación del ingeniero no debe reducirse a nueva tecnología y nuevos cursos a distancia: tiene que ser una suerte de contrarrevolución en la que sobrevuele la escala de la moral socrática definiendo el futuro.

